En Carton House, entre el olor a pescado y los ecos de la gloria perdida, el Manchester United buscó aire.
El repartidor de pescado se detuvo, desconcertado, ante el gentío en la entrada de Carton House. «¿Qué hace toda esta gente aquí?» «El Manchester United se está alojando aquí». «¡Jaysus! Debe de ser su primera vez en Europa esta temporada». Cruel. Pero no del todo alejado de la realidad de un club que mira los torneos europeos por televisión.
Dentro del complejo de Kildare, el recibimiento fue bastante más cálido. Decenas de chavales aguardaban desde temprano el autobús del equipo, móviles en alto, camisetas listas para firmar. Muchos de ellos, quizá la mayoría, no han visto nunca al United ganar una Premier League. Para entender de qué va ese escudo, dependen de las historias de sus padres, de abuelos que hablan de títulos como si contaran leyendas.
Eso no enfrió el entusiasmo. Cuando apareció Bruno Fernandes, el grito fue casi terapéutico, capaz de despejar cualquier congestión. El ambiente recordaba más a un concierto de Westlife que a una sesión de entrenamiento. Y la coincidencia no quedó ahí: en la banda, observando el trabajo del equipo, estaba Nicky Byrne.
«¡Woody! ¡Woody!», le lanzó al ver a Jonathan Woodgate, hoy miembro del cuerpo técnico de Michael Carrick. El exdefensa del Leeds United dejó el rondo, cruzó el campo y respondió con un abrazo de oso a su viejo compañero de los juveniles.
En la grada improvisada también se dejaban ver Paul Flynn y Carla Rowe, dos gigantes del deporte dublinés, con 12 All-Ireland entre ambos. Ellos conocen Croke Park como el pasillo de su casa, bastante mejor que estos jugadores del United que se presentarán allí el 12 de agosto para un amistoso ante el Leeds. Para muchos de los futbolistas, será territorio nuevo. Para Flynn y Rowe, casi una segunda piel.
No todos, sin embargo, parecen destinados a pisar ese césped. Cuando Casemiro empezó a calentar antes del inicio de la sesión, un chaval rompió el murmullo: «One more year, Casemiro». El cántico, que acompaña al brasileño desde que anunció que se marchará al final de la temporada, volvió a sonar con fuerza. El centrocampista confesó hace poco que esa frase hace llorar a su esposa. Lo que no aclaró es si es por el cariño que despierta su marido o por el temor a tener que seguir viviendo en Manchester otro año más.
Mientras tanto, el equipo disfruta de algo poco habitual en el calendario moderno: un parón de 24 días entre su último partido, ante el Bournemouth, y el siguiente, contra el Leeds el lunes. La ausencia de competición europea y las eliminaciones prematuras en la League Cup y la FA Cup han dejado al United con un calendario despejado, piernas descansadas y tiempo para preparar su asalto a una plaza de Champions League. Una especie de “estrategia maestra” forzada por los fracasos de la temporada.
El viaje a Kildare responde a varias necesidades: cambiar de paisaje, limpiar la cabeza y, de paso, impulsar la promoción de ese amistoso en Croke Park. Su llegada, sin embargo, trastocó los planes de otra selección: el panel de Armagh, concentrado también en Carton House para preparar su duelo de campeonato contra Tyrone. Los campos se habían adaptado al fútbol y no al Gaelic football, lo que complicó la vida a los de Armagh. Oisín Conaty, eso sí, se lo tomó con deportividad. Aseguró que el United necesitaba el entrenamiento más que ellos. Lo dice un aficionado del Liverpool.
Terminada la sesión, Amad Diallo y Bryan Mbeumo se sentaron ante los medios, buena parte de ellos desplazados desde Inglaterra. Mbeumo, recién llegado este verano desde el Brentford en una operación de 75 millones de euros, hizo el esfuerzo de situarse en el mapa irlandés y de rendir tributo al escenario que les espera.
«Jugar contra el Leeds es una gran rivalidad para el club, va a ser bueno disputar este tipo de partido, especialmente en este estadio histórico y grande. Tenemos una gran comunidad de aficionados aquí. Estamos muy ilusionados», explicó el internacional camerunés, que no perdió la ocasión de recordar sus raíces recientes.
Mbeumo también tuvo palabras para el actual técnico del Brentford, Keith Andrews. «Fue una gran parte de nuestro éxito la temporada pasada, se encargaba de las jugadas a balón parado, pero ya tenía la capacidad de hablar, de motivar, de sacar lo mejor de nosotros. No me sorprende lo que está haciendo esta temporada, sobre todo porque han mantenido un grupo fuerte. Estoy muy contento por lo que está logrando».
En el otro banquillo, el del United, el futuro sigue abierto. ¿Quién será el entrenador la próxima temporada? Ni Mbeumo ni Diallo quisieron entrar en ese terreno. «No nos corresponde a nosotros como jugadores decidir», coincidieron. Pero ambos se detuvieron para valorar el trabajo de Michael Carrick desde que asumió el cargo de técnico interino en enero.
«Conoce el camino del club, sabe cómo hablarnos, creo que ha sido más fácil porque ya conocía la casa», subrayó Mbeumo, apuntando a algo que en Old Trafford siempre se ha considerado esencial: entender el peso de la camiseta antes de intentar cambiarla.
Al terminar la ronda de preguntas, los dos jugadores se levantaron, saludaron y se dirigieron al comedor. Después de una mañana de gritos, selfies, abrazos inesperados y bromas sobre Europa, tocaba comer. Esta vez, seguramente, sin pescado. La verdadera cuestión es si, cuando el balón vuelva a rodar y el calendario se comprima, este United descansado sabrá parecerse, aunque sea por un rato, a ese gigante del que los mayores todavía hablan en voz baja.





