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La derrota de Brasil en el Mundial: un análisis profundo

La derrota de Brasil en el Mundial no empezó en el césped. Nació en la lista de convocados de Carlo Ancelotti.

El técnico italiano, venerado en clubes de élite, se aferró a una generación que ya mira el final del camino. Lo hizo, según su propio diagnóstico, porque no veía alternativas de nivel suficiente en el país. El resultado fue una Seleção envejecida, corta de piernas y de ideas, que se quedó sin respuestas cuando el torneo pidió ritmo, intensidad y valentía.

Una Seleção con demasiados años

Los números retratan el problema sin necesidad de interpretación. Los tres porteros tenían 33, 32 y 38 años. La defensa llamada para el torneo promediaba 31, con laterales como Danilo y Alex Sandro —ex Juventus— que ya parecen piezas de otra época, más cercana a los álbumes de recuerdos que al fútbol de máxima exigencia.

El centro del campo no escapó a esa tendencia. Casemiro, con 34 años, volvió a cargar con un peso descomunal. A su lado, Fabinho, de 32, sumó muchos minutos. Demasiados veteranos para un Mundial que se decide en transiciones, carreras largas y duelos físicos constantes.

Entre tanta experiencia, apenas un destello de futuro: Rayan, la joven promesa de Bournemouth, con 19 años, y Danilo, de Botafogo, con 25. Dos excepciones en una lista que pedía renovación a gritos. Ancelotti lo reconoció tras el desastre: Brasil necesita sangre nueva, talento joven, jugadores de nivel alto que renueven la estructura de la selección.

Neymar, un regreso que nunca fue

En medio de ese debate generacional, un nombre eclipsó todo: Neymar. A sus 34 años, el ídolo de Santos reapareció en la convocatoria como gran golpe de efecto. Ancelotti cedió a una presión enorme de medios y afición, pese a que el atacante no jugaba con la selección desde octubre de 2023 por sus constantes problemas físicos.

El guion, por desgracia para Brasil, fue el de siempre. Neymar se lesionó la víspera del debut: una molestia en la pantorrilla, con un diagnóstico de “dos a tres semanas” fuera. Se perdió los dos primeros partidos de la fase de grupos y solo pudo disputar 14 minutos ante Escocia en la tercera jornada. Su entrada en Miami tuvo más aroma de homenaje que de regreso de un héroe capaz de cambiar un torneo.

En el dramático triunfo en la prórroga ante Japón, Ancelotti ni siquiera miró al banquillo para recurrir a él. Contra Noruega, en octavos, el técnico sí le dio algo más de tiempo con el equipo a la desesperada. Neymar marcó un penalti tardío que solo maquilló el marcador. Fue un consuelo mínimo en lo que, salvo giro inesperado, quedará como su despedida de la escena internacional.

Ese rol secundario, condicionado por la lesión, dejó aún más expuesta una de las decisiones más discutidas del torneo: la ausencia de Joao Pedro.

El gran ausente: Joao Pedro

Con Neymar tocado y sin ritmo, dejar fuera a Joao Pedro se convirtió en un enigma difícil de explicar. El delantero de Chelsea, de 24 años, venía de firmar 29 goles y asistencias combinadas en su primera temporada en Stamford Bridge. Un impacto inmediato en la Premier, ignorado por la Seleção en el momento clave.

Joao Pedro fue, en la práctica, la víctima directa del regreso de Neymar. Todo apuntaba a que viajaría al Mundial, incluso a que podría arrancar como nueve titular, por su versatilidad y capacidad para moverse por todo el frente de ataque. El propio Ancelotti admitió al anunciar la lista que el delantero “probablemente merecía estar”.

Tras la eliminación, la decisión ya forma parte del expediente que se revisará una y otra vez. Ronaldo Nazario, voz autorizada como pocas, no se mordió la lengua: para él, la caída de Brasil empezó en el banquillo, con la elección de los convocados. Señaló con claridad la ausencia de Joao Pedro, recordando su temporada excepcional y el perfil diferente que podía aportar como delantero en forma, algo que la selección necesitaba desesperadamente.

