En Wembley, un chico de Collyhurst tomó el relevo de Tueart
En la grada de Wembley, el pasado se desplegó en tela celeste. El tifo para Dennis Tueart, héroe de la final de la League Cup de 1976 con aquella chilena imposible ante Newcastle, recordó a los aficionados del City los 35 años de sequía que siguieron hasta que Yaya Touré rompió el maleficio en 2011. Medio siglo después de Tueart, el protagonista volvió a ser “uno de los suyos”.
Se llama Nico O’Reilly, nació en el norte de Manchester, creció hincha del City junto a su madre y su hermana y lleva tatuado en el bíceps el “0161”, el prefijo de su ciudad. De niño rechazó a Manchester United cuando lo fueron a buscar. Ese tipo de decisiones marcan carácter. En Wembley, marcó algo más: una final.
O’Reilly, el lateral que jugó como Yaya
Su irrupción desde la academia al primer equipo fue de lo poco luminoso que tuvo la temporada pasada del City. No se quedó ahí. Llegó a Wembley en plena racha goleadora, alimentada por sus partidos en el centro del campo, pero Pep Guardiola decidió devolverlo al lateral izquierdo. Sobre el césped, O’Reilly ignoró la etiqueta de la posición y jugó como si llevara el 42 de Touré en la espalda.
Su primer gol fue puro instinto. Kepa Arrizabalaga soltó un balón sencillo tras un centro de Rayan Cherki y O’Reilly atacó el rechace con un hambre que ni Erling Haaland mostró en el área. Llegó antes que nadie, empujó la pelota y abrió la final. Menos de cuatro minutos después, se deslizó casi invisible hacia el corazón del área para desviar de cabeza un centro de Matheus Nunes. Dos apariciones, dos golpes. Arsenal no volvió a levantarse.
El contexto lo hacía todavía más grande: el viernes había entrado en la lista de la selección de Inglaterra, el sábado cumplió 21 años y el domingo se ganó un lugar junto a Tueart en la galería de héroes del City en Wembley. Un fin de semana que cambia una carrera.
Kepa y la Carabao Cup, una historia que acaba mal
La Carabao Cup y Kepa parecen condenados a cruzarse siempre en días extraños. Con Chelsea ya vivió dos finales de pesadilla: en 2019, cuando se negó a ser sustituido antes de la tanda de penaltis que acabó ganando el City, y en 2022, cuando entró solo para la tanda ante Liverpool, encajó 11 penaltis y luego mandó el suyo a las nubes.
Por eso, cuando el sábado se filtró que sería titular con Arsenal en esta final, el relato estaba escrito de antemano: redención definitiva o un nuevo capítulo en el libro de los desastres. La balanza se inclinó hacia el lado que más temían los aficionados del Arsenal.
El aviso llegó pronto en la segunda parte. Kepa salió mal a por un balón largo, calculó fatal, cometió falta sobre Jeremy Doku fuera del área y dejó un escalofrío en la grada gunner. Parecía que ese sería su susto del día. No lo fue.
Poco después, un centro manso de Cherki, sin apenas veneno, cayó al área. Kepa midió mal, se quedó a medias, estiró los brazos tarde. Detrás, O’Reilly llegó caminando, casi sin oposición, para empujar el 1-0. Desde ese instante, Arsenal se deshizo. El guardameta, que ya arrastraba un historial complicado en esta competición, dejó la sensación de haber firmado su última final de Carabao Cup.
Guardiola golpea de nuevo… y hace historia
Guardiola no suele permanecer abatido demasiado tiempo. Venía de un marzo duro: empates frustrantes ante Nottingham Forest y West Ham que devolvieron el impulso en la Premier League al Arsenal, y dos derrotas frente a Real Madrid, su némesis en la Champions League. En Wembley, reaccionó a su manera: superó tácticamente a su antiguo ayudante y derrotó al rival que más le ha exigido en los últimos años.
Con este título se convirtió en el primer entrenador en la historia del fútbol inglés en ganar cinco veces la League Cup. Mientras otros técnicos de élite han sido acusados de menospreciar el torneo, Guardiola lo ha tratado como una prioridad competitiva, casi como un laboratorio serio para medir el pulso de su equipo.
Ni siquiera la baja de Ruben Dias antes del inicio alteró el plan. El City apenas notó su ausencia. El técnico acertó con todo: mantuvo a James Trafford como portero de copa, apostó de nuevo por la pareja Doku–Antoine Semenyo a pesar de su discreto papel ante el Madrid y dejó a Phil Foden en el banquillo hasta el minuto 90, sin sentimentalismos, leyendo la final con frialdad.
La gran oportunidad perdida de Arteta
Para Mikel Arteta era “la” ocasión. La de acallar a los últimos escépticos, la de romper una sequía de casi seis años sin títulos, la de destronar por fin al maestro que le dio su primera gran oportunidad en los banquillos. El escenario, el rival, el contexto competitivo: todo apuntaba a una noche de consagración. No lo fue.
