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Crisis en el Real Madrid: El caos previo al clásico contra el Barcelona

El vicecapitán acabó en el hospital, con puntos de sutura, después de que su propio socio en el centro del campo lo dejara tendido en el suelo. Otro mediocentro anunció que no volvería a jugar; como si fuera a jugar mucho más, de todos modos. El entrenador no pedía la luna: solo que sus futbolistas no salieran al césped como si llevaran esmoquin. Ni eso. El central golpeó al lateral izquierdo. El extremo ya había roto con el anterior técnico. El capitán se ha peleado con este. Y la superestrella, acusada desde hace tiempo de no sentir el escudo, de escaparse a Cerdeña, abandona la ciudad deportiva a toda velocidad, pasa delante de las cámaras, deja atrás el desastre… y se marcha riéndose a carcajadas. Ahora llega el Barcelona.

Parece imposible caer más bajo, pero siempre hay un piso menos en el sótano. La semana más dolorosa que muchos recuerdan, quizá la crisis más grande y más expuesta de la historia reciente del club, desemboca en el clásico del domingo en el Camp Nou. Si no ganan, y son pocos los que creen que puedan hacerlo con el fútbol que practican y las grietas que atraviesan el vestuario, verán cómo el Barcelona se proclama campeón con tres jornadas por disputar, mientras ellos se hunden entre las llamas y la historia se escribe sin ellos. Sería la primera vez en 94 años que un duelo entre estos dos gigantes decide el título. En realidad, este campeonato hace tiempo que quedó sentenciado, causa y consecuencia del caos que devora al Real Madrid.

Ha pasado tanto, y tanto está mal, que cuesta saber por dónde empezar y, sobre todo, dónde puede terminar. “Somos el Real Madrid y vamos a luchar hasta el final”, repitió una y otra vez el técnico, Álvaro Arbeloa, mientras las opciones de éxito se escapaban. No se refería a esto. Incluso perdiendo, se suponía que este equipo competiría. Incluso perdiendo, se suponía que habría dignidad. No la hay. Solo quedan reproches, bandos, desconfianza. La sospecha es el único lazo común. El jueves, una pelea con Aurélien Tchouaméni en Valdebebas dejó a Fede Valverde sangrando y con lo que el parte médico del club definió como “traumatismo craneofacial”.

Valverde intentó rebajar el incendio. Explicó que, aunque muchos “prefieren pensar” que se habían “reventado a golpes”, el corte “pequeño” se lo había hecho al resbalar y golpearse la cabeza con una mesa, como si todo fuera un accidente torpe y nada más. Para entonces, la historia ya estaba en todos lados y el comunicado del club también, subrayando la gravedad del asunto y desmontando su versión. El Madrid confirmó que tanto él como Tchouaméni se enfrentan a un expediente disciplinario. Un segundo comunicado oficializó su ausencia en el clásico: 10 a 14 días en casa por protocolo médico, una baja que también sirve para apartarlo del foco. El viernes, el club multó a Valverde y Tchouaméni con 500.000 euros cada uno, asegurando que ambos habían mostrado arrepentimiento y se habían pedido perdón.

Valverde atribuyó el incidente a la tensión acumulada por el fracaso. No mentía, pero tampoco contaba toda la historia. Aquello era producto del contexto y, al mismo tiempo, parte de la explicación del propio derrumbe: un club en el que las relaciones han llegado al límite. La pelea del jueves arrancó cuando acusó a Tchouaméni de filtrar una bronca del día anterior, pero el conflicto venía de más atrás. “Está claro que hay alguien detrás que corre a contarlo todo”, escribió Valverde. ¿Alguien? Se habló de caza de topos, pero el juego se parece más a un whack-a-mole: cabezas que asoman por todas partes en un club donde exposición, ego, política y poder aumentan la presión y abren más brechas, casi siempre a la vista de todos. No es solo lo que pasa; es que todo se cuenta. Y si buscas una fuga, conviene empezar por arriba. O frente al espejo.

La crisis es cultural. Cuando Vinícius Júnior abandonó el campo hecho una furia tras ser sustituido en el clásico de otoño, amenazando con irse directamente del equipo, la fractura entre él y Xabi Alonso dejó de ser un secreto y se volvió irreparable. No era el único. Valverde también había hecho pública su incomodidad. Tampoco el vestuario estaba unido contra el entrenador. “No es culpa del míster”, defendió Tchouaméni, señalando al interior del vestuario, mientras se formaban bandos.

