Polémica en la semifinal de la Champions: El enfado de Giuliano Simeone
La semifinal de la Champions no terminó en el pitido final. Siguió en el vestuario, en los pasillos del Emirates y, sobre todo, en el móvil de Giuliano Simeone.
El delantero argentino, todavía con la adrenalina del partido en el cuerpo, llevó su enfado al terreno de las redes sociales. En Instagram publicó dos capturas del encuentro, centradas en una acción que en el banquillo del Atlético todavía escuece: una caída dentro del área tras un empujón de Riccardo Calafiori.
Giuliano arrancaba en carrera, perfilado para ir a por un balón largo de Jan Oblak. Espacio por delante, la defensa de Arsenal descolocada, la sensación de que podía llegar primero. Entonces, el contacto. El lateral italiano le carga por la espalda y el argentino termina en el suelo dentro del área.
No hubo penalti. Ni revisión. El asistente ya había levantado el banderín señalando fuera de juego y la jugada murió ahí, antes de que el VAR pudiera entrar en escena. De ahí nace la rabia de Giuliano. En las imágenes que compartió, la posición es milimétrica, pero sugiere otra lectura: cuando Oblak golpea el balón, él parece estar todavía en su propio campo. Si eso es así, la señalización de fuera de juego habría sido errónea y la acción, revisable como posible penalti.
Para el Atlético, la herida duele todavía más por el contexto. Esa jugada llega justo antes del gol decisivo de Bukayo Saka. De una posible pena máxima a favor a encajar el tanto que sentencia la eliminatoria en cuestión de minutos. La sensación de injusticia en el vestuario visitante se disparó.
Y no fue el único episodio polémico en el área de Arsenal.
En la segunda parte, con el partido roto y los dos equipos jugando al límite, Antoine Griezmann también reclamó penalti. En pleno barullo en el área, el francés protestó con vehemencia tras sentir un pisotón de Calafiori. Esta vez sí intervino el VAR, pero para rebobinar la jugada unos segundos antes: los árbitros detectaron una falta previa de Marc Pubill sobre un jugador del conjunto inglés. Con esa infracción en el origen de la acción, Daniel Siebert no tuvo ni que acercarse al monitor. La posible pena máxima quedó anulada de raíz.
La tensión siguió creciendo.
Giuliano Simeone volvió a estar en el foco, esta vez con el empate en sus botas. Ganó la espalda, superó la salida de David Raya y se quedó con la portería a su merced. Era la ocasión que todo delantero sueña en una semifinal. Pero el balón, mordido, se fue abriendo hasta perderse fuera, mientras Gabriel le metía presión cuerpo a cuerpo. El argentino se levantó pidiendo otra vez penalti, señalando el contacto, exigiendo una decisión. No la obtuvo. Arsenal resistió y protegió su mínima ventaja como si fuera oro.
Mientras el hijo incendiaba las redes, el padre eligió otro tono.
Diego Simeone, ante los micrófonos, se movió en un registro mucho más diplomático. No escondió que vio falta sobre Griezmann, pero evitó construir su discurso sobre el arbitraje.
«No me voy a quedar con algo tan simple como la jugada de Griezmann. Es obvio, fue falta. El árbitro dijo que había falta de Marc [Pubill] sobre uno de ellos», admitió en rueda de prensa. «No me voy a quedar con eso. Sería una excusa, y no quiero poner excusas. Si fuimos eliminados, es porque el rival mereció pasar. Fueron contundentes en el primer tiempo y se ganaron su lugar. Pero lo que siento es tranquilidad, paz; el equipo lo dio todo».
El técnico argentino, a pesar del enfado que recorría a su familia y a parte de la plantilla, eligió mirar hacia el otro banquillo con respeto. Reconoció la dimensión del proyecto que Mikel Arteta ha levantado en el norte de Londres, un equipo armado para competir al máximo nivel, sostenido por una inversión potente y una idea de juego que no se mueve un milímetro.
«Tienen un equipo y un entrenador que me gustan. Siguen una línea clara, con recursos importantes que les permiten competir así. Felicitaciones. Nosotros seguiremos con nuestro trabajo, sin quedarnos atrapados en un detalle de algo que es tan obvio».
En el Emirates, el resultado ya está escrito. Lo que no se apaga tan rápido es la sensación atlética de que, entre banderines, pisotones y empujones, la frontera entre la justicia deportiva y la simple aceptación del destino se hizo más fina que nunca.




