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Arsenal regresa a la final de Champions League tras 20 años

Arsenal vuelve a una final de Champions League 20 años después. Y lo hace a su manera: sufriendo, resistiendo y encendiendo un Emirates desbordado de nervios primero y de euforia después. Un gol de Bukayo Saka selló el 1-0 en la noche y el 2-1 global en la semifinal, pero el pitido final no trajo solo abrazos y sonrisas.

Trajo también bronca.

Saka decide, Gyokeres domina

El tanto de Saka, decisivo en la eliminatoria, puso la firma a una noche que ya llevaba un nombre propio: Viktor Gyokeres. El sueco no marcó, pero fue el martillo pilón que desgastó, una y otra vez, la defensa de Diego Simeone. Cuerpeó, corrió, ganó duelos, estiró al equipo y convirtió cada balón largo en una pequeña batalla ganada.

No extrañó que Mikel Arteta, todavía con la adrenalina a flor de piel, se deshiciera en elogios ante las cámaras de Amazon Prime. El técnico subrayó el impacto del delantero, su despliegue físico y la conexión con la grada, destacando que lo que está dando al equipo es “increíble”. El Emirates lo confirmó con cada ovación cada vez que Gyokeres tocaba la pelota.

Atlético de Madrid, en cambio, se marchó con la sensación de haber lidiado con una fuerza difícil de contener durante 90 minutos. Y esa frustración acabó explotando.

La chispa de Pubill y la respuesta de Jesus

Mientras los jugadores de Arsenal celebraban con su gente, el césped se convirtió de repente en un escenario de tensión. Pubill se acercó de forma agresiva a Gyokeres y, sin balón de por medio ni provocación aparente en ese momento, le empujó con violencia por la espalda cerca del círculo central.

Las imágenes grabadas desde la grada mostraron el empujón y el efecto inmediato: un corrillo de futbolistas, empujones, gritos y rostros desencajados. Cristhian Mosquera intentó apartar a Pubill, hacer de cortafuegos en pleno incendio. No bastó.

Gabriel Jesus entró en escena con dureza. El brasileño, ex de Manchester City, se encaró con el jugador español y pareció conectar un manotazo en el lateral de la cara de Pubill. El golpe le hizo retroceder y encendió aún más a los que estaban alrededor. Un gesto de pura reacción, de esos que congelan por un instante a los que miran.

La escena pudo ir a más, pero ahí apareció el otro Arsenal. El que piensa. Myles Lewis-Skelly y Declan Rice llegaron a toda velocidad, se metieron en medio y empezaron a separar cuerpos y egos. Entre empujones y palabras, terminaron guiando a un Pubill visiblemente enfadado hacia el túnel, alejándolo del foco y del riesgo de algo mayor.

Una noche histórica para el Emirates

Mientras la bronca se apagaba, el ruido de la grada seguía en otra frecuencia. El Emirates vibraba con la conciencia de estar viviendo algo histórico: Arsenal regresa a una final de Champions League por segunda vez en su historia, dos décadas después de la última.

Arteta no quiso desviar la mirada de ese punto. El entrenador insistió en la magnitud del logro, en la sensación de haber “hecho historia otra vez” junto a la afición y a todo el club. Habló de una energía en el estadio que no había sentido desde que asumió el cargo, de una comunión total con unos hinchas que vivieron “cada balón” como si fuera el último.

Fuera del estadio, el ambiente había sido igual de intenso. Arteta destacó el recibimiento al autobús, las calles teñidas de los colores del club, la forma en que la ciudad abrazó la cita. Dentro, los jugadores respondieron con lo que el técnico definió como un esfuerzo absoluto: “Lo dimos todo, los chicos hicieron un trabajo increíble”.

El premio es mayúsculo: una final en Budapest ante Paris Saint-Germain o Bayern Munich. Un escenario gigantesco, un rival de élite garantizado y la oportunidad de romper, por fin, el techo europeo que siempre se le ha resistido al club londinense.

Arsenal ya está donde quería estar. Ahora falta saber si este regreso a la cumbre será solo una noche inolvidable o el inicio de una nueva era en Europa.