Un mediocampo desprotegido

La configuración del centro del campo terminó de desnudar los problemas estructurales. Ancelotti arrancó el torneo con solo cinco mediocentros puros, antes de que Ederson, futuro jugador del Manchester United, entrara a última hora para sustituir al lesionado Wesley, un lateral derecho. Entre esos cinco estaba Lucas Paquetá, más mediapunta que organizador.

La consecuencia fue clara: Bruno Guimarães tuvo que hacerlo casi todo. Crear, abarcar metros, sostener al equipo sin balón. El jugador de Newcastle respondió con cuatro asistencias, un rendimiento notable a nivel individual. Pero estaba demasiado solo. El técnico no confió en las alternativas: Ederson y Danilo apenas tuvieron minutos testimoniales.

Tras la derrota ante Noruega, el propio Ancelotti señaló el centro del campo como una zona que necesita una transformación profunda. Hay que mover piezas, renovar perfiles, reequilibrar una sala de máquinas que hoy depende en exceso de un solo hombre.

El penalti que cambió el relato

En medio de esa fragilidad, un instante quedó marcado como punto de inflexión: el penalti fallado en la primera parte contra Noruega. Brasil dominaba, tenía el partido donde quería, y esa acción podía haber cambiado la noche. El encargado de lanzar no fue Vinicius, máximo goleador del equipo en el torneo y en un momento de forma espectacular, sino Bruno Guimarães.

El estadio se sorprendió. El rival también. Ancelotti explicó después que la decisión fue puramente estadística. Según los datos que manejaba el cuerpo técnico, el mejor lanzador era Raphinha, seguido de Neymar. Ninguno de los dos estaba en el campo. El siguiente en la lista era Bruno Guimarães; después aparecía Gabriel Martinelli. Y se respetó esa jerarquía.

El penalti no entró. Brasil se vio por detrás en el marcador más tarde y no encontró el camino de regreso. En un Mundial, un detalle así marca carreras, ciclos y proyectos.

Lesiones y coartadas

Ancelotti puede alegar, con razón, que el contexto no le ayudó. Brasil llegó al torneo muy mermada. Antes incluso de anunciar la lista definitiva, ya sabía que no podría contar con Eder Militao, Rodrygo y Estevao Willian. Tres bajas que, traducidas al campo, significaban perder al lateral derecho titular y a dos posibles titulares —o revulsivos— en las bandas.

La mala fortuna no terminó ahí. Raphinha se lesionó en la primera parte del segundo partido de la fase de grupos, ante Haití, por un problema en los isquiotibiales, y no volvió a jugar. Paquetá cayó en el descanso del duelo de octavos frente a Japón, con la misma dolencia. Cada lesión arrancaba una pieza clave de un equipo que ya llegaba justo de profundidad.

El caso de Neymar, por previsible, dolió de otra manera. El cuerpo técnico sabía que el riesgo era altísimo. Aun así, apostó por él. La realidad confirmó los temores: poco impacto, mucha dependencia emocional y un hueco que pudo ocupar un jugador en plenitud competitiva.

El inicio de otro ciclo

Para Ancelotti, este fracaso monumental no es un final, sino el prólogo de algo distinto. Lo dijo con calma, casi con frialdad: una derrota es el comienzo de una nueva aventura. Brasil, insiste, debe encontrar nuevas ideas, mejorar, revisar a fondo la evaluación de sus jugadores y abrir la puerta a un nuevo ciclo.

Defiende que el trabajo realizado hasta ahora ha sido bueno, se refugia en la naturaleza del fútbol, donde a veces toca gestionar la tristeza de una derrota. Está acostumbrado, asegura.

La cuestión ya no es si él está preparado para levantarse. La verdadera incógnita es otra: ¿está preparada Brasil para dejar atrás a sus viejas glorias, asumir decisiones dolorosas y construir, de una vez, la próxima gran Seleção?