Arsenal celebra 20 años de espera con victoria en Champions League
En el Emirates Stadium no se cantó una victoria cualquiera. Se exhalaron 20 años de espera.
Arsenal derribó al Atlético de Madrid y se metió en la final de la Champions League por segunda vez en sus 140 años de historia. Dos décadas después de París 2006, el club vuelve a mirar de frente a Europa. Esta vez, el destino se llama Budapest, el 30 de mayo, ante Bayern Munich o Paris Saint-Germain.
Las búsquedas de vuelos se dispararon en cuanto sonó el pitido final. Bufandas al aire, móviles en alto, lágrimas, abrazos. El estadio se convirtió en un resorte: 60.000 personas saltando a la vez. No era sólo el pase a una final. Era la sensación, casi olvidada, de que el Arsenal vuelve a estar en el centro del mapa futbolístico.
Y todo esto, con el equipo también en lo más alto de la Premier League. El sueño no es sólo levantar la primera Copa de Europa del club. Es algo mayor: la posibilidad de un doblete continental, de coronarse campeones de Inglaterra y de Europa en la misma temporada. Un territorio que sólo han pisado Liverpool, Manchester United y Manchester City.
¿Celebración desmedida o pura justicia?
Ahí empezó el debate. El de siempre. El de la “policía de las celebraciones”.
Wayne Rooney, que sabe lo que es ganar este torneo con el Manchester United de 2007-08, fue tajante en Amazon Prime. Reconoció el mérito del Arsenal, pero levantó ceja ante las escenas de euforia en el césped.
“Se merecen estar en esta posición pero aún no lo han ganado”, apuntó. “Creo que las celebraciones son un poco demasiado. Celebrad cuando ganéis”.
El mensaje cayó como un cubo de agua fría sobre una noche en la que el Emirates ardía. Pero la respuesta no tardó.
Ian Wright, símbolo del Arsenal y voz autorizada en el norte de Londres, salió al cruce en X. “Aficionados del Arsenal, dejad que os diga algo: disfrutad esto. La policía de las celebraciones va a estar a tope. ¡No os dejéis atrapar! Disfrutad, el fútbol va de momentos y este es un gran momento”.
Wright fue más allá: pidió gozar del presente sin miedo y apuntó a lo que viene. “Esperemos que en la final y después de la final tengamos otro momento enorme. Es un gran día”.
Wenger, entre la emoción y la exigencia
Arsène Wenger, el hombre que llevó al club a aquella final perdida 2-1 ante el Barcelona en 2006, miró la escena desde otra perspectiva. En beIN Sports, el francés entendió la alegría, pero marcó el siguiente paso.
“Han celebrado bien esta noche, lo cual es normal. Pero ahora quieres que se centren ya en la final y en el próximo partido”, señaló. “La celebración es merecida y la felicidad es absolutamente normal, pero el siguiente paso es ir a la final y ganarla”.
La frase resume el punto exacto en el que está el Arsenal: con derecho a la euforia, pero obligado a no perder el hambre.
Rooney, otra vez contra las fiestas ajenas
No es la primera vez que Rooney mira con recelo una celebración. Ya criticó las de Manchester City esta misma temporada, después del 2-1 ante el propio Arsenal en el Etihad que reabrió la carrera por la Premier.
“Creo que fue un poco exagerado”, dijo entonces. “Es obviamente una gran victoria. Sólo pienso que es un poco prematuro y puede volverse contra ellos”.
Danny Murphy, también analista en la BBC, coincidió en parte: las celebraciones del City “parecían un poco excesivas, como si ya hubieran ganado el título”. Pero matizó que, en su opinión, respondían más a la sensación de haber recuperado el control de la lucha por la liga que a una confianza desmedida.
El eco de ese debate se ha trasladado ahora al norte de Londres.
El poder de las sensaciones
Dentro del universo Arsenal, la respuesta es clara: había que celebrar. Y mucho.
Scarlet Katz Roberts, del podcast Goal Difference, lo resumió con una idea que atraviesa el vestuario y la grada: las sensaciones mandan. Después de meses en los que el equipo ha vivido en lo alto de la tabla, rodeado de charlas sobre cuádruples, memes sobre “bottling” y presión constante, el relato dice una cosa, pero el cuerpo sentía otra: agotamiento, tensión, desgaste.
Por eso, ver al Arsenal liberarse ante el Atlético tuvo algo de catarsis. Recuerdos de Wembley, de ver a los aficionados del City saborear cada minuto de un título de League Cup, de esa impresión de gigante inalcanzable, “un enorme coloso azul tapando la luz”. Y la conclusión: ganar genera energía. El buen ambiente, cuando las fuerzas flaquean, vale oro.
La imagen de los jugadores del Arsenal corriendo hacia el césped con “Freed From Desire” tronando por los altavoces no se borrará fácil. Tampoco el rugido que tapó la voz de Martin Keown antes del inicio. No estaba guionizado. Era una descarga.
Mikel Arteta llevaba tiempo buscando exactamente eso: una conexión emocional total entre equipo y grada. El himno “North London Forever”, tantas veces acusado de sonar impostado, por una noche se transformó en un canto de verdad, casi tribal. El club entero pareció comprender, de golpe, la fuerza competitiva que esconde un apoyo incondicional.
Celebrar también compite
No todo se explica desde la emoción. También hay ciencia detrás de esas vueltas colectivas al campo, con Arteta y sus jugadores de la mano, saludando a cada fondo del Emirates.
Bradley Busch, psicólogo deportivo y director del centro de formación Inner Drive, lo ve como un síntoma de salud interna. En declaraciones a BBC Sport, habló de “contagio emocional”: comportamientos, actitudes y unidad que se propagan dentro de un grupo. Una forma de consolidar vínculos a través de la celebración compartida.
Según él, los futbolistas no saltan, cantan y se abrazan pensando en cómo mejorarán su rendimiento futuro. Lo hacen porque necesitan soltar la presión de vivir 24 horas al día pendientes de un objetivo y, de repente, verlo al alcance de la mano. En un entorno de máxima exigencia, dejar escapar la tensión es casi una herramienta de supervivencia.
Para Busch, acusar al Arsenal de exagerar “suena mucho a vieja policía de las celebraciones”. El único límite real, explica, aparece cuando la euforia empieza a dañar el rendimiento posterior: relajación durante el partido, exceso de confianza, showboating, o una preparación del siguiente encuentro que se ve alterada. Nada de eso, a su juicio, se ha visto en el Emirates.
Y, entre broma y verdad, dejó una última confesión: como aficionado del Tottenham, desea que todo esto sí sea un exceso que termine pasando factura. Como profesional, piensa justo lo contrario.
Ahí está el punto de fricción que define este momento del Arsenal: entre la alegría desatada y la mirada fría al calendario. Entre la fiesta de una noche histórica y la responsabilidad de convertirla, por fin, en un título que cambie el peso de la historia del club.