El club no respaldó a Alonso. Su autoridad se evaporó. Con los resultados cayendo, se instaló la sensación de que vivía de prórroga en prórroga, hasta que la derrota en la final de la Supercopa de España ante el Barcelona en enero selló su despido. Pep Guardiola le había aconsejado que hiciera las cosas a su manera, pero no era tan sencillo. Al final, Alonso perdió contra una cultura que no pudo cambiar y contra un presidente que casi nunca cree de verdad en sus entrenadores, que no les da ni el poder ni el tiempo para completar la misión que él mismo les encarga. No solo se fue un técnico; se perdió una oportunidad.

La solución de emergencia fue Arbeloa, hombre de club, hombre del presidente. Ventaja y condena al mismo tiempo. Ascendido antes de tiempo, llegó con una misión oficiosa: mantener a los jugadores contentos. Simplificación grosera, injusta con él, pero con algo de verdad. Eduardo Camavinga lo dijo sin rodeos. “Con este tipo de jugadores, lo único que hay que hacer es tenerlos felices”, explicó el centrocampista a ESPN, contando que algunos días el técnico les llevaba donuts tras el entrenamiento. Arbeloa, por su parte, hablaba de un sofá gris en su despacho, donde los futbolistas podían entrar a charlar. “No pude conectar con Xabi Alonso; con Arbeloa tengo una conexión especial”, confesó Vinícius.

Ni siquiera eso unió al grupo. El diagnóstico era demasiado cómodo. No bastaba con mimar. Había que competir, comprometerse, construir algo que funcionara. Había que trabajar. “Esto es el Real Madrid”, repetía Arbeloa, pero ahí estaba parte del problema. “El proyecto es ganar, ganar, ganar y volver a ganar”, decía. No ocurrió. Suma siete derrotas. Contentar a todos era imposible, y si el objetivo era que todos estuvieran felices, tampoco se logró. Ni eso garantiza respeto: ni hacia el entrenador, ni entre compañeros.

En la derrota, sin liderazgo en un vestuario joven y sobreprotegido, sin una cultura colectiva del esfuerzo y con las lesiones mordiendo también, la brecha se abrió aún más. Creció la frustración. Arbeloa la sentía tanto o más que los jugadores. Quizá él también debió seguir al pie de la letra el consejo de Guardiola, sabiendo que no continuará, con una sombra enorme, del tamaño de José Mourinho, proyectándose ya sobre el club.

“Se lo digo mucho: ‘Me duele ver que todos los equipos corren más que nosotros’”, lamentó Arbeloa la semana pasada, con Kylian Mbappé muy presente en su cabeza. “No es solo cuando no tenemos el balón, también cuando lo tenemos. Necesitamos el compromiso de todos para presionar, defender, atacar. Si quieres ser un equipo completo, el talento no basta. Esos son los valores del Real Madrid. El Madrid no lo hicieron jugadores vestidos de esmoquin, sino futbolistas que acababan con la camiseta empapada de sudor y barro, de esfuerzo y sacrificio. Este club siempre ficha a los mejores; cuando entiendan lo que es el Madrid, cuando talento y compromiso vayan juntos, entonces seremos el mejor equipo del mundo”.

La realidad ha sido otra. El Madrid cayó en la Copa del Rey ante el Albacete, de Segunda, en el debut de Arbeloa. En Europa hubo destellos, noches que sugirieron que el técnico podía encontrar un camino: superó a equipos dirigidos por Guardiola y Mourinho. Ese contraste solo alimentó la sospecha de que algunos jugadores eligen sus partidos, deciden cuándo apretar de verdad, como si el fracaso fuera, en cierto modo, una elección. Eliminados de la Champions en Múnich, en la Liga solo ganaron uno de los cuatro partidos de abril. Nada de los problemas estructurales se arregló. Las tensiones crecieron al mismo ritmo que se escapaba el título. La temporada se les fue de las manos. Y, en medio del derrumbe, llegó la carrera por salvar la imagen, la búsqueda desesperada de culpables, la justicia exprés, la tapa que salta del todo y deja las historias al descubierto.

Dani Carvajal y Raúl Asencio se enfrentaron con el entrenador. Dani Ceballos pidió no ser tenido más en cuenta para las convocatorias. Después, Mbappé, símbolo perfecto de este equipo y del abismo entre expectativa y realidad, el hombre que llegó al campeón de Europa para no ganar nada en dos años mientras su antiguo club arrasaba en todas partes, se marchó a Cerdeña con su pareja. Estaba lesionado y tenía permiso, pero la imagen fue devastadora: más de 30 millones de personas firmaron una petición en internet para echarlo del club. Luego Álvaro Carreras confirmó que era cierto el relato de que Antonio Rüdiger le había golpeado. Y, por último, llegó la pelea. El estallido nuclear. Tres días antes de otro clásico que ya no discute un título, sino el tamaño exacto del naufragio.