En Balaídos se vivió un choque que explica buena parte del ADN de ambos equipos esta temporada. Celta Vigo, sexto con 41 puntos tras 29 jornadas y en plena pelea por plaza europea, cayó 3-4 ante un Alaves que llegó a Vigo como 16.º, con 31 puntos y una campaña marcada por el sufrimiento lejos de casa. El marcador final no solo retrata un partido desatado, sino que dialoga con la estadística de fondo: un Celta que vive del vértigo ofensivo (41 goles a favor, 1,4 por partido) y un Alaves que suele pagar muy caro sus desajustes defensivos (41 goles encajados, 1,4 por encuentro).
El guion fue casi una caricatura de sus tendencias. El Celta, que a lo largo del curso se ha mostrado especialmente productivo en los tramos finales —el 29,27% de sus goles llegan entre el 76’ y el 90’— y tras el descanso (24,39% entre 46’ y 60’), se disparó pronto hasta el 3-1 al descanso. Alaves, por su parte, volvió a encajar en las franjas que más le castigan: un 20,93% de sus goles recibidos llegan entre 46’ y 60’ y un 27,91% en el 76’-90’, precisamente las ventanas en las que el partido se rompió definitivamente. La diferencia, esta vez, fue que el equipo de Quique Sánchez Flores consiguió replicar golpe por golpe hasta darle la vuelta al encuentro, algo poco habitual para un conjunto que solo había ganado 3 de sus 15 salidas ligueras y que apenas sumaba 13 goles a domicilio antes de esta jornada.
Formaciones
La apuesta de Claudio Giráldez fue fiel a la identidad que ha consolidado al Celta: 3-4-3, estructura dominante en 22 partidos de Liga este curso. Ionuț Radu bajo palos, línea de tres con J. Rodríguez, J. Aidoo y C. Domínguez, y un carril central muy joven y dinámico con J. El Abdellaoui, H. Sotelo, O. Mingueza y A. Núñez. Arriba, un tridente agresivo con F. Jutglà, Borja Iglesias y H. Álvarez. El plan, claro: acumular gente por dentro para activar a sus tres puntas y sostener una presión alta que ahogue la salida rival.
Enfrente, Alaves respondió con un 4-4-2 reconocible: A. Sivera en portería; línea de cuatro con Jonny Otto, N. Tenaglia, J. Pacheco y Víctor Parada; doble eje en la medular con P. Ibáñez y A. Blanco, flanqueados por A. Pérez y Carles Aleñá; y arriba, pareja complementaria con T. Martínez y Lucas Boyé. Sobre el papel, un dibujo pensado para cerrar pasillos interiores y castigar las pérdidas celestes con transiciones rápidas hacia un Boyé que no solo es el máximo goleador babazorro (9 tantos), sino también un generador de juego (23 pases clave) y un delantero capaz de fijar y descargar.
Ausencias y Ajustes
Las ausencias obligaban a matizar los planes. El Celta afrontaba el duelo sin M. Alonso y C. Starfelt (ambos por descanso), sin el músculo y experiencia de M. Vecino (lesión muscular) y sin la energía de I. Moriba, sancionado por acumulación de amarillas. A ello se sumaba la baja de M. Román por lesión en el pie. Ese vacío en la sala de máquinas empujó a Giráldez a confiar aún más en Sotelo y Núñez para dar salida limpia y sostener las vigilancias tras pérdida. La consecuencia táctica fue un equipo todavía más expuesto cuando la primera línea de presión se veía superada.
Alaves tampoco llegaba indemne. F. Garcés (sanción), C. Protesoni (lesión) y Yusi (tarjetas amarillas) reducían las opciones de rotación, especialmente en la gestión del bloque medio y las ayudas defensivas. Para un equipo que ya sufre atrás —25 goles encajados fuera de casa antes de este partido—, cada baja en la estructura de contención pesa. La respuesta fue un once muy reconocible y un banquillo corto pero con perfiles claros: D. Suárez para dar pausa y criterio, J. Guridi y A. Guevara para reforzar el centro del campo, e I. Diabaté o A. Rebbach como revulsivos en los costados.
Duelo Ofensivo
El duelo estelar estaba en el área: Borja Iglesias contra la defensa de Alaves. El delantero del Celta llegaba con 11 goles y un impacto notable en el área rival: 34 remates, 22 a puerta, 17 pases clave y un registro impecable desde el punto de penalti (3 de 3). Su volumen ofensivo contrasta con una zaga babazorra que ha sufrido especialmente en los últimos minutos, donde encaja más de una cuarta parte de sus goles. El partido confirmó la tendencia: cada balón frontal o centro lateral hacia el ‘7’ celeste obligó a Tenaglia, Pacheco y Parada a multiplicarse.
