El martes por la mañana, mucho después de su último golpe en un emparrillado, el nombre de Steve McMichael volvió a sacudir al fútbol americano. La Concussion & CTE Foundation anunció que el legendario tackle defensivo, miembro del Hall of Fame, padecía encefalopatía traumática crónica (CTE) en fase 3 cuando murió en abril de 2025, a los 67 años. Solo existe un estadio más grave: la fase 4.
No es solo un diagnóstico póstumo. Es una advertencia.
La familia McMichael decidió no esconder el resultado. Lo convirtió en bandera. “Al compartir el diagnóstico de Steve, queremos crear conciencia sobre la clara conexión entre CTE y ELA”, explicó Misty McMichael, esposa del exjugador, en un comunicado. “Demasiados jugadores de la NFL desarrollan ELA en vida y son diagnosticados con CTE después de la muerte. Doné el cerebro de Steve para inspirar nuevas investigaciones sobre el vínculo entre ambas”.
Detrás de esas palabras late una realidad que la NFL tardó décadas en mirar de frente.
Un deporte que cambió tarde
El llamado de atención llegó a la liga por la vía más incómoda: el Congreso de Estados Unidos, audiencias públicas, presión política y una avalancha de estudios médicos. La “epifanía” de las conmociones no nació de la buena voluntad del deporte, sino de la evidencia acumulada y el escrutinio público.
La NFL terminó por reconocer los riesgos a largo plazo de los golpes en la cabeza. Cambió reglas, ajustó protocolos, modificó rutinas de entrenamiento. El objetivo: reducir al máximo las conmociones cerebrales.
Mientras tanto, los cerebros de muchos exjugadores, donados a la ciencia, contaban otra historia. Una muy parecida a la de McMichael: patrones repetidos de CTE en hombres que habían pasado años chocando casco contra casco, jugada tras jugada.
Una enfermedad que todavía no se entiende del todo
Ni siquiera hoy la ciencia puede responder una pregunta básica: ¿qué significa exactamente tener CTE? Se conocen sus signos patológicos en el tejido cerebral. Se asocian a deterioro cognitivo, cambios de conducta, depresión, pérdida de funciones motoras. Pero no existe un consenso total sobre la evolución clínica en cada caso.
Lo que sí se ha medido es el riesgo.
Un estudio de 2021, realizado por investigadores de Harvard Medical School y el Boston University CTE Center, concluyó que los jugadores de la NFL tienen más de cuatro veces más probabilidades de desarrollar ELA que la población masculina general. Cuatro veces. No es un matiz estadístico. Es una alarma encendida.
Y, sin embargo, incluso con ese dato sobre la mesa, otra incógnita sigue sin respuesta: ¿han servido de algo los cambios introducidos desde 2009?
El golpe que no se ve
La liga ha centrado buena parte de su esfuerzo en reducir las conmociones claras, las que detienen partidos, activan protocolos y sacan jugadores del campo. Pero el fútbol americano no se construye solo sobre esos impactos espectaculares. Se sostiene sobre miles de golpes menores, repetidos, casi rutinarios.
Esos impactos subconcusivos —los que no tumban, los que no marean, los que no salen en la televisión— siguen presentes en cada entrenamiento, en cada serie ofensiva, en cada bloqueo.
John Madden llegó a sugerir en su momento que la NFL podría eliminar la postura de tres puntos en la línea de golpeo para reducir el choque frontal de cascos. Una idea radical para un deporte que venera sus tradiciones. Hoy, años después, los linieros siguen alineándose abajo, mano al suelo, listos para embestir. Casco contra casco, jugada tras jugada.
Ahí está el dilema. Se han suavizado algunas reglas, se han castigado ciertos tipos de tacleo, se han afinado los protocolos médicos. Pero la esencia del juego en las trincheras apenas se ha movido.
Preguntas que solo el tiempo responderá
El gran interrogante se extiende sobre toda una generación: ¿los jugadores actuales sufrirán CTE en la misma proporción que las estrellas de las décadas pasadas? ¿Seguirán desarrollando ELA a un ritmo muy superior al del resto de la población?
De momento, nadie tiene una respuesta sólida. No hay forma fiable de diagnosticar CTE en vida. Sin esa herramienta, todo se apoya en patrones, sospechas, estadísticas y diagnósticos post mortem como el de McMichael.
El verdadero punto de inflexión podría llegar con un test confiable de CTE en pacientes vivos. Ese día el deporte se mirará al espejo sin filtros.
¿Qué ocurrirá cuando un jugador activo sepa, con certeza médica, que ya tiene CTE? ¿Seguirá jugando? ¿Aceptará un nuevo contrato multimillonario sabiendo el precio que puede pagar dentro de 20 años?
Y del otro lado, ¿cómo reaccionará la liga? ¿Habrá otra oleada de cambios en el reglamento? ¿Nacerá una versión híbrida del juego, a medio camino entre el tacleo tradicional y el flag football, para proteger a quienes sostienen el espectáculo?
Una generación marcada, otra en suspenso
Para los jugadores de la era previa a 2010, el veredicto es casi unánime entre los expertos: la mayoría, si no todos, arrastran algún grado de CTE. Es la factura de un fútbol jugado en otra época, con menos controles, menos protocolos y menos preguntas incómodas.
Lo inquietante es lo que aún no se sabe.
¿Sigue el daño gestándose desde el primer día en que un niño se pone un casco, aprende a bloquear y a taclear en una liga juvenil? ¿O las reformas de los últimos años han logrado, al menos, amortiguar el impacto a largo plazo?
La generación actual juega bajo nuevas normas, con más información y más supervisión médica. Pero nadie puede asegurar todavía qué quedará en sus cerebros cuando se apaguen los reflectores y se vacíen los estadios.
En el caso de Steve McMichael, la historia ya está escrita. El golpe final no llegó en un domingo de invierno, sino en un laboratorio, bajo el microscopio. Para quienes hoy siguen entrando al campo cada semana, la pregunta es otra: ¿hasta cuándo estarán dispuestos a aceptar, libremente, el costo oculto de jugar fútbol americano?





