Zinedine Zidane se prepara, por fin, para ocupar el banquillo que siempre pareció reservado a su nombre. Según informó ESPN este lunes, el mito del fútbol francés ha alcanzado un acuerdo verbal con la Fédération Française de Football para convertirse en seleccionador nacional después del Mundial de este verano, relevando a Didier Deschamps.
A sus 53 años, Zidane se acerca al cargo casi como a un destino inevitable. Desde hace más de una década su figura sobrevuela Clairefontaine cada vez que se cuestiona el futuro del banquillo de Francia. Esta vez, el movimiento ya tiene forma: acuerdo hablado, hoja de ruta trazada y un relevo histórico en el horizonte.
Deschamps, en el puesto desde 2012, ha construido una era: campeón del mundo en 2018, subcampeón en 2022, siempre competitivo. Pero el ciclo se acerca a un punto de inflexión. Y ahí aparece Zidane, el hombre que marcó a fuego la camiseta azul tanto en el césped como en la imaginación colectiva del país.
Su currículum como entrenador no admite matices. Dos etapas en el banquillo de Real Madrid (2016-18 y 2019-21), una gestión de vestuarios plagados de estrellas y una autoridad natural labrada en noches de máxima presión. En el club blanco se forjó como técnico capaz de manejar egos, gestionar crisis y ganar cuando la exigencia roza lo imposible. Justo lo que pide una selección que vive bajo el microscopio cada concentración.
Como futbolista, Zidane fue mucho más que un talento generacional: fue el símbolo de una Francia que se miraba al espejo y se reconocía en él. Ganó el Balón de Oro en 1998 y fue elegido tres veces FIFA World Player of the Year (1998, 2000 y 2003). Su fútbol, elegante y feroz al mismo tiempo, definió una época.
Con la camiseta de Francia tocó el cielo en 1998, levantando el Mundial en París, y volvió a una final en 2006. Aquella noche en Berlín dejó una de las imágenes más icónicas y controvertidas de la historia del torneo: su expulsión por el cabezazo a Marco Materazzi en plena final ante Italia. Una despedida brutal, contradictoria, que solo agrandó la dimensión casi trágica de su figura.
Ahora, el hombre que lo fue todo como jugador está a un paso de asumir la mayor responsabilidad deportiva de su país. El desafío es mayúsculo: heredar una generación de talento descomunal, sostener la cultura ganadora instalada por Deschamps y, al mismo tiempo, imponer su propia huella.
La pregunta ya no es si Zidane dirigirá algún día a Francia. La pregunta es qué tipo de selección construirá cuando, terminado este Mundial, se siente por primera vez en ese banquillo que siempre pareció llevar su nombre escrito.





