Jordy Bos brilla en el Mundial: una actuación memorable
La banda derecha del Socceroos Stadium se convirtió en autopista cada vez que Jordy Bos arrancaba. Lateral zurdo de oficio, camiseta empapada, mirada fija al horizonte, volvió a lanzarse una y otra vez por ese costado “equivocado”, rompiendo una entrada, luego otra, hasta irrumpir en el área. Parecía una marea que subía sin freno. O, como más de uno pensó en la grada, un eco lejano de Gareth Bale.
El marcador seguía clavado en 0-0 ante Paraguay, pero cada zancada del defensa de 23 años alejaba a Australia del peligro y la acercaba un poco más a los octavos de final del Mundial. La noche, fresca a orillas de la bahía de San Francisco, se hacía eterna cada vez que Julio Enciso encontraba un resquicio entre líneas o cuando Patrick Beach se veía obligado a volar de palo a palo. Cada intervención del portero recordaba a los 12.000 australianos vestidos de amarillo que el abismo seguía ahí, a un gol de distancia.
Tony Popovic, inquieto en la zona técnica, miraba el reloj más de la cuenta. Su equipo rozaba el pase entre los 32 mejores, pero el partido caminaba sobre el filo. En la persecución del segundo puesto del Grupo D, el guion no exigía marcar. Exigía sobrevivir. Y, después del golpe anímico de la derrota ante Estados Unidos, necesitaba algo más: una chispa espiritual que reanimara la campaña.
Esa chispa tuvo nombre y apellido. Muy cerca de las oficinas de Google en Mountain View, la búsqueda de Australia arrojó un resultado sobresaliente: Jordy Bos. Cada vez que recibía, rebotaba en un rival, aceleraba ante otro y ganaba metros. Cada metro era oxígeno. Cada metro alejaba el balón del área propia y encendía a sus compañeros.
Con el segundo tiempo avanzando, Cristian Volpato, su socio en la primera mitad, se marchó al banquillo. También lo hizo Nestory Irankunda, héroe ante Turquía y referencia ofensiva. El campo perdió talento fresco, pero no perdió empuje. Bos siguió castigando su carril, chocando con cuerpos, entrando al área como un extremo de toda la vida.
Ajdin Hrustic, sustituto en la banda derecha, tuvo la mejor butaca para presenciar una de las grandes actuaciones australianas en un Mundial. “Es un gran jugador, tiene potencia, lo habéis visto”, dijo después. Aiden O’Neill, elegido jugador del partido, sostenía el trofeo casi con pudor, consciente de que el reconocimiento tenía otro destinatario más justo.
Harry Souttar, capitán y voz autorizada, no se quedó corto. Definió a Bos como “un jugador especial, un tipo especial, que se toma todo con calma”. Y fue más allá, con una mezcla de admiración y sonrisa: “El cuerpo de ese tipo es increíble de ver. No quiero ponerle demasiada presión, pero si sigue jugando así, no tiene techo”.
El vestuario se sumó al coro. Milos Degenek se lanzó sin frenos: para él, Bos ya está entre los cinco mejores laterales izquierdos del mundo y es el mejor de su edad. “Es mi opinión, soy muy parcial, y lo quiero”, confesó. Cuando un periodista le preguntó si también lo veía tan alto en el ranking de laterales derechos, respondió entre risas: “Top 10”.
Nestory Irankunda subió aún más el listón. “Es el mejor jugador del mundo, Jordy Bos, el mejor extremo del mundo”, soltó, medio en broma, medio en serio. “Quizá tenga que cambiar a extremo, en mi opinión. Hoy lo ha hecho tan bien de lateral derecho, se ha metido tan arriba en el campo que ha mostrado destellos de lo que puede hacer con el balón”.
La presencia de Bos en el lateral derecho del once de Popovic sorprendió a más de uno. En la convocatoria había especialistas diestros como Kai Trewin y Jason Geria. Pero el técnico conocía el truco: lo había visto en Bélgica, en el Westerlo, y ya lo había probado en esa posición media hora contra Nueva Zelanda hace nueve meses. “Hemos visto que puede adaptarse y jugar en ese lado”, explicó. “Es, de lejos, el mejor partido de los tres que ha jugado en este Mundial”.
El torneo lo había recibido como uno de los futbolistas con mejor currículum de esta joven Australia. Su rendimiento en la Eredivisie neerlandesa la temporada pasada lo había colocado en otro escalón. A los 23 años, encarnaba el nuevo rostro del equipo: fresco, sin complejos, con hambre.
Hasta el duelo ante Paraguay, su Mundial había sido correcto, pero discreto. Sin ruido. La explosión de este encuentro resultó aún más llamativa porque llegó fuera de su posición natural y con una amenaza pendiendo sobre su cabeza: una tarjeta amarilla más significaba perderse los octavos.
En los entrenamientos de la semana, Hrustic ya lo había bautizado con un apodo pesado: “Dani Alves”. El paralelismo no era solo por su ubicación en el campo, sino por su capacidad para transformar el lateral en una plataforma de ataque constante. También lo han comparado con Arjen Robben, aquel zurdo que destrozaba defensas desde la derecha, aunque Bos rebajó el tono. “Por desgracia no marqué como él, pero lo intenté”, admitió con una sonrisa.
Las cifras respaldan la sensación visual. Ningún australiano remató más que él: tres disparos. Generó el mismo número de ocasiones que el mejor de sus compañeros. Completó cuatro regates exitosos y ganó más duelos que nadie, incluidos siete de nueve balones aéreos. “La verdad es que lo disfruté mucho esta noche”, reconoció.
El nombre que más se repite cuando se habla de Bos es otro: Gareth Bale. Aquel lateral zurdo que se transformó en un puñal por la derecha en el Tottenham y en el Real Madrid. Su amenaza se sostenía en la zancada, en la potencia, en esa sensación de que, una vez lanzado, nadie podía detenerlo. Rasgos que Bos empieza a mostrar con una naturalidad inquietante.
Con tantas comparaciones en el aire –Alves, Robben, Bale–, alguien le preguntó con quién se identificaba más. “Sí, Robben… Bale tampoco me disgusta, la verdad”, respondió. Pero al final, el parecido es un detalle menor. Lo que importa es que, en una noche tensa en la bahía, con Australia caminando al borde del abismo mundialista, Jordy Bos dejó de ser una promesa más y se convirtió en referencia.
Este fue el partido en el que su nombre dejó de ir entre paréntesis. Y empezó a escribirse en mayúsculas.




