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Arsenal: al borde del ridículo y de la gloria

Arsenal se ha metido solo en un rincón del que muy pocos equipos salen indemnes. Hace poco más de un mes, el equipo de Mikel Arteta dominaba la Premier con 10 puntos de ventaja y se hablaba, sin rubor, de un posible póker de títulos. Hoy, la narrativa es otra: dos derrotas seguidas en liga, una final de Carabao Cup perdida ante City y una eliminación sonrojante en cuartos de FA Cup frente al Southampton de Championship han reabierto una herida conocida en el norte de Londres: la sospecha de que a este Arsenal le falta carácter cuando el suelo quema.

La presión sobre Arteta y sus jugadores es asfixiante. No se trata solo de ganar un gran título; se trata de evitar que esta temporada pase a la historia como una de las mayores “bottle jobs” que se recuerden en el fútbol inglés.

De la contención al todo o nada

Paradójicamente, el escenario límite en el que se encuentra el club puede ser justo lo que necesitaba. Wayne Rooney lo resumió con crudeza: Arsenal ha pasado el curso “intentando rascar victorias por 1-0” al más puro estilo George Graham. Hoy ya no le queda margen para el cálculo frío. O aprieta el gatillo, o se queda sin nada.

El problema es que a muchos neutrales les cuesta empatizar con este Arsenal. No solo por su dependencia de las jugadas a balón parado, las pérdidas deliberadas de tiempo o la picaresca con los protocolos de conmoción. También pesa la sensación de frustración. Arteta dirige un grupo joven, talentoso, con jugadores capaces de encender un estadio… pero el producto final suele ser un fútbol rígido, conservador, casi anticuado.

El contraste con el recuerdo reciente es brutal. Hace unos años, el Arsenal en pleno vuelo era un espectáculo. Hoy, por decisión consciente de su entrenador, se ha convertido en un equipo de control, de riesgo mínimo, de obsesión por el orden. En esa huida hacia la seguridad, ha ido perdiendo a buena parte del aficionado neutral, hasta el punto de que muchos seguidores en Inglaterra prefieren ver otra vez campeón al Manchester City, un club acusado de vulnerar más de 115 normas financieras de la Premier, antes que celebrar una liga de un equipo que juega con el freno de mano echado.

Un duelo a penaltis con cinco jornadas por delante

Y, sin embargo, aquí está Arsenal: igualado a puntos con el líder, con solo cinco jornadas por disputarse. El campeonato se ha comprimido hasta parecer una tanda de penaltis. Con una ventaja clave: los dos primeros lanzamientos son en casa.

En apenas una semana, el Emirates recibirá a Newcastle y Fulham. Dos partidos seguidos en su estadio, dos oportunidades para poner seis puntos de presión sobre el City antes de que el equipo de Guardiola vuelva a entrar en escena. Y, de paso, para engordar una diferencia de goles que puede ser oro puro en la recta final.

El momento de Newcastle es dramático. Tres victorias en sus últimos 12 encuentros de liga, una sola portería a cero desde el 18 de enero. Eddie Howe llega a Londres bajo un foco más abrasador incluso que el que ilumina a Arteta. Fulham, en cambio, vive en un clima algo más templado. Marco Silva suena para el banquillo del Chelsea, pero su equipo tampoco atraviesa un gran momento: marcha 12º, solo dos puestos y tres puntos por encima del propio Newcastle, y sufre atrás, con 46 goles encajados, más incluso que un Nottingham Forest amenazado por el descenso (45).

La gran incógnita es evidente: ¿tiene Arsenal ahora mismo la personalidad, y el fútbol, para no solo ganar a ambos, sino hacerlo con contundencia?

Un equipo tocado por dentro

La confianza se ha evaporado a gran velocidad. Cuatro derrotas en los últimos seis partidos oficiales han dejado cicatriz, y la forma en que el equipo se descompuso en el 2-1 ante Bournemouth, en casa, fue especialmente alarmante. El Emirates jugó con miedo; el equipo, también.

En el Etihad, el pasado fin de semana, el relato fue distinto. Roy Keane se burló de la idea de que hubiera “positivos” en la derrota ante City, pero Micah Richards no iba desencaminado. Arsenal se atrevió más de lo esperado, mostró más ambición ofensiva de la que muchos pronosticaban y, aunque su único gol llegó por un regalo de Gigi Donnarumma, generó ocasiones suficientes en la segunda parte como para haber rascado un punto.

El problema fue el peaje. Por momentos, el equipo se desnudó a la contra, algo impensable antes del partido. La lógica invitaba a imaginar a un Arteta ultraconservador, dispuesto a blindarse atrás y a firmar el empate que, como reconoció el propio Guardiola, prácticamente le habría dado el título.

Esa es la cuerda floja sobre la que tendrá que caminar ahora el técnico ante Newcastle. No se trata de lanzarse al ataque sin red: los de Howe aún conservan armas peligrosas al contragolpe, con Anthony Gordon a la cabeza. Pero sí de imponer el ritmo desde el primer minuto, de instalarse en campo rival y sostener una intensidad alta durante todo el encuentro.

La semana limpia de competición debería ayudar. Jugadores clave como Rice o Martin Zubimendi han dado síntomas de fatiga en las últimas semanas. Y el duelo ante Fulham, incrustado entre dos posibles batallas de alta tensión en Champions frente al Atlético de Diego Simeone, se presenta, por contexto, incluso más traicionero que la visita de Newcastle.

En el fondo, sin embargo, el problema de Arsenal es menos físico que mental.

El miedo a perder, por encima de las ganas de ganar

Declan Rice ha asegurado que no le preocupa la crítica al estilo del equipo. Pero debería. Porque ese estilo puede costar una liga. Desde hace meses se repite la misma acusación: este Arsenal es demasiado cauto, sobre todo en las grandes citas. Gary Neville lo advirtió ya en agosto: Arteta parece más obsesionado con no perder que con ganar.

Keane lo explicó a su manera: el equipo intenta controlar “el ritmo del partido con sus jugadas a balón parado y saliendo desde atrás”. Y durante buena parte del curso, la fórmula funcionó. El problema es que ese pragmatismo tiene un techo, sobre todo cuando no tienes un vestuario lleno de campeones consagrados. No sorprende tanto, visto en perspectiva, que el equipo se esté atragantando justo cuando la temporada entra en su tramo más cruel.

La comparación con City es inevitable. Arsenal ya ha estado aquí y se ha caído antes de cruzar la meta. El equipo de Guardiola, en cambio, nunca ha dejado escapar una liga después de llegar líder a la jornada 33. Con ese dato sobre la mesa, sentarse a esperar un tropiezo ajeno parece más arriesgado que liberar por fin a un equipo atado por su propio miedo.

Arteta lo dijo tras la derrota en el Etihad: “ha comenzado una nueva Premier League”. Un campeonato distinto, en el que la audacia vale más que la prudencia. El viejo “one-nil to the Arsenal” ya no basta.

Si el técnico se decide, por fin, a quitar del todo el freno de mano, su equipo tiene la calidad para recuperar la iniciativa y el liderato en esta carrera asfixiante. La cuestión es simple y brutal: ¿se atreverá a vivir con el riesgo… o preferirá morir con el control?