Francia avanza a semifinales tras vencer a Marruecos
La selección de Didier Deschamps ya está en semifinales. Francia doblegó 2-0 a Marruecos el jueves, sin estridencias pero con una autoridad fría, madura, que habla de un equipo acostumbrado a caminar sobre el alambre en los grandes torneos. Paciencia para resistir, dominio para golpear. El premio: una cita con el ganador del España–Bélgica, que se decide este viernes.
Francia, gigante que no se cree gigante
Desde fuera, la imagen es clara: una maquinaria competitiva casi implacable. Francia ha alcanzado cuatro de las últimas siete finales de la Copa del Mundo. Campeona en 1998 y 2018, finalista derrotada en 2006 y 2022. Un rastro de huella pesada en el fútbol de selecciones. Si el 19 de julio aparece en el césped de Nueva York, la comparación con la vieja Alemania Federal de los años 70 y 80 dejará de ser un recurso de hemeroteca para convertirse en un espejo real: cuatro finales entre 1974 y 1990 para los alemanes, un listón que esta Francia ya roza.
Dentro del vestuario, sin embargo, el discurso es otro. Más crudo. Más exigente.
Kylian Mbappé, que vive el Mundial como si fuera su jardín particular, lo dejó claro. “Fui campeón en 2018 y subcampeón del mundo en 2022 y este equipo todavía no ha conseguido nada”, recordó el delantero, que suma 20 goles en 20 partidos mundialistas, con cuatro de ellos en finales. Números de leyenda, tono de capitán incómodo con la autocomplacencia.
“Es, sin embargo, el equipo con mayor potencial. Hay tantas cualidades en esta plantilla que te permite soñar”, admitió. Sueño sí, pero sin coronas imaginarias.
El matiz llegó de inmediato, como si no quisiera que nadie se quedara solo con la parte dulce del mensaje. Mbappé, 27 años, máximo goleador de este Mundial con ocho tantos, igualado con Lionel Messi, frenó cualquier tentación de épica anticipada. “Hasta donde yo sé, este grupo no ha ganado nada todavía. Siempre he dicho que los equipos más fuertes son los que ganan trofeos. No es el caso de este equipo aún, así que no, no es el más fuerte”.
Una defensa que se recompone, un ataque que no perdona
La Francia de la fase de grupos dejó grietas atrás. Despistes, espacios, dudas. En las eliminatorias, ese relato se ha dado la vuelta. No ha encajado un solo gol en la fase de cruces. Silencio en el marcador propio, ruido en las áreas rivales.
En ese giro, un nombre ha ganado peso: Manu Koné. Llamado a sustituir al lesionado Aurélien Tchouameni, el centrocampista respondió ante Marruecos con una actuación sobria, intensa, de esas que no llenan portadas pero sostienen estructuras. Francia necesitaba un ancla fiable. La encontró.
Arriba, el guion fue el de casi siempre. Mbappé y Ousmane Dembélé pusieron los goles y volvieron a situar a esta selección en territorio de récord. Francia se convirtió en el primer equipo en un Mundial que presenta a dos futbolistas con al menos cinco tantos cada uno desde aquella Brasil de 2002, la de Ronaldo (ocho goles) y Rivaldo (cinco). Aquella selección terminó levantando el último de sus cinco títulos mundiales.
La estadística deslumbra. La historia que sugiere también: cuando dos atacantes llegan tan afilados al tramo final de un torneo, algo grande suele ocurrir. Pero Mbappé no se deja arrastrar por las cifras.
Entre los números y la gloria
El delantero lo sabe mejor que nadie: los registros individuales sin el trofeo acaban en una estantería secundaria. Sirven para el recuerdo, no para la eternidad. Lo dejó entrever con una frialdad que contrasta con el brillo de sus actuaciones. Si Francia no alcanza, como mínimo, la final, todo este caudal de goles y récords quedará en un segundo plano.
Por eso insiste en un mensaje que suena a mantra interno. Pies en el suelo. “Conocemos el potencial de este equipo. Pero tenemos que demostrarlo en el campo. Estamos confiados, pero aún nos queda mucho por probar si queremos ser considerados un equipo casi imbatible”, advirtió.
No hay euforia desatada, sí una convicción silenciosa. Francia se mueve como una selección que ya ha visto todo en un Mundial: gloria, drama, penaltis, remontadas imposibles. Y, sin embargo, se mira al espejo y se dice que todavía no ha llegado al techo.
La semifinal traerá a España o a Bélgica como siguiente examen. Dos estilos, dos amenazas distintas, un mismo objetivo: volver a la cita final y mantener viva esa comparación incómoda, pero cada vez más real, con las grandes potencias históricas de los torneos.
El resto es simple: o esta generación convierte los números en títulos, o todos estos registros acabarán siendo solo la antesala de lo que pudo ser y aún no se atrevió a coronar.



