Los abucheos cayeron en cascada desde la Gallowgate End, el mismo lugar donde antaño se ejecutaban condenas públicas. Eddie Howe, herido, quizá tocado de muerte tras una semana de humillaciones y una temporada que se desmorona, mantuvo el gesto rígido. Aplaudió. Siempre aplaudió. Educado en la derrota, expuesto ante su propio público.
Otro entrenador rematado por la insólita y obstinada costumbre del Sunderland de arrebatar victorias al Newcastle en este derbi que define estados de ánimo y carreras. La pregunta ya flota sobre Tyneside: ¿será Howe el siguiente?
El desenlace no será inmediato. Días, quizá semanas, para que la propiedad saudí decida si le concede las llaves de la reconstrucción o si opta por un corte limpio y despiadado. Lo que sí está claro es que el técnico dirige un equipo sin piernas tras superar los 50 partidos en la temporada y con una defensa agujereada. Son ya 22 puntos tirados por la borda tras ir por delante en el marcador, peor registro de la liga. Eso habla de ingenuidad, falta de resiliencia, ausencia de colmillo.
Alan Shearer no se anduvo con rodeos: “Pathetic, weak and lazy”. Pocos en Newcastle llevaron la contraria al máximo goleador histórico del club. Howe, sin embargo, salió a la sala de prensa para reafirmarse: quiere seguir, quiere reconstruir.
“Uno nunca quiere pasar por eso”, admitió sobre la bronca. “Como líder, doy la cara, absorbo todo y actúo como lo haría normalmente. Entiendo y acepto las críticas. Estoy totalmente comprometido con el trabajo. Estoy decepcionado con lo que he ofrecido esta semana. Siempre asumo la culpa. Protegeré a mis jugadores hasta mi último aliento. Es muy doloroso, sobre todo por nuestros aficionados. Pienso en ellos ahora. Tengo poco que usar como excusa. Estamos desesperadamente decepcionados”.
Caos en la calle, caos en la zaga
El Tyne-Wear derby regresaba a St James’ Park por primera vez desde 2016. El ambiente, eléctrico desde el amanecer, derivó pronto en “caos absoluto” fuera del estadio. Peleas en las calles, cabezas ensangrentadas, el parabrisas del autobús del Sunderland destrozado. El viejo odio, intacto.
Dentro, el guion no fue menos turbulento. Newcastle volvió a mostrar una defensa de papel y el Sunderland firmó un doblete liguero histórico sobre su gran rival. El desenlace, cruel para los locales: minuto 90, Brian Brobbey se abre paso entre camisetas blanquinegras que se desploman y firma el 1-2. Explosión de júbilo en lo alto del Leazes End. Silencio helado en el resto del estadio.
Entre el ruido, un episodio que añadió un tono aún más sombrío. El partido se detuvo cuando los árbitros registraron una denuncia de insultos racistas procedentes de la grada local hacia Lutsharel Geertruida. La Premier League abrió de inmediato una investigación y prometió apoyo al jugador y a ambos clubes.
Howe fue tajante: el club no tolera el racismo y se investigará. Regis Le Bris, técnico del Sunderland, habló con Geertruida al final. “Está bien, pero no es aceptable. Es importante denunciar y gestionar la situación correctamente”, subrayó el francés.
Sobre el césped, en cambio, las preguntas más duras quedaron reservadas para el entrenador del Newcastle. Como respuesta al 7-2 encajado ante el Barcelona en la Champions League a mitad de semana, lo de ayer fue pobre. Muy pobre.
El sueño de volver a la élite europea se apagó. El Sunderland lo sofocó con una actuación que combinó una resistencia áspera, asfixiante, con una eficacia quirúrgica en las áreas: goles de Brobbey y Chemsdine Talbi. Cada error local, castigado.
Fue una victoria brillante, inesperada por su contundencia emocional, en terreno enemigo. Le Bris la diseñó desde la pizarra, sus jugadores la ejecutaron con frialdad, filo y una calma impropia de un derbi.
Los datos hablan solos: el Sunderland encadena 11 derbis ligueros sin perder. El Newcastle no gana uno en casa en liga desde el 5-1 de octubre de 2010, aquel día con cinco o seis titulares del Sunderland fuera por lesión. Demasiado tiempo para una hinchada que se ve a sí misma como la potencia del noreste.
Howe ya había intentado en diciembre, en el Stadium of Light, la vía de la calma y el control emocional. Perdió 1-0. Ayer, el equipo se quedó sin gasolina en la segunda parte. Y este tipo de partidos, él mismo lo reconoció, tiene consecuencias distintas al resto. Ruud Gullit, Alan Pardew, Steve McClaren… todos acabaron devorados por el peso del derbi. La lista está ahí. Falta saber si el siguiente nombre será el suyo.
Un odio antiguo, una herida nueva
El regreso del derbi a St James’ Park también desató la guerra dialéctica habitual. En la grada local apareció una pancarta burlona: “Welcome to the region’s capital, you’ve been gone so long!”. En la previa, los principales fanzines del noreste calentaron el ambiente con ironía y veneno.
