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Heimir Hallgrimsson y el empate de Irlanda ante Canadá

La primera mueca de verdadero enfado de Heimir Hallgrimsson como seleccionador de la República de Irlanda llegó en Montreal. No fue por el resultado final ante Canadá, un 1-1 aceptable en un amistoso de junio, sino por esos 45 minutos iniciales que chocaron de frente con todo lo que su equipo venía construyendo.

Irlanda salió al campo con un once experimental y una actitud que no encajaba con el discurso del islandés. El gol en propia puerta de Jake O'Brien fue el castigo visible de algo más profundo: un equipo plano, reactivo, sin pulso competitivo.

“Fue lo contrario a todo lo que hemos hecho en los últimos partidos”, admitió Hallgrimsson en RTÉ Sport. No se escondió. Habló de una primera parte que le dejó “realmente decepcionado” por primera vez desde que tomó el cargo. Sin energía. Sin decisiones. Esperando siempre a ver qué hacía Canadá para responder después.

En la banda, el técnico veía lo mismo que había intuido antes del pitido inicial.

Un aviso en el calentamiento

Hallgrimsson mencionó que ya había percibido algo extraño en la previa: jugadores “lentos en el calentamiento”. Un detalle menor en una noche húmeda y calurosa en Montreal, pero que terminó convirtiéndose en pista clave.

“Quizá fue la humedad, el calor, o quizá nuestro entrenamiento ha sido demasiado duro”, deslizó. El contexto físico podía explicar algo, pero no todo. Porque, más allá de las piernas, faltaba chispa en la cabeza.

Canadá, más viva y más precisa, se adelantó y, para el seleccionador irlandés, el marcador hasta se quedó corto: “Se merecían marcar y fuimos afortunados de irnos 1-0 al descanso”.

En el vestuario, el tono cambió. No había margen para paños calientes. Había que sacudir al equipo.

Un descanso que lo cambia todo

El mensaje fue claro: ser más valientes, adelantar líneas, acelerar cada acción. Dejar de reaccionar y empezar a mandar. Hallgrimsson pidió presión, ritmo, decisiones rápidas. Y el grupo respondió.

“Así como estaba descontento con la primera parte, estuve mucho más contento con la segunda, realmente feliz”, reconoció después. La entrada de Liam Scales y Jamie McGrath dio otro equilibrio. El equipo se estiró, se atrevió, encontró mejores líneas de pase y comenzó a jugar más cerca del área rival.

El empate llegó desde los once metros… y desde el instinto. Troy Parrott falló el penalti, pero Chiedozie Ogbene, el más despierto en el área, cazó el rebote y empujó el 1-1. No fue casualidad.

Ogbene explicó que había preparado incluso ese escenario: “Tenía confianza en que Troy iba a marcar. Intento imitar su carrera y ver qué pasa. Estaba fuera del área, imité su carrera, tuve la fortuna de que el balón cayó a mis pies y pude empujarlo”. Había algo de suerte, sí, pero sobre todo había anticipación. “Solo puedes controlar lo que tú haces”, remató el atacante, que viene de una cesión en Sheffield United.

Con el empate, Irlanda se soltó. Y el partido se abrió.

Entre el robo y el aprendizaje

Irlanda terminó generando las dos mejores ocasiones del encuentro, en las botas de Dawson Devoy y del joven Mason Melia. Canadá también dispuso de sus opciones, en un intercambio que dejó la sensación de que cualquiera podía llevárselo en el tramo final.

Hallgrimsson fue honesto: “Podríamos haberlo robado, pero habría sido un robo”. La frase resume bien la lectura del técnico. El empate le pareció “un buen punto” en el contexto de lo visto, aunque no negó que “habría sido bonito robarlo al final”.

El 1-1, sin embargo, no fue lo más importante de la noche.

La noche de los nuevos

El amistoso en Montreal se convirtió en escaparate para una nueva oleada de futbolistas. Dawson Devoy, del fútbol doméstico, fue titular y se convirtió en el primer jugador de la League of Ireland en ser internacional absoluto desde Jack Byrne en noviembre de 2020. Un dato que pesa en el relato de reconstrucción que está liderando Hallgrimsson.

A medida que el reloj se acercaba al final, el seleccionador siguió abriendo la puerta. Joe Hodge, que milita en Portugal, entró al campo, igual que Kian Leavy, mediapunta de St Pat's, y Adam Brennan, extremo adolescente de Shamrock Rovers. También llegaron los primeros partidos como titulares para Jaden Umeh y Corrie Ndaba, recientes debutantes.

No fue un reparto de minutos vacío. Hallgrimsson lo ve como inversión directa para el futuro inmediato, con la Nations League en el horizonte otoñal.

“Estoy muy contento con los jugadores que vinieron con nosotros; tuvimos 21 en España, 27 en estos campamentos”, explicó. Recordó que, tras una temporada larga y la derrota en Czechia, habría sido sencillo “convertir esto en un campamento de broma”. Optó por lo contrario: 24 días de trabajo continuo, pensados para “el futuro” y para “profundizar la plantilla”.

El mensaje es claro: este bloque no se construye de partido en partido, sino de concentración en concentración.

Un vestuario que mira hacia adelante

En el césped y en el vestuario, el efecto de estos días se nota. Ogbene, uno de los referentes ofensivos del equipo, celebró la irrupción de tantos nombres nuevos: “Todos estos chicos merecen estar aquí, se mostraron bien en los entrenamientos y hubo una buena sensación en este campamento”.

La frase que dejó después va más allá de un amistoso de junio: dijo tener “escalofríos en el estómago por el futuro de Irlanda” y se declaró “muy emocionado”.

La noche en Montreal dejó dos caras de una misma selección: una primera parte que encendió las alarmas internas del técnico y una segunda que reafirmó su idea de camino. Entre medias, una charla en el descanso, varios debuts y la certeza de que el margen de crecimiento es grande.

La Nations League dirá si esta mezcla de exigencia, valentía y apuesta por la base local convierte ese cosquilleo del vestuario en algo más que una simple sensación.