Arsenal apenas inquietó. Tan poco incisivo resultó su fútbol que cuesta encontrar una jugada clara que resuma su impotencia. Esta final encajó en un patrón preocupante: demasiados partidos en 2026 en los que el equipo ha llegado a la meta arrastrándose cuando, por profundidad de plantilla, debería haberla cruzado a toda velocidad. Si la distancia con el City en la Premier fuera menor, el debate no giraría en torno al estilo de Arteta, sino a si este Arsenal está realmente rindiendo al límite de su potencial.
En Wembley, el equipo fue romo y el entrenador no reaccionó con la contundencia que pedía el guion. Preparó sus dos primeros cambios, Noni Madueke y Riccardo Calafiori, con el marcador 1-0. No los lanzó al campo hasta que el City ya había firmado el 2-0. Para entonces, la final ya estaba en manos de Guardiola, cuyo equipo había sometido el inicio de la segunda parte hasta adueñarse por completo del partido.
Viana, Cherki, Semenyo y un City renovado
Fue también el primer título de la era Guardiola sin Txiki Begiristain presente como director deportivo. Desde la grada, su sucesor, Hugo Viana, tuvo motivos de sobra para sentirse reivindicado. Dos de sus fichajes recientes, Semenyo y Cherki, dominaron la final. Trafford, otra apuesta respaldada en verano, se hizo gigante bajo palos.
Viana ha manejado un presupuesto enorme, 260 millones de libras entre verano e invierno, pero sus decisiones han sido, en general, certeras. Solo Tijjani Reijnders se escapa de la lista de aciertos. En términos de relación calidad-precio, Cherki es difícil de igualar: 34 millones de libras, la misma cifra que Manchester United pagó un año antes por Joshua Zirkzee. El francés llegó con fama de talento caprichoso, de futbolista de trucos y filigranas. Guardiola incluso negó con la cabeza cuando se permitió humillar al Arsenal con unos toques de balón en pleno partido. En Wembley, sin embargo, lo que más pesó fue su trabajo sin balón y su inteligencia para encontrar espacios.
Semenyo, por su parte, fue una pesadilla constante para Piero Hincapié. Velocidad, potencia, diagonales interminables. Cada carrera suya alejaba al Arsenal del área del City y le quitaba oxígeno al equipo de Arteta.
La única crítica posible al nuevo equipo de trabajo del City apunta a la gestión de la portería. La llegada de Gianluigi Donnarumma al final del mercado dejó a Trafford en una situación incómoda, recién repescado del Burnley y de repente relegado. En Wembley, el joven portero convirtió ese agravio en una actuación que justificó la apuesta por tener dos guardametas de máximo nivel.
Trafford, del anonimato al día soñado en Wembley
Hace poco, Trafford confesó que el fichaje de Donnarumma le pilló completamente por sorpresa y no descartó salir en verano para tener más minutos. Aun así, prometió seguir trabajando sin quejarse. Le tocó una final. Respondió como si llevara años esperando ese momento.
Su triple intervención en la primera parte, en una jugada loca en la que se impuso a Kai Havertz y Bukayo Saka, marcó una diferencia brutal con la tarde errática de Kepa. En la reanudación, cuando el City ya dominaba, no se desconectó. Selló su portería con otra parada clave ante Calafiori para conservar el 2-0 y el arco a cero.
Para él, el título tuvo un sabor especial. Recordó que cuatro o cinco años antes, cuando el City venció al Tottenham en esta misma competición, era apenas cuarto o quinto portero del club y se veía a sí mismo soñando con levantarla algún día. Ese día llegó en Wembley, con él como protagonista silencioso.
El viejo fantasma de Arsenal en la recta final
El último tercio de temporada vuelve a desnudar a este Arsenal. En 2021-22 se dejó escapar la clasificación a la Champions League. Un año después batió el récord de días como líder de la Premier sin acabar campeón. En 2023-24 firmó una racha de 16 victorias en 18 partidos para cerrar la liga, pero el resultado que más se recuerda es aquel 0-0 ante el City en el Etihad, símbolo de prudencia extrema.
Rodri, entonces, puso el dedo en la llaga al cuestionar la mentalidad del Arsenal: cuando fueron a Manchester, dijo, parecían más interesados en asegurar el empate que en ganar. “Si nos das un punto —vino a decir—, nosotros ganaremos los últimos siete u ocho partidos”. En Wembley, el eco de esas palabras volvió a resonar.
Esta fue la primera final de la League Cup disputada por los dos primeros clasificados del país. El líder era el equipo que jugó como si no terminara de creerse su lugar en la cima. El perseguidor, el City, se comportó como lo que lleva años siendo: un campeón que no entiende de complejos. Y en medio, un chico de Collyhurst, con “0161” en el brazo, que eligió el día perfecto para hacerse eterno.





