Afganistán y su selección femenina: un paso hacia el Mundial
Casi cinco años después de ser expulsadas de su propio país y de los escenarios oficiales, las futbolistas de la selección femenina de Afganistán vuelven a ver una puerta abierta: la clasificación a un Mundial ya no es un sueño prohibido, sino un objetivo reglamentariamente posible.
El FIFA Council aprobó el 29 de abril de 2026 una modificación clave en su Reglamento de Gobernanza. Un cambio frío sobre el papel, pero de una carga simbólica enorme: a partir de ahora, el organismo podrá, en consulta con la confederación correspondiente, registrar selecciones nacionales para competiciones oficiales cuando su federación miembro “no pueda hacerlo”.
Detrás de esa frase jurídica hay un destinatario inmediato: la selección femenina de Afganistán en el exilio.
De la prohibición total a la rendija de esperanza
Desde la toma del poder por parte de los talibanes en agosto de 2021, el deporte femenino quedó borrado del espacio público en Afganistán. Las jugadoras tuvieron que huir, dispersas entre Albania, Australia, Portugal, Reino Unido y Estados Unidos. Entrenaban como podían, mantenían el grupo, la identidad, el sueño. Pero chocaban siempre contra el mismo muro: para competir de forma oficial, las normas de FIFA exigían el aval de la federación afgana, controlada por el régimen talibán que las había expulsado.
Ese bloqueo se rompe con la enmienda aprobada por el FIFA Council. Ya no es necesario el visto bueno de quienes las quieren fuera del juego. La puerta a competiciones oficiales, incluida la clasificación mundialista, vuelve a abrirse.
Khalida Popal, fundadora y directora de Girl Power, ex capitana y cofundadora de la selección femenina afgana, lo resumió con la contundencia de quien ha vivido el exilio y la resistencia: durante cinco años les repitieron que la selección nunca volvería a competir porque “los hombres que tomaron el país” no lo permitirían. Hoy, esa frase se ha quedado vieja.
Para Popal, esta decisión no solo reescribe el futuro del equipo, sino que lanza un mensaje directo a quienes intentan borrar a las mujeres del espacio público: no lo lograrán. El fútbol, en su boca, se convierte en territorio y en declaración política: las mujeres “pertenecen al campo, a la vida pública y a todos los lugares donde se toman decisiones”.
Un cambio de norma con eco global
La Sport & Rights Alliance calificó la decisión como una oportunidad histórica para anclar la equidad de género y los derechos humanos en el corazón del deporte. No se trata solo de que un equipo pueda competir; se trata de fijar un estándar: ninguna asociación miembro debería poder ampararse en gobiernos represivos para excluir a mujeres y niñas.
Andrea Florence, directora ejecutiva de la Sport & Rights Alliance, subrayó que este movimiento envía un mensaje que trasciende el fútbol: ningún gobierno debería tener el poder de borrar a las mujeres de la vida pública. La reforma de FIFA, después de años de presión y de un vacío normativo evidente, corrige una omisión que dejaba a las jugadoras atrapadas entre la violencia del régimen y la inercia de las estructuras deportivas internacionales.
La decisión llega también tras un informe determinante publicado en marzo de 2025 por la propia Sport & Rights Alliance: “It’s Not Just a Game. It’s Part of Who I Am”. En ese documento se argumentaba que la exclusión continuada de la selección femenina afgana vulneraba los propios principios de no discriminación y equidad de género de FIFA. El organismo había reaccionado parcialmente con la creación del equipo de refugiadas Afghan Women United, una solución intermedia. Ahora, el camino se abre para reconocerlas de nuevo como auténtica selección nacional.
Cerrar el boquete que favorecía a los talibanes
Para Minky Worden, directora de iniciativas globales en Human Rights Watch, FIFA “por fin ha hecho lo correcto” al cerrar la rendija normativa que permitía que las políticas discriminatorias de los talibanes se proyectaran en el escenario global. La lectura es clara: cuando un régimen excluye de forma sistemática a deportistas por su género, su etnia o sus creencias, las organizaciones deportivas internacionales no pueden mirar hacia otro lado ni convertirse, por omisión, en cómplices.
La decisión del FIFA Council se presenta así como modelo de reacción para el resto de organismos deportivos. ¿Qué hacer cuando un país silencia a sus atletas? La respuesta, a partir de ahora, ya no puede ser “nada”.
Doble castigo, primer paso hacia la justicia
En este tablero, la voz de Amnesty International introduce otra capa: la del daño acumulado. Steve Cockburn, responsable de justicia económica y social de la organización, describe a las mujeres afganas como castigadas dos veces. Primero, por los talibanes, que las expulsaron de sus hogares y de la vida pública. Después, por unas estructuras deportivas globales que las dejaron “caer entre las grietas”.
El reconocimiento oficial de la selección femenina, sostiene Cockburn, será un paso hacia la justicia para todas las mujeres afganas, una prueba de lo que puede lograrse cuando la comunidad internacional se niega a apartar la mirada. No es solo una victoria de un vestuario; es una señal para millones de niñas que han visto cómo se les arrebataba el derecho a soñar con un balón, con una camiseta nacional, con un estadio lleno.
Un precedente que va más allá del marcador
La Sport & Rights Alliance ha querido subrayar a quién pertenece realmente este triunfo: a las jugadoras, a las entrenadoras, a la afición que no se resignó, a las activistas que mantuvieron la presión en los despachos mientras el equipo se mantenía vivo en campos anónimos de entrenamiento lejos de Kabul.
El impacto, sin embargo, desborda las líneas de banda. Se fija un precedente nítido: las mujeres y las niñas no solo tienen derecho a estar en el deporte, sino a ser protegidas cuando los poderes políticos intentan expulsarlas.
Ahora, con la puerta de FIFA abierta, llega el siguiente capítulo: convertir ese reconocimiento en calendario, en partidos, en fases de clasificación, en viajes y en himnos sonando antes del pitido inicial. Tras años de exilio y resistencia silenciosa, la gran incógnita ya no es si podrán jugar, sino hasta dónde serán capaces de llegar cuando el balón vuelva a rodar con el escudo de Afganistán sobre el pecho.




