Italia estuvo a punto de ni siquiera alcanzar el repechaje. Hoy está a un solo partido de volver a un Mundial por primera vez desde 2014. Entre un extremo y otro, hay un derrumbe, un relevo traumático y un técnico que, contra todo pronóstico, ha devuelto algo que la Azzurra había perdido: fe.
Del naufragio con Spalletti al terremoto de Oslo
Cuando Luciano Spalletti tomó el relevo de Roberto Mancini, el discurso era de salvación. Venía de romper la maldición del Scudetto con Napoli, de devolver a la élite a un club marcado por la sombra de Diego Maradona. Parecía el hombre perfecto para reconstruir a una selección campeona de Europa pero hundida anímicamente.
Clasificó a Italia para la Euro 2024, sí. Pero el torneo en Alemania fue un desastre. Plantilla justa de talento, decisiones tácticas desconcertantes, un equipo sin identidad. Italia necesitó un gol en el minuto 98 ante Croacia para salir del grupo y se despidió con una derrota sonrojante ante Suiza. Fue la defensa de título más pobre desde la Grecia de 2008.
Spalletti llegó a la fase de clasificación para el Mundial 2026 obligado a empezar fuerte. Ocurrió lo contrario. El 6 de junio del año pasado, Italia fue arrasada 3-0 por Noruega en Oslo. Y el resultado incluso maquilló lo que pasó sobre el césped: un equipo irreconocible, sin calidad ni carácter.
“No tengo palabras”, admitió un Gigi Donnarumma atónito. “Nuestros aficionados no se merecen esto”.
Spalletti coincidió en el diagnóstico: había que encontrar “algo más” o cambiar. El cambio fue él. La federación decidió prescindir del técnico tras el bochorno de Oslo, aunque le permitió dirigir un último partido, un 2-0 ante Moldavia tres días después, para evitar un terremoto inmediato.
La clasificación, sin embargo, ya pintaba oscura. Y lo peor: no había un candidato claro para sucederle.
De Ranieri y Pioli al giro Gattuso
Claudio Ranieri era el nombre romántico. Campeón de la Premier League, figura entrañable, respetado por todos. Pero se mantuvo firme: había decidido retirarse del banquillo tras la temporada 2024-25 y asumir un rol de asesor en Roma. No iba a dar marcha atrás.
Stefano Pioli, campeón de liga con Milan, eligió Fiorentina. Italia se quedó sin sus dos opciones más evidentes.
La FIGC miró entonces al pasado, a la generación de 2006. Daniele De Rossi, Fabio Cannavaro… y finalmente Gennaro Gattuso. Un símbolo del Mundial de Alemania, pero con una carrera irregular como entrenador, marcada por etapas intensas en Milan, Napoli y otros destinos con más ruido que continuidad.
Gabriele Gravina, presidente de la federación, defendió la elección. Habló de determinación, sacrificio, profesionalidad, preparación. Sobre todo, de un detalle que le había impactado: la voluntad de Gattuso de anteponer el “nosotros” al “yo”.
Rino respondió a la llamada sin dudar. Como cuando era jugador.
Quedaba por ver si esa energía podía traducirse en resultados. De momento, los números ofrecen una lectura ambivalente: la fase de grupos empezó y terminó con dos derrotas durísimas ante la misma Noruega. En noviembre, en San Siro, Italia se vino abajo en la segunda parte del 4-1 en cuanto Erling Haaland y compañía subieron la presión. Gattuso lo reconoció.
Una Azzurra distinta: menos brillante, más unida
Desde aquel junio caótico, la selección ha cambiado de piel. No es todavía un equipo listo para desafiar a las grandes potencias, pero sí uno que ha recuperado cohesión.
Los dos duelos ante Israel son un buen termómetro. En Debrecen, Italia ganó 5-4 en un partido descontrolado, lleno de errores. En la vuelta, en Udine, venció 3-0 con una versión mucho más compacta, segura, reconocible.
La diferencia más visible con la etapa Spalletti no está en la pizarra, sino en el vestuario. Sandro Tonali lo resumió tras la victoria ante Irlanda del Norte: el grupo se siente “positivo” desde la llegada de Gattuso. El técnico puede generar dudas tácticas, pero nadie discute su pasión contagiosa.
“El míster tiene un amor enorme por la camiseta de la Azzurra”, explicó Moise Kean. “Nos empuja a no rendirnos nunca”.
Detrás del discurso hay decisiones concretas.
