La historia moderna del FC Bayern no solo se escribe en finales europeas ni en desfiles por Marienplatz. También se escribe en un tramo de asfalto al sur del centro de Múnich: la Säbener Straße. Allí, donde hoy se habla de un nuevo centro de entrenamiento de 100 millones de euros, todo empezó con un par de campos, unas casetas de madera y agua caliente… durante unos minutos.
Del Café Gisela al primer hogar real
El club nació en 1900 en el Café Gisela, cerca de Odeonsplatz, y durante décadas vagó de un campo a otro por la ciudad. La verdadera ancla llegó en 1949, cuando el presidente Kurt Landauer aseguró para el Bayern el uso del campo deportivo municipal de Harlaching, en la Säbener Straße. Por fin, un hogar.
El complejo, a poca distancia del viejo Grünwalder Stadion y de los terrenos del TSV 1860, era modesto. Sepp Maier, que llegó al club en 1958 con 14 años, lo recuerda con nitidez: tres campos de entrenamiento, la casa del encargado con una pequeña cocina abajo y su vivienda arriba, y adosadas unas barracas de madera que servían de vestuarios y duchas. A la izquierda, los profesionales; a la derecha, amateurs y juveniles. Detrás, el taller del zapatero Sepp Renn. Eso era el Bayern.
Había agua caliente, sí, pero a cuentagotas. “Había que ser de los primeros en ducharse”, recuerda Maier. Después, el agua volvía a salir fría hasta que el calentador se recuperaba. Las oficinas, mientras tanto, seguían en el centro de la ciudad. Los jugadores iban una vez al mes a cobrar en mano. Transferencias bancarias, ni hablar.
En esas condiciones, con botas arregladas en un pequeño taller y duchas de agua helada, el Bayern de Maier, Franz Beckenbauer y Gerd Müller se convirtió en el mejor equipo del país. Ascenso en 1965, primer título de Bundesliga en 1969. Alemania se quedó pequeña. Tocaba pensar en Europa… y en ladrillos.
El gran salto de 1971: del potrero al club moderno
A principios de los 70, el Bayern entendió que para competir con los grandes del continente necesitaba algo más que talento. Necesitaba estructura. Y tuvo suerte: su presidente era el contratista de obras Wilhelm Neudecker, y los socios respondieron.
En 1970, el club lanzó en su boletín interno una campaña de donaciones para construir un nuevo edificio en la Säbener Straße. El objetivo: reunir bajo un mismo techo a los equipos y a la administración. Se recaudaron 500.000 marcos; el coste final se disparó hasta 3,8 millones. El 17 de mayo de 1971, ante 150 invitados y con el alcalde Hans-Jochen Vogel presente, se inauguró el nuevo complejo: amplios vestuarios, oficinas, restaurante, un pabellón polideportivo, cuatro campos de hierba y una pista dura. Las viejas barracas siguieron un tiempo más, convertidas en cobertizos para herramientas.
El plan era claro: tener a los jugadores más tiempo en el club. En el nuevo edificio se habilitaron habitaciones con camas para que el equipo durmiera allí los viernes y se concentrara de cara al partido del sábado. En teoría, perfecto. En la práctica, un desastre. Maier lo resume sin rodeos: aquello parecía un albergue juvenil. Lo intentaron tres veces. Luego, protestas. No había confort, no había ambiente. No lo soportaban.
El mánager Robert Schwan, pionero en muchas cosas, entendió rápido el mensaje. Neudecker cedió. Los jugadores volvieron a los hoteles, y antes de los grandes partidos incluso se alojaban en el lujoso Bachmair, a orillas del Tegernsee. Lo que sí funcionó fueron los campos y la profesionalización del día a día. Entre 1974 y 1976, el Bayern levantó tres Copas de Europa consecutivas. La inversión en la Säbener Straße empezaba a rendir dividendos.
Jerarquías en el sótano y barro en otoño
Con el tiempo, las habitaciones del fallido “campamento” se reconvirtieron en vestuarios para juveniles y amateurs. Los profesionales se cambiaban en el sótano del nuevo edificio. Klaus Augenthaler, que llegó en 1975 con 17 años y acabaría siendo capitán, recuerda cuatro vestuarios claramente jerarquizados: uno para los entrenadores, otro para las estrellas –Beckenbauer, Maier, Müller–, un tercero para el resto del primer equipo y el último para “los demás”. La jerarquía del vestuario se veía en la puerta.
