logo

Elliot Anderson y Ewan Ireland: Dos destinos opuestos en el fútbol

Dos niños, un mismo sueño. Camiseta de Newcastle United, sonrisa tímida, césped de academia y la ilusión intacta. La foto es de 2010. En ella aparecen dos chavales de unos nueve años: Elliot Anderson y Ewan Ireland.

Catorce años después, uno se prepara para pelear por la Premier League con Manchester City. El otro cumple cadena perpetua en una celda.

Dos caminos que se separan

Elliot Anderson es hoy centrocampista de Inglaterra y del City. Este verano brilló con la selección en el Mundial, llevando a los Three Lions a rozar su primera final en 60 años. Su ascenso quedó sellado con un traspaso de 116 millones de libras al Etihad, cifra de estrella absoluta.

Ewan Ireland, aquel compañero de academia que compartía vestuario y sueños con él, siguió el mismo torneo por televisión, desde el ala de la prisión donde cumple condena de por vida por el asesinato brutal de un desconocido.

La imagen rescatada de aquel equipo de la academia de Newcastle United subraya el contraste con una crudeza casi insoportable. Porque, para muchos que conocieron el fútbol base en el noreste de Inglaterra, el talento de Ireland no solo estaba a la altura del de Anderson. Lo superaba.

El chico que podía ser más grande que Anderson

En los campos de formación del Newcastle, Ireland era “el” nombre. Entrenadores y ojeadores hablaban de él con una mezcla de fascinación y asombro. Había comparaciones directas con el joven Paul Gascoigne. No era una exageración de bar: era el comentario recurrente entre técnicos y captadores.

Un ojeador lo resumió con incredulidad ante el desenlace: la diferencia entre ambos, dijo, no estaba en los pies, sino en el camino que eligieron. Anderson, trabajador incansable, líder desde niño, exprimió su talento hasta el máximo. Ireland, uno de los mejores de su generación, se desvió sin retorno.

Un entrenador que trabajó con él en categorías inferiores todavía se asombra al recordarlo: en la academia del Newcastle United, sostiene, era el mejor. “El mejor chaval que había visto”. Un talento descomunal con el balón, pero con demasiados problemas lejos del césped. Y esos problemas terminaron devorándolo.

Del césped a la violencia

Mientras la carrera de Anderson despegaba paso a paso, Ireland se hundía en una espiral de delincuencia.

Alrededor de 2015, el Newcastle le abrió la puerta de salida por comportamiento disruptivo. Poco después fue expulsado de su colegio. También lo echaron de un club local por presentarse a un entrenamiento con un cuchillo. Empezaron a acumularse las condenas: entre ellas, perseguir a su propia madre con un cuchillo y lanzar amoníaco a la cara de una chica.

El punto de no retorno llegó el 14 de agosto de 2019, en pleno centro de Newcastle. Ireland, con 17 años, había robado un destornillador plano de 30 centímetros en Poundland, preparado para una pelea concertada. En su camino se cruzó Peter Duncan, abogado de 52 años, que volvía a casa del trabajo y se dirigía a coger un autobús.

Al pasar por la puerta de un centro comercial, un simple roce accidental desencadenó la tragedia. Ireland reaccionó con furia y le clavó el destornillador en el pecho. Peter Duncan murió por una agresión tan absurda como devastadora.

El juez que lo condenó a cadena perpetua, con un mínimo de 15 años antes de poder solicitar la libertad condicional, fue tajante: Ireland había acabado con la vida de un padre de familia trabajador y había provocado una “miseria y un dolor de por vida” para sus seres queridos.

Podrá pedir la libertad condicional en 2034. Para entonces, Elliot Anderson, que hoy tiene 23 años, podría estar disputando otro Mundial con Inglaterra, esta vez en Arabia Saudí.

Orgullo y vergüenza en dos familias

El crimen de Ireland dejó marcada y avergonzada a su familia. La de Anderson, en cambio, se ha convertido en un ejemplo de apoyo y orgullo silencioso.

Muy unidos, trabajadores y volcados en el deporte, han seguido cada paso de su carrera: de la academia del Newcastle a su etapa en Forest y su llegada a un vestuario de élite en el City, rodeado de figuras como Erling Haaland y Phil Foden.

Las comparaciones con grandes nombres también han acompañado a Elliot. Si a Ireland lo apodaban “el nuevo Gazza”, Anderson empezó a escuchar paralelismos con Diego Maradona.

En 2022, con 19 años y aún perteneciendo al Newcastle, se marchó cedido al Bristol Rovers, entonces en League Two. Su impacto fue tal que los aficionados lo bautizaron como el “Geordie Maradona”. El apodo se quedó. La sensación de estar ante alguien especial, también.

El motor invisible de Anderson

Este domingo, Anderson inicia la temporada en casa ante Bournemouth, dispuesto a consolidarse como protagonista por derecho propio en el City. Lo hace con una motivación íntima, dolorosa y poderosa: la memoria de su madre, Helen, fallecida en abril a los 54 años tras una larga enfermedad.

Durante el Mundial, el centrocampista habló de cómo el fútbol se había convertido en su refugio y su forma de acompañarla en la distancia: salir al campo, liberar la mente y, a la vez, darle alegría en medio del sufrimiento. “Todo lo que hago, tengo que hacerlo por ella ahora”, explicó entonces. Esa promesa es hoy su combustible.

El talento en la familia no es casualidad. Sus dos hermanos mayores también han seguido caminos deportivos: Wil, boxeador y rostro conocido por su paso por Love Island, y Louis, futbolista. Por parte de madre, su abuelo Geoff Allen vistió la camiseta del Newcastle United en los años 60. Su padre, Iain, de 53 años, dirige una empresa de perforación y fue un delantero respetable en categorías no profesionales.

En sus inicios, en el modesto Wallsend Boys, un profesor y entrenador, Jonathan Roys, vio enseguida que estaba ante algo distinto. Tanto, que llegó a apostar a que Anderson jugaría algún día con Inglaterra. Años después, el tiempo le dio la razón.

Un destino que ilumina… y otro que oscurece

Elliot Anderson ha respondido a cada escalón con el mismo veredicto: excepcional. De la academia al fútbol profesional, del préstamo en League Two a un traspaso millonario, de promesa local a internacional inglés. Está llamado a dar alegrías a millones de aficionados del City y de Inglaterra durante muchos años.

Al otro lado de esa vieja foto de equipo, Ewan Ireland solo ha dejado un rastro de dolor: una familia destrozada por un asesinato sin sentido y una vida propia arruinada para siempre.

Misma camiseta de niño, mismo punto de partida. Dos destinos que ya nunca volverán a cruzarse.