Bergamo, los nervios y un ajuste clave
La primera gran semifinal del repechaje, ante Irlanda del Norte, no se jugó en San Siro. Se jugó en el New Balance Arena de Bérgamo. No fue casualidad. Gattuso insistió en llevar el partido a un estadio más pequeño, más cercano, menos proclive al murmullo y al silbido fácil.
“Si hubieran sido 70.000, un buen 30 por ciento habría empezado a pitar al descanso”, dijo el ex centrocampista de Milan. El 0-0 al intermedio le dio la razón. En Bérgamo, la grada aguantó. Empujó. Protegió.
Gattuso también se mantuvo sereno. La primera parte fue “una lucha”, como él mismo admitió. El peso de la historia se notaba. Kean confesó que sintió “el Mundial sobre los hombros” hasta que marcó el 2-0. Tonali reconoció la tensión que recorría el equipo antes de abrir el marcador en el minuto 56.
“Había nervios al inicio de la segunda parte”, explicó el centrocampista de Newcastle, “pero tras el gol empezamos a liberarnos mentalmente”.
En el descanso, el mensaje de Gattuso fue simple, casi crudo: nadie había dicho que sería fácil. Nada de frustraciones, nada de pánico. Y un retoque táctico fundamental: adelantar la posición de Manuel Locatelli, que hasta entonces se había hundido demasiado cerca de los centrales.
“Sentía que podía ayudar más desde más arriba”, contó el jugador de Juventus. El técnico le dio vía libre. Italia mejoró. Llegaron los goles. Llegó el alivio, aunque no la liberación total.
“Todavía no nos hemos quitado el peso de encima”, avisó Locatelli. Falta la final del repechaje.
Bosnia y Herzegovina, rival menor, presión máxima
El rival en Zenica será Bosnia y Herzegovina. Sobre el papel, un cruce más amable que Gales en Cardiff. No extrañó ver a varios internacionales italianos celebrar la clasificación bosnia en la tanda de penaltis en el Cardiff City Stadium.
El equipo de Sergej Barbarez ocupa el puesto 66 del ranking FIFA, muy lejos del 12 que todavía ostenta Italia. Vive aún de los goles, la jerarquía y la experiencia de Edin Dzeko, su capitán de 40 años, máximo anotador y jugador con más partidos de su historia.
Pero subestimarlo sería un error grave. Bosnia estuvo a 13 minutos de sellar el billete directo al Mundial antes de dejar escapar una ventaja clave ante Austria en la última jornada de su grupo. En Cardiff, se levantó dos veces: en el partido y en la tanda.
La diferencia es que en Zenica toda la presión caerá sobre la Azzurra.
El fútbol italiano atraviesa un momento delicado. Dos Mundiales consecutivos sin la selección. Una Serie A cuestionada, sin representantes en los cuartos de final de la última Champions League. Una sensación de decadencia estructural.
En este contexto, la eliminatoria ante Bosnia y Herzegovina se ha convertido en algo más que un partido. Es un examen de sistema. Una oportunidad mínima de redención.
Un grupo más fuerte, un técnico que cree
Italia llega con argumentos. Tonali está justificando por qué tantos clubes de la Premier League lo tienen en su agenda para este verano. Alessandro Bastoni, pieza clave de Inter y uno de los centrales más cotizados de Europa, ha regresado a tiempo de su lesión. Línea por línea, la selección italiana es superior a la balcánica.
Tiene, además, un seleccionador que ha reconstruido un lazo roto. En los repechajes perdidos ante Suecia y Macedonia del Norte, Italia tenía, como recordó Fabio Capello en la Gazzetta dello Sport, mejores futbolistas que ahora. Lo que no tenía era este nivel de cohesión.
“Contra Irlanda del Norte vimos un equipo que puso el corazón y el alma”, subrayó el veterano entrenador.
Eso es lo mínimo exigible en Zenica. Porque el rival no será solo Bosnia y Herzegovina. También estarán en el césped los “demonios” de los que habló Tonali antes de la semifinal: el recuerdo de las derrotas recientes, el miedo a escribir otro capítulo oscuro.
“No diría que teníamos miedo”, matizó el ex centrocampista de Milan, “pero es inevitable que se te pasen por la cabeza esos partidos”.
Esta vez no hay margen para coartadas. “No hay otra opción que ganar”, sentenció Tonali. No solo por ellos mismos ni por Gattuso. También por un fútbol italiano que se asoma al abismo, y por esos niños que aún no saben lo que significa ver a Italia en un Mundial.
La noche de Zenica decidirá si esa espera se alarga… o si, por fin, vuelve a sonar el himno italiano en la gran cita que nunca debió perder.





