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Florentino y Mourinho: Nostalgia y una solución incierta

Florentino Pérez vuelve a mirar al pasado. Concretamente, a 2010. El contexto invita al déjà vu: el Real Madrid se encamina hacia su segunda temporada consecutiva sin levantar un gran título, algo intolerable en el Bernabéu, mientras un Barcelona brillante, liderado otra vez por un pequeño zurdo genial, marca la pauta.

El presidente ve paralelismos. Pero el fútbol ha cambiado. Y José Mourinho también.

Un mito que ya no gana

El portugués sigue siendo un imán para la polémica. En eso no ha perdido toque. Lo que sí ha perdido, y hace tiempo, es la costumbre de ganar ligas. Lleva 11 años sin conquistar un campeonato doméstico, y su último trofeo, de cualquier tipo, es la Conference League de 2022. Un título menor para quien fue dos veces campeón de Europa y símbolo de la élite absoluta.

Ese contraste define bien el momento actual de Mourinho. Su aura ya no se sostiene sobre la vitrina, sino sobre el recuerdo. Florentino, sin embargo, está convencido de que es justo lo que necesita un vestuario lleno de estrellas y egos: un entrenador carismático, capaz de imponerse en la caseta. En el Madrid, lo dijo en su día Sergio Ramos, gestionar el vestuario importa más que la pizarra.

Y ahí aparece el argumento de siempre: Kylian Mbappé y compañía necesitan un líder fuerte en la banda. Alguien que entre al vestuario y el ruido baje solo con verle entrar.

Nada que ver con Ancelotti y Zidane

El problema es que Mourinho ya no encaja en el molde de los últimos entrenadores que llevaron al Madrid a la cima de Europa. Carlo Ancelotti y Zinedine Zidane gobernaron desde la calma, el consenso y una autoridad silenciosa. El portugués es lo contrario: agresivo, confrontacional, abrasivo en el día a día.

Esa intensidad constante fue precisamente la que quemó su primera etapa en el Bernabéu antes de tiempo. Él insiste, una y otra vez, en que es uno de los pocos técnicos que se marchó del Madrid por decisión propia. Florentino siempre respaldó esa versión.

“Nadie ha sido despedido, es un acuerdo mutuo. Hemos decidido poner fin a nuestra relación”, proclamó el presidente en 2013. Sobre el papel sonaba a divorcio amistoso. En la práctica, el matrimonio ya era insostenible.

Menos de un año después de renovar hasta 2016, Mourinho estaba contra las cuerdas. En enero de 2013, Florentino tuvo que hacer algo inédito: convocar una rueda de prensa para desmentir una información de MARCA que aseguraba que varios pesos pesados, entre ellos Iker Casillas y Ramos, habían amenazado con irse si el técnico seguía en el cargo. El mensaje oficial negó la rebelión, pero el vestuario ya se le había ido de las manos mucho antes de que su salida se hiciera oficial cuatro meses después.

El búnker que acabó explotando desde dentro

El método que le dio gloria en Porto, Chelsea e Inter terminó volviéndose en su contra en Madrid. Su célebre “mentalidad de asedio” funcionó mientras el grupo se sintió protegido. Cuando el clima de desconfianza, victimismo y tensión permanente empezó a calar dentro del vestuario, el equipo dejó de mirar hacia fuera y empezó a mirar hacia el banquillo.

Casillas aguantó en silencio su paso al banquillo en la temporada 2012-13. Pepe no. El central portugués se atrevió a criticar públicamente el trato a su capitán. Mourinho respondió con un dardo personal: insinuó que Pepe estaba dolido porque un adolescente, Raphael Varane, le había quitado el sitio.

Sergio Ramos, por su parte, ridiculizaba en privado las habilidades futbolísticas del entrenador y, cuando llegó Ancelotti en junio de 2013, dejó una frase cargada de intención: “Se nota que fue un gran jugador”. No hacía falta traducirla.

Ramos también desmontó otro de los grandes relatos de Mourinho y del propio Florentino: la idea de que el portugués puso los cimientos de la era dorada en la Champions. Según la versión del técnico, el presidente incluso le rogó que no se marchara en 2013: “No te vayas ahora, has hecho lo más difícil y lo bueno está por llegar”, le habría dicho.

El capitán no compró esa historia. Sobre las cuatro Champions conquistadas entre 2014 y 2018, fue tajante: “No creo que tuviera nada que ver. Al contrario, de hecho…”. Un golpe directo a la narrativa del “arquitecto incomprendido”.

Quizá era exagerado afirmar que Mourinho frenaba al Madrid. Pero sí quedó claro que el equipo respiró cuando llegó una figura pacificadora como Ancelotti. El mismo bloque que vivía en guerra permanente encontró, de repente, un entorno estable para ganar.

Un club en ebullición, un técnico inflamable

La gran incógnita ahora es cómo podría devolver Mourinho una mínima sensación de estabilidad a un club que viene de una temporada convulsa. Xabi Alonso, llamado a liderar un proyecto a largo plazo tras su éxito en Bayer Leverkusen, fue destituido sin contemplaciones a los seis meses para dar paso a un novato en los banquillos como Álvaro Arbeloa.

En ese contexto, apostar por un entrenador que vive del conflicto suena, como poco, temerario.

Mbappé alimentó el ruido al darle “me gusta” en Instagram a una publicación que lo colocaba como próximo técnico blanco. El francés, que busca autoridad y grandeza, quizá vea en Mourinho un nombre a la altura del escudo. Pero no todos en el vestuario comparten el entusiasmo.

Vinicius Jr difícilmente olvidará que el portugués, en plena tormenta de insultos racistas en Lisboa durante un play-off de Champions frente al Benfica de Mourinho, insinuó que el brasileño había provocado el ambiente que terminó obligando a detener el partido. Un entrenador que cuestiona a la víctima en un episodio así no entra fácil en el corazón de un futbolista.

En los despachos tampoco hay unanimidad. Parte de la directiva no ve con buenos ojos el regreso del portugués. No obstante, en el Madrid la aritmética interna tiene un factor decisivo: Florentino sigue mandando. Y su vieja convicción de que el equipo necesita más un “jefe” que un estratega se ha reforzado tras el fallido experimento con Alonso impulsado por José Ángel Sánchez.

Un deseo que delata la falta de ideas

Que Mourinho siga en lo más alto de la lista de deseos del presidente dice mucho. Y nada bueno. Habla de urgencia. De una peligrosa falta de imaginación en un club que siempre presumió de ir un paso por delante.

El fútbol de élite que se vio en el Paris Saint-Germain–Bayern Munich en el Parc des Princes lo dejó claro: el juego se ha movido hacia otro lugar. Ritmos altísimos, valentía con balón, presión coordinada, entrenadores que mezclan ciencia de datos, gestión emocional y flexibilidad táctica. Es otro ecosistema.

Mourinho ya no es el hombre que marcaba tendencia en ese escenario. Florentino, en cambio, sigue atrapado en la idea de que el portugués puede volver a ser el salvavidas. Ahí reside el verdadero problema del Madrid.

Porque si recontratarle en 2015 ya habría sido una mala decisión, hoy, con el club más expuesto, el vestuario más mediático que nunca y el juego a años luz de aquel 2010, sería algo peor: una apuesta desesperada que podría definir el próximo capítulo de la historia blanca en el peor sentido posible.