Murió Mircea Lucescu, el patriarca inquieto del fútbol rumano. Tenía 80 años. Se fue como vivió: con el nombre todavía en el banquillo, aún al mando de su selección, todavía peleando por un Mundial.
El hospital universitario de urgencias de Bucarest confirmó su fallecimiento este martes. Lucescu había sido ingresado el viernes por la mañana, tras sufrir, según los primeros informes, un infarto. Rumanía pierde a uno de sus grandes referentes deportivos; el fútbol, a uno de sus técnicos más influyentes de las últimas décadas.
“Fue uno de los entrenadores y jugadores rumanos más exitosos, el primero en clasificar a la selección para una Eurocopa, en 1984”, recordó el centro hospitalario en un comunicado. “Generaciones enteras de rumanos crecieron con su imagen en el corazón, como símbolo nacional”. No es una frase hecha: su figura atravesó épocas, sistemas y fronteras.
Capitán, seleccionador, símbolo
Antes de convertirse en un trotamundos del banquillo, Lucescu fue un líder en el césped. Defendió 64 veces la camiseta de su país y capitaneó a Rumanía en el Mundial de 1970, en México, cuando el fútbol rumano empezaba a asomarse con timidez al gran escenario internacional.
Su primera etapa como seleccionador arrancó en 1981. Tres años después, firmó una de las grandes gestas de la historia del país: la clasificación para la Eurocopa de 1984, tras ganar un grupo en el que estaban Italia, Suecia y Checoslovaquia. Ese billete cambió la dimensión de la selección y consolidó a Lucescu como arquitecto de una identidad futbolística.
Décadas más tarde, regresó al mismo banquillo, ya convertido en leyenda, para intentar una última misión: llevar de nuevo a Rumanía a un Mundial. Volvió tras 38 años de ausencia, cerrando un círculo que muy pocos entrenadores en el mundo pueden presumir de haber trazado.
Su segunda etapa al frente de la selección terminó apenas unos días antes de su muerte. El jueves anterior había presentado su dimisión tras caer enfermo durante un entrenamiento, golpeado también por el mazazo deportivo: tres días antes, Rumanía se había quedado fuera del Mundial de 2026 al perder 1-0 ante Turquía en la repesca.
Un ganador en cada frontera
Si su legado con la selección es enorme, su carrera en clubes lo eleva a otra dimensión. Lucescu se hizo un nombre en los banquillos de media Europa, siempre con la misma marca registrada: equipos valientes, técnicos, incómodos para cualquiera.
En Turquía dejó una huella imborrable. Con Galatasaray conquistó la Supercopa de la UEFA en 2000 y el título de liga en la temporada 2001-02. Al año siguiente cambió de acera, se sentó en el banquillo de Besiktas y también fue campeón. En un fútbol inflamable y pasional como el turco, ganar con dos grandes rivales es una medalla que pocos pueden lucir.
Su obra más extensa, sin embargo, llegó en Ucrania. En mayo de 2004 firmó con Shakhtar Donetsk y convirtió al club en una potencia sostenida. En 12 años ganó ocho títulos de liga y coronó el proyecto con la Copa de la UEFA de 2009. Aquel Shakhtar, reconocible por su mezcla de talento local y fichajes sudamericanos, llevó la firma de Lucescu en cada detalle.
No extraña que la reacción del club fuera inmediata. “Thank you for everything, Mister. Your name is forever written into the history of world football”, publicó Shakhtar en X, en un mensaje que resume el respeto global hacia su figura. Galatasaray también se despidió con solemnidad: “Expresamos nuestras más profundas condolencias a la familia de Mircea Lucescu, a sus seres queridos y a la comunidad futbolística. Nunca te olvidaremos”.
Tras su etapa en Donetsk, Lucescu continuó su ruta por el este de Europa: dirigió a Zenit Saint Petersburg, a Dynamo Kyiv y a la selección de Turquía. Siempre competitivo, siempre exigente, siempre en movimiento.
El “Brescia rumano” y el maestro de Hagi
Su huella también se siente en Italia. Allí pasó por Pisa, Brescia, Reggiana e Inter. Con Brescia logró el título de Serie B en la temporada 1991-92, pero el recuerdo va más allá del ascenso. Los aficionados aún hablan con cariño de aquel “Brescia Romeno”, un equipo con cuatro futbolistas rumanos, entre ellos Gheorghe Hagi, que encontró bajo su mando un entorno ideal para explotar su talento.
Ese vínculo entre generaciones rumanas se repite una y otra vez en su trayectoria. Lucescu fue jugador, capitán, seleccionador, mentor, figura paternal para muchos compatriotas que triunfaron en las grandes ligas. Su nombre aparece, de una forma u otra, en la biografía de buena parte del fútbol rumano moderno.
“No puedo irme como un cobarde”
En marzo de este año, ya con problemas de salud, concedió una entrevista al diario británico The Guardian. Se preparaba para la semifinal de repesca contra Turquía, sabiendo que su cuerpo le pedía freno y su carácter le exigía seguir.
“No estoy en mi mejor forma, así que habría dado un paso al lado si hubiera otra opción disponible”, admitió. Luego dejó una frase que hoy resuena con fuerza: “Pero insisto: no puedo irme como un cobarde. Debemos creer en nuestra oportunidad de clasificarnos”.
Era Lucescu en estado puro: orgulloso, directo, incapaz de abandonar una batalla a medias. En la misma conversación explicó por qué aceptó volver a la selección tras casi cuatro décadas: “Sentí que era mi deber hacerme cargo del equipo. Era mi deber por todo lo que el fútbol rumano me ha dado. Estaba en deuda. Nunca se trató de dinero, nunca de otra medalla. Tengo suficientes trofeos”.
Los trofeos, en efecto, llenan sus vitrinas. Pero su legado va más allá de las copas. Está en las selecciones que cambió, en los clubes que elevó, en las generaciones de jugadores que crecieron bajo su mirada exigente.
Rumanía pierde a su gran patriarca del banquillo. Europa despide a uno de los últimos técnicos de la vieja escuela, de los que construyen proyectos a fuego lento y no se rinden ni cuando el cuerpo les avisa. La pregunta, ahora, es quién tomará el relevo en un país que durante décadas miró al fútbol a través de los ojos de Mircea Lucescu.





