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Chelsea encuentra confianza y plan para Wembley tras empate en Anfield

En Anfield, durante unos minutos, pareció que Chelsea se asomaba al abismo. Otro golpe temprano, otra tarde interminable, otro capítulo en una racha liguera que amenazaba con entrar en los libros de historia por el motivo equivocado: siete derrotas consecutivas en la Premier League a las puertas de una final de FA Cup.

Ryan Gravenberch apenas necesitó seis minutos para encender las alarmas. Control, rosca y 1-0 para Liverpool. El guion reciente de los Blues se repetía: frágiles, castigados pronto, sin respuesta. El aire se volvió pesado.

Esta vez, sin embargo, el equipo no se desmoronó.

Un empate que sabe a algo más

La reacción llegó a balón parado. Enzo Fernández colgó una falta que nadie tocó y que terminó besando la red. Un gol feo, confuso, pero imprescindible. El tipo de tanto que no luce en los resúmenes, aunque cambia el ánimo de un vestuario entero.

A partir de ahí, Chelsea se agarró al partido. No fue brillante. Fue competitivo. Y ahora mismo, eso vale oro en Stamford Bridge.

Marc Cucurella, uno de los rostros de este cambio de tono, lo resumió con sencillez ante TNT Sports: el esfuerzo fue alto, el juego no tanto, pero cuando el equipo trabaja unido, el nivel sube. El lateral zurdo insistió en la idea que sobrevuela el club: de este punto hay que extraer confianza, porque lo que viene no admite dudas. El sábado espera Manchester City en la final de la FA Cup.

Semanas grises, decisiones duras

El contexto no ayuda. Chelsea se ha caído de la pelea por la Champions League, muy lejos de las expectativas marcadas desde los despachos. Liam Rosenior ya es pasado, entre insinuaciones de un vestuario que había dejado de responderle. El estreno del técnico interino Calum McFarlane fue un golpe: 1-3 en casa ante un Nottingham Forest en plena batalla por la permanencia.

McFarlane no solo necesitaba puntos. Necesitaba frenar una hemorragia anímica. En Anfield, al menos, lo logró. El equipo fue despedido con aplausos por la afición desplazada. No es un detalle menor en una temporada que ha desgastado la paciencia de todos.

Y, casi sin ruido, el empate dejó algo más: una posible hoja de ruta para enfrentarse a City en Wembley.

El giro táctico: tres centrales y un viejo conocido

McFarlane se atrevió con un sistema que había dado más problemas que soluciones este curso. Línea de tres atrás, por primera vez en su etapa como interino y solo por cuarta ocasión en toda la temporada. Bajo Rosenior, el dibujo había dejado dos derrotas ante rivales de Premier League y un sufrido triunfo ante Wrexham en la FA Cup. En la etapa de Enzo Maresca, ni rastro de esa estructura.

Esta vez la historia fue distinta por un nombre propio: Levi Colwill.

Diez meses después de su última titularidad, nada menos que en la final del Mundial de Clubes, el central inglés regresó al once. Y marcó la diferencia. Serenidad con balón, personalidad en la salida desde atrás, liderazgo. McFarlane no dudó: para él, Colwill fue el mejor del partido. Y lo subrayó: primer partido completo en mucho tiempo, pero con la jerarquía de siempre.

A su lado reapareció Wesley Fofana, hasta ahora relegado con el técnico interino, en una pareja que ambos disfrutan. El triángulo lo cerró Jorrel Hato, uno de los pocos que había mantenido un nivel aceptable en medio de la mala racha. Entre los tres, construyeron una base que Chelsea no tenía desde hacía semanas.

Cucurella, más arriba y más incisivo

Ese cambio de estructura abrió otra puerta: un Cucurella mucho más alto, casi extremo, castigando el costado de Curtis Jones, improvisado lateral de Liverpool. El español vivió en campo contrario, encontró espacios y dio aire a un equipo sin desborde por fuera.

Cole Palmer, sumido en una sequía de diez partidos sin marcar a nivel de clubes, también respiró algo mejor. Se movió con más libertad, participó más, incluso vio puerta antes de que el tanto fuera anulado por un fuera de juego muy ajustado… de Cucurella. Un detalle que resume la nueva vocación ofensiva del carrilero.

No era solo una cuestión de gusto táctico. Era una necesidad. Chelsea afrontó el duelo sin cuatro extremos de la primera plantilla y con dos atacantes de 17 años, Mathis Eboue y Ryan Kavuma-McQueen, sentados en el banquillo para completar la convocatoria.

Brotes verdes antes de City

En este panorama, cada regreso cuenta. El club confía en recuperar a Alejandro Garnacho y Pedro Neto para la final de la FA Cup. Reece James ya dio el primer paso, con sus primeros minutos en casi un mes saliendo desde el banquillo en Anfield.

Hace menos de un año, Chelsea presumía de algo que pocos podían igualar: victorias ante los campeones de España, Italia, Inglaterra y Francia camino del título del Mundial de Clubes frente a Paris Saint-Germain. Prueba clara de que, en un partido único, este bloque puede tumbar a cualquiera.

El problema está en la liga. Ahí, la realidad es mucho más áspera. Sin opciones de alcanzar la quinta plaza, fuera de la pelea por la Champions, atrapados en una dinámica que los datos no maquillan: 14 jornadas seguidas encajando goles, la peor racha desde los 15 partidos entre marzo y mayo de 1979, y apenas una victoria en los últimos 11 encuentros de Premier League.

Un punto, una reacción… y una final

Tras el tropiezo ante un Forest plagado de suplentes, McFarlane cambió el tono. Pidió reacción. En Liverpool la obtuvo. Habló de buen punto, de buen rendimiento, de un duelo que pudo caer de cualquiera de los dos lados. Lamentó las ocasiones perdidas para ganar, pero se quedó con lo esencial: el equipo mejoró y él se marchó satisfecho.

Su currículum como interino ya tiene una línea importante: el 1-0 ante Leeds en la semifinal de la FA Cup en Wembley. Aquel día demostró que puede armar un equipo competitivo bajo presión. En Anfield dio un paso más: encontró una estructura que protege mejor a los suyos y que potencia a piezas clave como Colwill y Cucurella.

Ahora todo se reduce a una pregunta: ¿será suficiente este nuevo Chelsea para mirar a los ojos al City de Pep Guardiola en otra noche grande en Wembley?