Desde Sunderland, A Love Supreme resumió su postura con un seco: “I do not like Newcastle United Football Club”. The Roker Report tiró de Sun Tzu y El arte de la guerra para hablar de “calma en las orillas del Wear y ansiedad por todo Tyneside”.
El pique ya no se limita a quién canta más fuerte. También se discute la moralidad y el significado del dinero saudí que ha relanzado la ambición del Newcastle. Y en Newcastle, True Faith disparó con bala: definió al Sunderland como un “tinpot lower league outfit”, un club “delirante, amargado, de mentalidad pequeña, que presume de ‘historia’ mientras se pudre en la irrelevancia”. Añadía que, “estadísticamente”, los Black Cats deberían estar en el descenso, que ninguna otra plantilla ocupa una posición tan “falsa” en la tabla.
Al final, no hay algoritmo que valga. No es el XG lo que decide, sino los puntos. Y la sangre fría.
La mañana se había programado con un horario de mediodía para “limitar la lubricación” previa al choque. Un buen propósito, derrotado por la realidad: algunos pubs abrieron a las ocho. No sorprendió a nadie que, en una ciudad donde un día un aficionado del Newcastle llegó a golpear a un caballo de policía tras perder un derbi, hubiera escaramuzas antes del pitido inicial.
A pocos metros del estadio, un grupo de hinchas del Sunderland se soltó del cordón policial camino desde la estación. Hubo cargas, empujones, bengalas humeantes. Le Bris, con elegancia, quiso rebajar lo ocurrido: “La pelea solo está en el campo. Tenemos que ser respetuosos. Ellos tienen una buena afición, nosotros tenemos aficionados fantásticos, la pelea solo está en el campo”.
Un golpe temprano… y otro letal al final
Sobre el césped, el partido fue un pulso tenso, más cerrado que brillante. El primero en ceder fue el Sunderland. Minuto 9, Anthony Gordon abrió la tarde con un gol que parecía anunciar una avalancha. El equipo visitante, sin cinco jugadores clave y con Luke O’Nien improvisando como central, se complicó la vida solo.
O’Nien recibió en el área, intentó salir jugando, regaló el balón. Nick Woltemade olió el error, robó y dejó a Gordon encarando. Un recorte hacia la izquierda, un disparo seco, y el 1-0 subió al marcador. St James’ Park rugió. Parecía el inicio del desquite.
No lo fue. No hubo desborde, ni dominio sostenido, ni la sensación de que el Newcastle fuera a sentenciar. El Sunderland se rehízo, se ordenó y empezó a incomodar. La grada local, acostumbrada a sufrir, volvió a morderse las uñas.
El empate llegó en el 56. Córner mal defendido, otra vez. Aaron Ramsdale dudó y falló en la salida. Trai Hume recogió el balón suelto y lo devolvió al corazón del área. Brobbey impuso su físico, generó el caos y Talbi apareció para fusilar desde ocho metros. 1-1 y un murmullo de inquietud en la Gallowgate.
El Newcastle creyó encontrar alivio en una jugada a balón parado: Malick Thiaw cabeceó a la red un córner, pero el colegiado anuló el tanto por falta previa de Jacob Murphy sobre el portero Melker Ellborg. El suspiro de alivio se convirtió en un gruñido de frustración.
Le Bris, fino estratega, volvió a demostrar por qué se ha ganado fama de técnico incómodo. Cerró líneas de pase por dentro, ahogó la circulación del Newcastle y convirtió cada transición en una amenaza. “Un gran logro. Ganar dos derbis en el mismo año significa mucho”, explicó después. No exageraba.
Brobbey, mientras tanto, fue un tormento constante. Cuerpeó, bajó balones, arrastró centrales, obligó a la zaga local a recular siempre un metro más de lo que quería. Y cuando el reloj se acercaba al 90, llegó el mazazo definitivo.
Balón al área, rebotes, camisetas blanquinegras cayendo al suelo, piernas pesadas. Brobbey se abrió paso, ganó la posición y definió. Gol. Estallido rojo y blanco en la esquina visitante. El Newcastle, de rodillas.
El derbi, otra vez, se inclinaba hacia el lado rojo del noreste. La racha sigue: once partidos ligueros sin perder para el Sunderland. El vacío, también: catorce años sin que el Newcastle gane este duelo en casa.
Howe, solo en la banda, siguió aplaudiendo a su gente mientras los abucheos caían como lluvia. El equipo se ha quedado sin energía, la defensa hace agua, la plaza europea se ha evaporado y el derbi se ha perdido dos veces en el mismo año.
Ahora la cuestión ya no es si el Newcastle puede reaccionar en lo que queda de temporada. La verdadera incógnita es otra: ¿tendrá Howe tiempo, y respaldo, para intentarlo?