La camilla también tenía su escala. El masajista Josip Saric, cuenta Augenthaler, atendía sobre todo a los grandes nombres, los que le dejaban propina. Los jóvenes esperaban su turno. Solo en el campo todos valían lo mismo.
El césped, en cambio, no siempre estaba a la altura. Cada verano los campos se presentaban impecables. Para otoño, asegura Augenthaler, ya no eran dignos de un club de Bundesliga. Los aficionados podían comprobarlo de cerca. Todos los entrenamientos eran abiertos y, en vacaciones escolares, aquello se convertía en una romería.
El restaurante “Insider”, con una terraza elevada junto a los campos, se llenaba de curiosos. Tras las sesiones, jugadores y seguidores compartían mesa y cerveza. Maier recuerda las broncas con una sonrisa: “Nos soltaban: ‘El sábado jugasteis una porquería, pero bueno, ya no estamos enfadados, venga, tomemos una cerveza’”. Crítica, perdón y una jarra de por medio. Fútbol bávaro en estado puro.
Hoeneß descubre el merchandising y la Säbener se hace escaparate
En 1983, Uli Hoeneß, joven mánager con mentalidad de negocio, regresó de un viaje a Estados Unidos con una idea clara: el Bayern no solo debía ganar, también debía vender. Nació la “Bayern Boutique” en la Säbener Straße, una pequeña tienda de merchandising que pronto se convirtió en parada obligada para los aficionados.
En 1989 llegó la segunda gran reforma. La tienda se amplió y se levantó la icónica cúpula de cristal que aún hoy define el perfil del edificio. Además, se construyó un bloque separado dedicado exclusivamente al primer equipo. El club se abría al público, pero blindaba a sus estrellas.
La vida en la Säbener, sin embargo, seguía teniendo anécdotas de barrio. A principios de los 2000, Bastian Schweinsteiger, entonces una joven promesa de 18 años, fue sorprendido a las dos de la madrugada en el jacuzzi del club con una joven. Cuando llegaron los guardias de seguridad, alertados por la alarma, él la presentó como su prima. La escena habla por sí sola: el lugar que Maier había comparado con un albergue juvenil se había convertido en un segundo hogar tan cómodo que algunos jugadores lo elegían… incluso de madrugada.
No siempre fue tan agradable. En 2000, un incendio en la sauna del sótano obligó a Mehmet Scholl y Giovane Elber a escapar por las ventanas del primer piso, descolgándose con cuerdas. Los daños rondaron los dos millones de marcos. Tras pequeñas reparaciones, el gran salto estructural llegaría unos años más tarde, de la mano de un entrenador con ideas de NBA.
Klinsmann y la revolución de los Budas
En 2008, el arquitecto Sascha Arnold, del estudio Arnold / Werner, recibió una llamada que cambiaba de escala: FC Bayern quería modernizar a fondo la Säbener Straße. O, más precisamente, Jürgen Klinsmann lo quería. El técnico designado, influido por los gigantes de la NBA y la NFL en Estados Unidos, convenció a Uli Hoeneß y Karl-Heinz Rummenigge, todavía impulsados por el “cuento de hadas veraniego” del Mundial 2006.
En el Hotel Palace de Bogenhausen, varios estudios presentaron sus ideas para un campus con restaurante, zona wellness, vestuarios, auditorio y más. Arnold recuerda que su firma ganó, entre otras cosas, porque ya gestionaba bares de moda en Múnich frecuentados por jugadores del Bayern, como Edmoses. A ojos de la directiva, eso significaba una conexión real con la generación joven.
El proyecto fue demoledor. En siete semanas, más de 2.000 metros cuadrados se vaciaron hasta el esqueleto y se reconstruyeron por completo. Tres turnos de ocho horas, obras día y noche. El coste rondó los 15 millones de euros. Arnold lo define aún hoy como “el proyecto más ambicioso” que han afrontado.
El resultado impresionó. La Säbener Straße estrenó auditorio con cabinas para intérpretes, biblioteca, cursos de idiomas, salas comunes con tenis de mesa, billar, PlayStation y hasta una cabina de DJ. Klinsmann proclamó que aquello era único en el mundo, algo que ni Real Madrid ni FC Barcelona tenían. Mark van Bommel, que conocía bien el vestuario del Barça, apuntó que algo así solo se veía en hoteles de Dubái, no en clubes de fútbol europeos.
