Doce ligas entre España, Alemania e Inglaterra. Tres Champions. Una vitrina que casi no admite más metal y, sin embargo, una mancha que no termina de borrarse: la etiqueta de entrenador que se pasa de listo en los grandes días. Pep Guardiola la detesta. Hace apenas una semana hablaba de ser “masacrado” por sus decisiones. Pero el debate vuelve, y esta vez con una fuerza incómoda incluso para él.
Porque hay un historial. Y no es corto. Aquella línea de cuatro delanteros con Bayern ante Real Madrid en 2014. La apuesta por Eric Garcia en una defensa de tres contra Lyon en 2020. Ilkay Gündogan como mediocentro en la final de Champions de 2021 frente a Chelsea. Movimientos que aún hoy se recitan como ejemplo de cómo un plan brillante puede convertirse en un exceso de sofisticación.
Durante un tiempo pareció que ese capítulo había quedado atrás. En el camino hacia la primera Champions de City en 2023, Guardiola se mantuvo fiel a alineaciones coherentes, reconocibles. El equipo voló ante Madrid y Bayern y supo sufrir contra Inter. Nada de inventos. Nada de giros inesperados. Solo un City implacable.
Las eliminaciones posteriores se podían explicar sin necesidad de señalar al banquillo. En 2024, fuera en cuartos contra Madrid por penaltis, con la sensación de mala fortuna más que de autodestrucción. Y el curso pasado, otra vez arrollados por los blancos, pero con un City en plena mala racha y un Kylian Mbappé desatado. Circunstancias, más que caprichos tácticos.
El experimento del Bernabéu
Álvaro Arbeloa, ahora técnico del Real Madrid y viejo conocido de Guardiola de tantas batallas como jugador, dejó caer la pista en la previa: el entrenador del City “siempre tiene una sorpresa preparada”. No era una frase al azar. Era casi una advertencia.
En el Bernabéu, Guardiola rompió con todo lo que venía construyendo. Apostó por un once ofensivo, valiente hasta la temeridad, que chocaba con su costumbre de priorizar el control en la ida de una eliminatoria. Prescindió de la zaga estable que había dado solidez en la Premier: Rayan Ait-Nouri, Marc Guehi, Ruben Dias y Matheus Nunes, titulares en los cuatro últimos partidos de liga. También desarmó el trío de centrocampistas que había sostenido la reacción del equipo —Nico O’Reilly, Bernardo Silva y Rodri—, base de una racha de seis victorias consecutivas en febrero.
El coste se vio enseguida. O’Reilly, de vuelta al lateral izquierdo por primera vez en dos meses, quedó expuesto ante Federico Valverde en el primer gol. Cada tanto de Madrid llegó atravesando un centro del campo celeste abierto en canal. Guardiola se negó a admitir el error. Señaló los primeros 20 minutos de dominio de su equipo y sostuvo que los blancos marcaron con sus únicos disparos a puerta.
Los datos contaban otra historia: siete remates de los locales por cuatro de City, y un penalti fallado por Vinicius Jr que pudo haber dejado la eliminatoria prácticamente sentenciada.
La explicación de Guardiola —“quería hacer sentir al Bernabéu que estábamos ahí”— sonó a exceso de confianza. Recordó a aquel planteamiento con Bayern en 2014, que él mismo definió como “la mayor cagada de mi carrera”. Y en cuanto el árbitro pitó el final, resurgieron en redes unas declaraciones demoledoras de Fabio Capello, pronunciadas un año antes en una entrevista con el diario El Mundo.
“¿Sabes lo que no me gusta de Guardiola? Su arrogancia”, decía el exseleccionador de Inglaterra. “La Champions que ganó con City es la única en la que no intentó nada raro en los partidos decisivos. Pero todos los otros años, en Manchester y en Múnich, en los días clave, siempre quiso ser el protagonista. Cambiaba cosas, las inventaba para poder decir: ‘No son los jugadores los que ganan, soy yo’. Y esa arrogancia le costó varias Champions. Le respeto, pero para mí está claro”.
Si City no firma una de las grandes remontadas de la era moderna de la competición —solo cuatro equipos han levantado una desventaja de tres o más goles para pasar de ronda—, aquella noche en Madrid se leerá como otro capítulo en la misma historia: Guardiola contra sí mismo.
Giro brusco en Londres
Lo sorprendente es que, apenas tres días después del Bernabéu, Guardiola se superó… en el peor sentido. Si en la casa del rey de Europa se lanzó al ataque, en el London Stadium, frente a un West Ham amenazado por el descenso, eligió el camino contrario: el de la contención.
Ante un entrenador de perfil defensivo como Nuno Espírito Santo, el técnico de City decidió dejar en el banquillo a Rayan Cherki, un futbolista hecho a medida para partidos cerrados, de espacios mínimos y balón cosido al pie. En su lugar, volvió a apostar de inicio por Antoine Semenyo.
El guion se torció. Cuando quiso corregir, ya era tarde. Cherki entró a falta de media hora, acompañado de otros tres atacantes. El asedio final no bastó. City volvió a dejar puntos contra un equipo que pelea por salvarse, por segunda jornada consecutiva, y se alejó a nueve puntos de Arsenal en la carrera por la Premier, aunque con un partido pendiente.
Esta vez Guardiola sí admitió el fallo, aunque con un punto de ironía que no pasó desapercibido: “Mala alineación, ahora podéis criticarme increíblemente por la elección, ahora lo merezco”.
Un mes para definir una década
El margen de error se ha agotado. En las próximas semanas, City se juega todo: la vuelta contra Madrid, la final de Carabao Cup ante Arsenal, los cuartos de FA Cup frente a Liverpool y una visita a Chelsea antes del duelo liguero con los propios gunners el 18 de abril. Un calendario brutal que puede transformar una temporada prometedora en un curso irrelevante en apenas cuatro semanas.
Sobrevuela, además, la sensación de que Guardiola podría marcharse en junio. Si se confirma, el desenlace de esta campaña será el epílogo de una década histórica en Manchester. Y ahí está la otra batalla, quizá la más delicada: la de su legado como táctico de élite.
Ha demostrado como pocos que el fútbol se puede reinventar desde la pizarra. Pero corre el riesgo de que, con el tiempo, muchos recuerden tanto sus genialidades como esos días en los que no supo resistirse a la tentación de sorprender.
Lo ha ganado casi todo. Le falta, quizá, una última victoria: imponerse a su propio impulso de querer ser siempre el más listo de la sala. El próximo mes dirá si lo consigue. O si esa misma brillantez que lo llevó a la cima termina por empañar la forma en que el fútbol le recordará.





