El repartidor de pescado apenas había aparcado la furgoneta cuando se topó con la multitud.
“¿Qué pasa aquí?”, preguntó, mirando hacia la entrada del hotel.
“Manchester United se aloja aquí”.
“¡Jaysus! Debe de ser su primera vez en Europa esta temporada”.
Brusco. Pero no del todo fuera de tono con los tiempos que vive el club.
Dentro del complejo de Carton House, el ambiente era muy distinto. A primera hora del martes, una hilera de chavales aguardaba a los jugadores con la devoción reservada a las viejas leyendas de familia, no a héroes propios. Tiene sentido: la mayoría ni siquiera había empezado el colegio cuando United levantó por última vez la Premier League. Trece años ya desde aquel último título liguero. Trece años en los que las historias de gloria se han transmitido como relatos orales, de padres a hijos, más que como recuerdos propios.
Eso no frenó el entusiasmo. Cuando apareció Bruno Fernandes, el griterío habría despejado cualquier sinusitis. Sonó más a concierto de Westlife que a llegada a un entrenamiento. Y, como si el guion lo exigiera, ahí dentro, esperando para ver la sesión, estaba Nicky Byrne.
“¡Woody! ¡Woody!”, bramó al divisar a Jonathan Woodgate, miembro del cuerpo técnico de Michael Carrick. El exdefensa se acercó de inmediato y ambos se fundieron en un abrazo de viejos compañeros de los tiempos del Leeds United juvenil.
No eran los únicos observadores de lujo. En la banda también se dejaron ver Paul Flynn y Carla Rowe, dos tótems de Dublín con la nada despreciable cifra de 12 medallas de All-Ireland entre ambos. Conocen Croke Park como el salón de su casa, mucho más de lo que lo harán los jugadores de United cuando salten allí el 12 de agosto para medirse a Leeds en un amistoso que pretende ser escaparate y guiño al mercado irlandés.
Es probable, sin embargo, que uno de los brasileños de la plantilla no forme parte de ese viaje. Mientras un grupo de jugadores calentaba, un chaval se animó con un cántico ya familiar: “One more year, Casemiro”. El mismo que resuena en los partidos de United desde que el brasileño anunció que dejaría el club al final de la temporada.
Casemiro contó hace poco que ese canto hace llorar a su esposa. Lo que no quedó tan claro es si se emociona por el cariño hacia su marido o por el temor a pasar otro año en Manchester.
Entre el último partido, ante Bournemouth, y el siguiente, frente a Leeds el lunes, el equipo habrá disfrutado de 24 días sin competición. Nada de Europa esta temporada, eliminaciones tempranas en League Cup y FA Cup y, como resultado, piernas frescas para el tramo decisivo en la pelea por un puesto en la próxima Champions League. Descanso forzado convertido en estrategia. Astuta, dadas las circunstancias.
La expedición aterrizó en Kildare el lunes, en busca de un cambio de escenario y, de paso, para impulsar la promoción del amistoso en Croke Park. La presencia de United no salió gratis a todo el mundo: el panel de Armagh, concentrado también en Carton House para preparar su duelo de campeonato contra Tyrone, se encontró con los campos configurados para fútbol y no para gaélico. Hubo que improvisar. Oisín Conaty, de Armagh y confeso hincha del Liverpool, se lo tomó con deportividad. United, dijo, necesitaba el entrenamiento más que ellos.
Tras la sesión, Amad Diallo y Bryan Mbeumo atendieron a los medios, buena parte de ellos desplazados desde Inglaterra. Mbeumo, con una sonrisa, se declaró encantado ante la idea de jugar en Croke Park, aunque el nombre del estadio le resulte más ajeno que a sus invitados dublineses.
“Jugar contra Leeds es una gran rivalidad para el club, va a estar bien disputar este tipo de partido, sobre todo en este estadio histórico y grande. Tenemos una gran comunidad de aficionados aquí. Estamos muy ilusionados”, explicó el camerunés.
Mbeumo, que llegó a United el verano pasado procedente de Brentford en un traspaso de 75 millones de euros, no olvidó a su antiguo club ni a su actual entrenador, Keith Andrews. “Fue una parte muy importante de nuestro éxito la temporada pasada, se encargaba de las jugadas a balón parado pero ya tenía la capacidad de hablar, de motivar, de sacar lo mejor de nosotros. No me sorprende lo que está haciendo esta temporada, sobre todo porque mantuvieron un grupo fuerte. Estoy muy contento por lo que está logrando”.
La gran incógnita, sin embargo, no estaba en Brentford, sino en el propio banquillo de United. ¿Quién será el técnico la próxima temporada? Diallo y Mbeumo esquivaron el charco con elegancia. “No nos corresponde a nosotros decidir”, coincidieron. Pero los dos se deshicieron en elogios hacia Michael Carrick y el impacto que ha tenido desde que asumió el cargo de entrenador interino en enero.
“Conoce el camino del club, sabe cómo hablarnos también, creo que ha sido más fácil porque ya conocía la casa”, apuntó Mbeumo, subrayando la ventaja de alguien que entiende el ecosistema desde dentro.
Con las preguntas agotadas y la mañana ya avanzada, la plantilla se retiró hacia el comedor. El olor a pescado del aparcamiento quedaba lejos. El ruido de los cánticos juveniles, no tanto. Entre la nostalgia de las viejas glorias y la urgencia por volver a la élite europea, United se marcha de Kildare con una certeza: el margen para el error se ha reducido al mínimo. Y la próxima vez que un repartidor pregunte qué hace tanta gente en la puerta, el club necesita que la respuesta vuelva a sonar a grandeza, no a chiste fácil.