Klinsmann quería a sus jugadores allí ocho horas al día. Cohesión, control de la alimentación, supervisión total. Christian Lell, con 23 años, definió el lugar como “una localización realmente guay” y llegó a bromear pidiendo un pequeño apartamento para quedarse a vivir. No se lo dieron, pero la idea de campus total ya estaba instalada.
Para rematar, el interiorista de confianza de Klinsmann, Jürgen Meißner, colocó figuras de Budas en las instalaciones. Aquellos Budas, pensados como toque espiritual, se convirtieron con el tiempo en símbolo de su fracaso. El técnico fue despedido a los diez meses, sin un solo título. Su legado no quedó en el banquillo, sino en el hormigón y el cristal: dejó al club mejor preparado para el siglo XXI.
Del bar de barrio a las cortinas opacas
No todos celebraron la modernización. La nueva estructura dejó víctimas colaterales. La más visible, la taberna de Erika Niemeyer, un clásico de la zona, que tuvo que cerrar. “Estoy horrorizada y extremadamente triste. Me arrancan el corazón. Todo el mundo aquí, también los aficionados, pierde un trozo de hogar”, lamentó entonces. Años después, el “Paulaner Treff” tomó el relevo, pero con matices: solo abre en los pocos entrenamientos públicos del año. Más exclusivo que Edmoses, más lejos del aficionado de a pie.
La relación con el público cambió de raíz. Se instalaron grandes cortinas en las vallas para ocultar las sesiones a puerta cerrada. En 2024, el diario Bild informó de que incluso los seguidores que se colocaban detrás de esas cortinas solo para escuchar eran expulsados. Desde 2017, ni siquiera los juveniles del propio club pueden ver entrenar al primer equipo.
La cantera, de hecho, ya no vive allí. Por falta de espacio, toda la academia, con residencia incluida, se trasladó a un nuevo campus de 70 millones de euros en el norte de la ciudad, cerca del Allianz Arena. La Säbener Straße se ha ido convirtiendo, poco a poco, en un búnker de élite.
Guardiola, el escritorio asimétrico y la nueva piel del Bayern
Durante la década de 2010, el club siguió añadiendo piezas al rompecabezas. Se construyó un pabellón multiusos moderno, un nuevo edificio de oficinas y zonas exteriores con caja de arena y pista de fútbol-tenis. Arnold / Werner incorporó una piscina con sistema de contracorriente para aqua jogging y un área médica en la última planta.
En 2013, el estudio muniqués recibió otro encargo simbólico: rediseñar el despacho del nuevo entrenador, Pep Guardiola. Arnold le ofreció dos opciones de escritorio: un modelo estándar de Norman Foster y una pieza única, asimétrica, casi escultórica, diseñada por él mismo. Guardiola eligió la segunda sin dudar. Para la silla, Arnold recomendó una Eames de aluminio gris con cojín blando. Como el plazo de entrega era largo, Pep usó mientras tanto el mismo modelo en negro. Cuando por fin llegó la gris, Arnold se quedó con la negra. A día de hoy, sigue sentándose en ella.
La comparación que hace el propio Arnold es reveladora: los hoteles se renuevan cada diez o doce años. El Bayern lleva 18 sin una reforma a gran escala en la Säbener Straße. Que el club vuelva a mover ficha no sorprende a nadie.
El ex CEO Oliver Kahn ya había dejado caer la idea. Su sucesor, Jan-Christian Dreesen, fue más explícito en un comunicado en 2024: un nuevo centro de entrenamiento es clave para seguir atrayendo a jugadores internacionales y mantenerse competitivo al máximo nivel. El Münchner Merkur informó en diciembre de que el club ya tiene un permiso de planificación preliminar. Esta misma semana se ha publicado que la construcción de un nuevo campo de entrenamiento podría arrancar en breve.
El proyecto se estima en unos 100 millones de euros y un plazo de ejecución de tres años, con un posible inicio en 2026. Otro giro de tuerca en el mismo lugar donde un día hubo una casa de encargado, unas duchas que se quedaban sin agua caliente y un zapatero remendando botas.
De las barracas, al albergue juvenil, al “hotel de Dubái”. La pregunta ya no es si la Säbener Straße cambiará de piel otra vez, sino qué tipo de club nacerá de su próxima metamorfosis.





