logo

Jinxin Inc pierde demanda de fraude en M&A por 715 millones

En una de las batallas mercantiles más sonadas que han pasado por la Commercial Court inglesa, Jinxin Inc salió de Londres con las manos vacías. Tras un juicio de 40 días, el 31 de marzo de 2026 Mr Justice Knowles desestimó íntegramente una demanda civil de fraude en M&A valorada en 715 millones de dólares en el caso Jinxin Inc v Auletta & Ors [2026] EWHC 765 (Comm). Un golpe seco a las aspiraciones del comprador chino y un aviso contundente al mercado de grandes operaciones corporativas.

Un gigante de los derechos deportivos en el centro del huracán

El origen del litigio se remonta a la adquisición por Jinxin de un 65% del grupo MP & Silva (MPS), con sede en Londres. Detrás de Jinxin estaban las corporaciones chinas Baofeng y Everbright. MPS no era una empresa cualquiera: era un actor de peso en el negocio de los derechos de retransmisión deportiva, con activos tan sensibles como los derechos audiovisuales de la Serie A italiana y del Mundial de la FIFA.

Antes del cierre de la operación, MPS puso en manos de los asesores de Jinxin un paquete de documentación de due diligence financiera y legal. Todo parecía encajar. Sin embargo, apenas dos años después de la compra, MPS se desplomó y Jinxin perdió su inversión. Ahí empezó la ofensiva judicial.

Jinxin acusó a los vendedores de haber tejido una trama de engaños para inflar el valor de MPS. Señaló supuestas representaciones falsas y fraudulentas sobre la compañía, incluida una manipulación del EBITDA, y afirmó haber descubierto después de la adquisición que el negocio descansaba sobre prácticas ilícitas: sobornos, pagos corruptos y una cultura de irregularidades para asegurarse derechos clave, entre ellos los de la Serie A y la Copa del Mundo.

De la sala de datos al estrado

Sobre la mesa, una demanda de deceit (engaño fraudulento) y de unlawful means conspiracy (conspiración mediante medios ilícitos), además de la petición de rescisión del share purchase agreement o, en su defecto, una indemnización millonaria.

El caso giraba en torno a dieciséis representaciones atribuidas a los vendedores: siete expresas y nueve implícitas, agrupadas en cuatro bloques temáticos —Business Practices, Serie A, Investigation y EBITDA—. Jinxin sostenía que esas manifestaciones eran falsas, que los vendedores sabían que lo eran y que se formularon con la intención de inducir a error al comprador.

En derecho de fraude, la exigencia es alta: el demandante debe demostrar que se hizo una representación de hecho o de derecho, que era falsa, que el autor no creía que fuera cierta, que pretendía que el destinatario la creyera y que esa creencia causó un perjuicio. No basta con una mala decisión de inversión ni con una previsión equivocada; hace falta engaño deshonesto.

La Commercial Court se adentró en el funcionamiento interno de MPS. Analizó sus prácticas comerciales, las acusaciones de soborno y corrupción, la retención de los derechos audiovisuales de la Serie A, una investigación penal que afectaba a uno de los demandados y el grado de fiabilidad de las previsiones de EBITDA incluidas en los materiales de due diligence.

El veredicto de Knowles J fue demoledor para Jinxin: algunas prácticas de MPS podían no ajustarse a los estándares más pulidos de la empresa moderna, sí, pero las representaciones alegadas o bien no se habían hecho en los términos que sostenía el comprador, o bien no eran falsas, o, si lo eran, no se había probado que los representantes supieran que lo eran. Sin ese pilar, toda la arquitectura de la demanda se vino abajo. Reclamación desestimada.

El listón del fraude, más alto de lo que parece

Para llegar ahí, el juez se apoyó de forma destacada en los principios fijados por el Privy Council en Credit Suisse Life (Bermuda) Ltd v Bidzina Ivanishvili and Others [2025] UKPC, un fallo de referencia en materia de misrepresentation y non-disclosure.

En esa resolución, Lord Leggatt rompió con la idea clásica de que la “conciencia” del destinatario es el puente imprescindible entre la representación y la confianza. Una declaración puede influir en la conducta de alguien de forma subconsciente; lo que importa es la influencia activa del demandado sobre la comprensión o la percepción del demandante, no que éste pueda señalar, a posteriori, el momento exacto en que “vio” la representación.

El Privy Council rechazó, además, separar artificialmente el hecho de actuar sobre una representación del hecho de actuar sobre una asunción derivada de ella. Y dio un giro importante en los casos de representaciones implícitas: no es necesario que el demandante pruebe que era conscientemente consciente de que se estaba realizando esa representación para poder alegar deceit.

Sobre la cuestión de la reliance, el tribunal fijó dos escalones claros: la representación debe causar en el demandante una creencia falsa y éste debe actuar en base a esa creencia en su propio perjuicio. En ambos pasos la representación debe impactar en la mente del demandante, pero no se exige que, en el momento de actuar, tenga una conciencia plena y explícita de la declaración concreta que lo llevó a hacerlo.

Con ese marco en mente, Knowles J examinó la conducta de Jinxin en la operación de MPS. Y su conclusión fue severa: el comprador no alcanzó los umbrales necesarios. No entendió realmente el negocio que estaba adquiriendo, pudo haber pedido más información durante la negociación y tuvo la oportunidad de exigir garantías y declaraciones más amplias, pero no lo hizo.

El peso de la negociación en M&A

El mensaje que deja la sentencia va más allá del caso concreto. En un mercado donde los compradores buscan cada vez más “judicializar” operaciones fallidas, Knowles J refuerza una línea clara: en transacciones de M&A complejas y fuertemente negociadas, el primer escudo no está en los tribunales, sino en el propio contrato, en el reparto de riesgos y en el proceso de due diligence.

La resolución subraya que los jueces tendrán en cuenta la existencia de disclaimers, la confianza depositada en vendor due diligence reports y la eficacia de las cláusulas de non-reliance. Un error honesto, sin deshonestidad, puede ser costoso, pero no convierte automáticamente una representación en un acto de engaño fraudulento. Cada operación es un mundo, y estos casos son intensamente dependientes de sus hechos, pero la dirección de viaje es clara.

En su escrito, Knowles J llegó a afirmar que Jinxin “no entendió” lo que estaba comprando. Y remarcó que la fragilidad del negocio y su dependencia de personas clave y relaciones estratégicas formaban parte del riesgo inherente de MPS, no de una maquinación fraudulenta. No era un castillo de naipes levantado con mentiras; era una apuesta de alto riesgo que salió mal.

En un entorno jurídico que proclama la transparencia, la revelación de información y el equilibrio entre las partes, la lección que deja este fallo es incómoda pero nítida: el marco protege, pero no sustituye al criterio. En las grandes operaciones, por muy sofisticados que sean los contratos, el comprador sigue obligado a mirar debajo de cada piedra. Porque cuando el negocio se hunde, el juez no siempre está ahí para reescribir el acuerdo.