Al otro lado, Lucas Boyé representaba “el cazador” perfecto para explotar las grietas de una defensa de tres que, a lo largo del curso, concede sobre todo entre el 61’ y el 75’ (28,57% de los goles encajados del Celta) y en el tramo final (22,86% entre 76’ y 90’). Con 9 goles, 42 tiros y una capacidad notable para ganar duelos (129 de 346), el argentino castigó cada transición. Sus 36 regates completados en Liga explican por qué el Celta, que solo ha dejado su portería a cero en 3 partidos en casa, sufrió tanto cada vez que el partido se abrió.
Batalla en el Mediocampo
En la sala de máquinas, el “duelo de motor” tuvo nombres propios. Sin datos oficiales de asistencias de la competición, el peso creativo recayó en perfiles como O. Mingueza y A. Núñez en el Celta, encargados de dar el primer pase vertical y de activar a los puntas entre líneas, frente al trabajo oscuro de P. Ibáñez y A. Blanco, que debían cortar líneas de pase y frenar la circulación celeste. En las bandas, A. Pérez y Aleñá aportaron la pausa y los centros que necesitaba Boyé, mientras Jonny Otto y Víctor Parada asumían un doble rol: cerrar por dentro y llegar arriba.
Disciplina y Estrategia
La disciplina también marcó el guion invisible del partido. El Celta, que reparte buena parte de sus amarillas entre el 46’-60’ (21,82%) y el 76’-90’ (21,82%), volvió a caminar sobre la cuerda floja en los minutos de máxima intensidad, condicionado por ese historial. Alaves, por su parte, es un equipo que se carga de tarjetas sobre todo en el tramo final (20,83% de sus amarillas entre 76’ y 90’ y 16,67% entre 91’ y 105’), un patrón que obliga a Sánchez Flores a gestionar con cuidado a hombres como Víctor Parada, que ya suma 7 amarillas y 1 doble amarilla en Liga. El lateral, además de proyectarse, tuvo que medir cada entrada para no dejar a su equipo con diez.
Opciones desde el Banquillo
Desde el banquillo, el Celta disponía de más variantes para cambiar el partido: la presencia de Iago Aspas como recurso de lujo, la creatividad de F. Cervi, la llegada de W. Swedberg o la profundidad de P. Durán ofrecían a Giráldez la posibilidad de redibujar el frente ofensivo. “[IN] Aspas entró por [OUT] Jutglà” o un movimiento similar (según se produjo en el encuentro) era el tipo de cambio capaz de alterar por completo la manera de atacar, pasando de un tridente más físico a uno más asociativo. En Alaves, la entrada de un D. Suárez o un Guridi por dentro, o de Diabaté y Rebbach en los costados, estaba pensada para ganar metros con balón y estirar al Celta cuando este se volcó.
Conclusiones
La lectura estadística posterior al 3-4 refuerza una conclusión: el partido se decidió en las franjas donde las tendencias de ambos se cruzan. El Celta, que marca un 24,39% de sus goles entre 46’ y 60’ y un 29,27% en el 76’-90’, encontró puerta, pero su fragilidad en el 61’-75’ (28,57% de los tantos encajados) y en el tramo final volvió a penalizarle. Alaves, que concentra el 25% de sus goles entre 76’ y 90’ y un 21,43% entre 0’ y 15’ y 61’-75’, explotó precisamente esos momentos de partido, desmantelando la estructura de tres centrales celeste.
En términos de proyección, el Celta sigue perfilándose como un equipo de alto voltaje: produce mucho, encaja más de lo que debería y depende en exceso de su pegada —y de la inspiración de hombres como Borja Iglesias— para sostener su candidatura europea. Alaves, pese a sus enormes problemas defensivos lejos de casa (solo 1 portería a cero a domicilio en toda la campaña), demostró que tiene argumentos ofensivos para escapar del pozo si consigue minimizar sus desconexiones. La diferencia, a futuro, puede estar precisamente en esa franja 61’-90’: si el Celta no consigue neutralizar su propio “minuto maldito” y Alaves no corrige su tendencia a desmoronarse al final, ambos seguirán viviendo al borde del abismo… y del espectáculo.





