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Uli Hoeness y la transformación del fútbol en espectáculo

Uli Hoeness ya no decide alineaciones ni fichajes, pero sigue marcando el tono del debate. En una entrevista con FAZ, el presidente de honor de Bayern Munich dejó de lado la táctica y se fue directo a algo más incómodo: cómo se ha desfigurado el lugar del fútbol en la vida cotidiana y en el negocio global.

Para él, el deporte que le dio todo se ha convertido en algo que se toma “demasiado en serio”. No habla de la exigencia en el campo, sino del ruido que lo rodea. De la forma en que un simple parte médico comparte espacio en los informativos con guerras y crisis internacionales.

Hoeness caricaturizó esa deriva con una escena que ya suena demasiado familiar: “Las noticias dicen: Irán hizo esto, los israelíes hicieron aquello y, por cierto, Lennart Karl se lesionó un músculo. Solo falta que eso salga en primer lugar”.

La frase retrata su sensación de desproporción. El fútbol lo invade todo, incluso donde no debería.

Del Oktoberfest sin móviles al fútbol bajo lupa

El contraste con su época como jugador y directivo es, para él, brutal. Hoeness recordó las visitas del equipo al Oktoberfest como símbolo de una libertad que hoy, asegura, ya no existe.

“Hoy tienes que explicarlo todo. Apenas te puedes permitir la espontaneidad”, lamentó. Y entonces tiró de memoria. Antes, si no había partido entre semana, el vestuario preguntaba a Udo Lattek si podían entrenar el martes por la mañana para ir por la tarde al Oktoberfest. Iban todos. Entraban en casi todas las carpas. Subían a todas las atracciones. Alguno acababa vomitando en la alfombra mágica.

Y no pasaba nada.

No había móviles. No había fotos. No había cámaras esperando el desliz mínimo para convertirlo en escándalo. No se marchaban a las tres horas, se quedaban hasta medianoche. Hoy, está convencido, esa misma escena sería un tema nacional. Un debate moral. Un juicio en directo.

Para Hoeness, esa pérdida de naturalidad es síntoma de algo más profundo: un fútbol atrapado por la sobreexposición, por la necesidad constante de justificar cada gesto.

Dardo a FIFA y al modelo Super Bowl

Su crítica no se detiene en los medios. Apunta más arriba. Mucho más arriba. Directo a FIFA y al camino que, a su juicio, está tomando el Mundial de 2026 en Estados Unidos.

“Rechazo por completo lo que FIFA está haciendo actualmente con los precios para el Mundial en Estados Unidos”, lanzó. No habló de matices ni de ajustes. Habló de una ruptura con la esencia del negocio que él entiende como fútbol.

Para Hoeness, el torneo de selecciones no puede convertirse en una copia del Super Bowl. Y lo ilustró con un ejemplo concreto: un conocido suyo fue invitado a un palco de un multimillonario en la gran final de la NFL. La cifra impresiona incluso a alguien acostumbrado a las cuentas de un gigante europeo: 1,5 millones de dólares por un solo día, para 20 personas. Unos 75.000 por cabeza.

Algunos ni siquiera miraron el partido. El centro de atención era el show del descanso. El evento por encima del juego.

Eso, advierte Hoeness, es justo lo que no quiere ver en un Mundial. Un fútbol convertido en decorado de lujo, rodeado de gente que acude por la experiencia VIP y no por el balón.

Bayern, abonos de 175 euros y una línea roja

El discurso podría sonar contradictorio viniendo de alguien ligado a un club con un estadio lleno de palcos corporativos, marcas globales y una maquinaria comercial de primer nivel. Hoeness no esquiva la cuestión. La afronta.

Sí, en el Allianz Arena hay boxes y zonas VIP. Pero, subraya, también hay abonos de temporada por 175 euros. Y de eso se siente “muy orgulloso”.

No lo presenta como un gesto simbólico, sino como una línea roja. No quiere que los aficionados con menos recursos queden expulsados del estadio. El fútbol, insiste, también es de ellos. O, en sus palabras, “sobre todo de ellos”.

Su argumento es simple y contundente: no puede ser que un hincha solo pueda ir al estadio si recorta en comida o en vacaciones. Un partido de fútbol, para Hoeness, “debe ser siempre posible”.

En tiempos en los que el negocio empuja hacia arriba el precio de cada asiento, su mensaje va a contracorriente. Y abre una pregunta incómoda para el propio ecosistema que él ayudó a construir: ¿hasta dónde está dispuesto el fútbol a tensar la cuerda antes de perder a quienes lo hicieron grande desde la grada?