Popovic bajo fuego tras la eliminación de Australia en el Mundial
En teoría, Australia no podía perder. “Pase lo que pase, habrá consuelo”, se repetía en la previa. En la práctica, cuando Hossam Abdelmaguid convirtió el cuarto penal de Egipto y echó a los Socceroos del Mundial, no hubo consuelo posible. Solo un nudo en el estómago. Algo entre estar destrozado y directamente enfermo.
En Dallas, el Mundial se acabó para Australia en la tanda, 4-2 para Egipto tras el 1-1 al final de la prórroga. Otra eliminación en fase de nocaut. Y todavía sin una sola victoria australiana en estas instancias de la Copa del Mundo.
La apuesta de Popovic que desató la tormenta
El foco, inevitablemente, cayó sobre Tony Popovic. Football Australia salió rápido a respaldarlo, aseguró que sigue siendo “absolutamente” el hombre indicado para dirigir a la selección. Pero el debate ya estaba encendido.
El seleccionador tomó dos decisiones que marcaron la noche antes de los penales. Primero, sacó del campo al arquero titular Patrick Beach para dar entrada al veterano Mat Ryan justo antes de la tanda. Después, eligió a Lucas Herrington, un chico de 18 años, como uno de los encargados desde los once metros. El juvenil falló su disparo.
El movimiento con el arco dejó boquiabiertos a algunos de los nombres más respetados del fútbol australiano. El exguardameta de los Socceroos Mark Bosnich se declaró “asombrado” por ver a Beach en el banco en ese momento crítico. Robbie Slater también apuntó al riesgo de exponer a un adolescente a semejante presión en un Mundial.
Popovic defendió la idea de apostar por la experiencia bajo palos y por la personalidad de un joven al que ve preparado para estos escenarios. Pero la pelota no entró, y en un Mundial las narrativas se escriben con centímetros. Australia se marcha otra vez demasiado pronto, con la sensación de haber estado cerca… y de haberlo complicado todo con decisiones propias.
Francia sobrevive al infierno de Filadelfia
Mientras los Socceroos se despedían entre reproches, en Filadelfia otra historia tomaba forma bajo un sol abrasador. Francia resistió el calor extremo, las interrupciones constantes y las artimañas de Paraguay para meterse en cuartos de final. Lo hizo como tantas veces en los últimos años: agarrada al talento implacable de Kylian Mbappé.
Un aviso de las autoridades había marcado el tono del día: alerta por calor extremo. En el primer tiempo, el termómetro se disparó hasta los 37 grados y el ritmo se desplomó. El balón circulaba más despacio, las carreras se medían, los jugadores buscaban la sombra cada vez que podían. El partido pedía paciencia, cabeza fría y una chispa de genialidad.
La chispa llegó a los 70 minutos. Doué cayó en el área, derribado por Gómez. El árbitro dejó seguir, pero las protestas francesas no se hicieron esperar. El VAR revisó, las repeticiones mostraron claramente el contacto y la zancadilla. El juez fue a la pantalla. Un vistazo, giro sobre sus talones y dedo que señala el punto de penal.
Ousmane Dembélé tomó la pelota primero, pero el dueño real de ese momento ya estaba decidido. Mbappé la pidió, respiró, hizo su clásica carrera entrecortada y colocó el balón con frialdad en la esquina inferior derecha. 1-0. Primer penal del torneo para Francia, séptimo gol para su estrella.
Con ese tanto, Mbappé alcanzó a Lionel Messi en la cima de la tabla de goleadores del torneo. Siete cada uno. Y algo más: fue su gol número 19 en 19 partidos de Mundial, a solo uno de los 20 que hoy marcan el listón del argentino en la historia de la competición. La carrera por el registro absoluto ya no es una proyección; es una persecución a toda velocidad.
Un partido sucio, un final caliente
Paraguay no se rindió. Ajustó piezas, buscó piernas frescas con las entradas de Mauricio y Ávalos para intentar inyectar algo de velocidad a un ataque que hasta entonces apenas había amenazado. Pero el calor, el desgaste y la falta de ideas pesaron más que el ímpetu.
Francia, pese a no encontrar el segundo gol que habría cerrado la noche con más calma, controló los tiempos. Cuando el reloj se estiró hasta el 90+7, el equipo de Didier Deschamps todavía tenía gasolina para un último zarpazo. Mbappé cazó un balón delicioso de Doué y soltó un disparo brutal. El portero Gill lo rechazó como pudo, pero el rebote volvió directo al francés. El segundo intento iba camino del hueco junto al poste derecho, hasta que Gill cambió de dirección en el aire y, con un manotazo milagroso, volvió a negarle el gol.
No importó demasiado. Francia ya tenía lo que había venido a buscar: una cuarta clasificación consecutiva a los cuartos de final de un Mundial. Un dato que habla de una selección instalada en la élite con una naturalidad casi rutinaria.
El pitazo final no apagó el fuego. Hubo cruces, palabras duras, reproches cara a cara. Los jugadores de Paraguay se fueron directo hacia el árbitro, indignados por el penal sancionado. Los franceses, después de devolver alguna que otra mirada desafiante, se giraron hacia su propia hinchada. Mbappé sonreía. Con razón.
Mbappé, Messi y una carrera que ya es histórica
El triunfo coloca a Francia frente a Marruecos en cuartos. Otro examen, otro escenario para que Mbappé siga sumando capítulos a un currículum que ya desafía a la lógica. Siete goles en este Mundial, 19 en 19 partidos en la Copa del Mundo, a uno de Messi, igualado con él en la lucha por la Bota de Oro del torneo.
Mientras Australia intenta recomponerse y decidir qué hacer con las decisiones de Popovic, Francia avanza con una certeza: mientras tenga a Mbappé en este estado, cada partido del Mundial será algo más que un simple cruce de eliminatoria. Será un paso más en una persecución feroz al récord del hombre al que, tarde o temprano, tendrá que destronar.




