Arsenal avanza a la final de Champions League tras emocionante victoria
Todo lo que el Arsenal había derramado en esta imponente campaña de Champions League se concentró en una sola noche. Ya no se trataba de elogios, ni de orgullo añadido. Era cuestión de dar el siguiente paso y asomarse, por fin, a la historia.
En un Emirates cada vez más desquiciado, con los fantasmas de las ocasiones perdidas bajo el mandato de Mikel Arteta flotando en el ambiente, el equipo dio el avance más audaz de la era del técnico vasco. Ahora, el horizonte se llama final, ante Paris Saint-Germain o Bayern Munich, y la sola idea agita la sangre en el norte de Londres. Arteta, al borde siempre, se vio desbordado por las emociones. Diego Simeone, al otro lado, tampoco logró disimularlas. El contraste solo hizo que el pitido final sonara aún más dulce para cualquiera que lleve al Arsenal en el corazón.
El sufrimiento era inevitable. Lo exige el escenario. Y los corazones gunners se pararon más de una vez en la segunda parte, sobre todo cuando el suplente Alexander Sørloth se lanzó a por un centro raso y tentador en el minuto 86… y lo falló. Ahí se contuvo la respiración de todo un estadio.
El Arsenal mereció pasar. Fue mejor en la primera mitad y supo hacer lo justo tras el descanso, apoyado en dos certezas que lo sostuvieron toda la noche: una defensa blindada y Bukayo Saka. El extremo firmó el gol decisivo al borde del descanso, rematando a quemarropa después de que Jan Oblak rechazara mal un disparo de Leandro Trossard. Ese tanto vale una clasificación histórica: el club se mete en solo su segunda final de Champions, la primera desde 2006. Y viajará a Budapest, el 30 de mayo, convencido de que puede dinamitar los pronósticos.
La cita llegaba enmarcada por una sensación de posibilidad casi nueva para este Arsenal, alimentada por lo ocurrido el lunes en Goodison Park, donde el Manchester City se dejó dos puntos. La Premier League está al alcance de la mano. Esto, sin embargo, era otra cosa: un billete para el partido más grande que puede disputar un club europeo. La idea era clara: aprovechar la inercia del paseo del sábado ante el Fulham, una goleada cómoda, casi insólita para estas alturas de curso.
Fulham de final de temporada o el Atlético de Simeone en una semifinal de escaparate. Nadie en rojo esperaba una noche plácida. El plan era un combate a cara de perro, y la grada respondió. El club español ya había mostrado su incomodidad con los fuegos artificiales que estallaron sobre su hotel en Shoreditch la noche anterior. La bienvenida en el estadio fue más visual que intimidante: una marea roja, bengalas encendidas, un recibimiento masivo a los autobuses. El tifo previo al partido, impecable. El “North London forever”, atronador.
El Once de Arteta
Arteta se lanzó sin red con su once. Riccardo Calafiori, un lateral de alma atacante, ocupó el costado izquierdo. Myles Lewis-Skelly, descarado, apareció en un rol de centrocampista agresivo, pisando campo rival. Declan Rice retrasó su posición para dar equilibrio. Calafiori se metía por dentro. Ben White hacía lo mismo desde la derecha. Al otro lado, Simeone apostó por un clásico 4-4-2, dos líneas de cuatro muy juntas. Su Atlético ha sido demasiado poroso este curso, algo casi herético para el argentino, que exigió aquí un equipo compacto, sin concesiones.
El Atlético amagó primero por la derecha. Antoine Griezmann se abrió a la banda para atacar la espalda de Calafiori. Giuliano Simeone puso un centro raso para Julián Álvarez, que disparó desviado, presionado. Poco después, en otra acción nacida de un movimiento de Griezmann hacia dentro, el balón cayó para Simeone Jr y apareció Rice, imperial, para meter una entrada salvadora.
El partido fue áspero. Como dicta el guion en noches así. La tensión latía en cada choque. El Arsenal jugó casi todo el primer acto en campo contrario, buscando grietas en el muro rojiblanco. Tres veces consiguió romper la línea, pero el Atlético cerró a tiempo, pobló el área y sobrevivió. A la cuarta, en el minuto 44, la muralla se vino abajo.
William Saliba filtró un pase al espacio por el costado derecho y Viktor Gyökeres atacó la espalda, obligando a Oblak a salir… y a recular, dudando. El sueco levantó la cabeza y cruzó el balón. El esférico se paseó por el área hasta encontrar a Trossard en el segundo palo. El belga recortó hacia dentro, buscó un hueco entre piernas y disparó. Oblak, tapado por varios cuerpos, reaccionó tarde y rechazó mal. Saka apareció como un resorte, más rápido que nadie, para empujar el 1-0. En ese instante, el Arsenal ya tenía medio pie en la final.
Segunda Parte
La segunda parte cambió el decorado. El Atlético adelantó líneas, el Arsenal se replegó unos metros y empezó a buscar la estocada al contragolpe. Simeone, de negro riguroso, devoró su área técnica, gesticulando cada pase. Gritó con furia por un posible penalti cuando su hijo Giuliano cazó un mal cabezazo hacia atrás de Saliba, sorteó a David Raya con un primer toque perfecto y cayó en el área ante la carrera de Gabriel Magalhães. ¿Hubo empujón? La jugada quedó en nada. Simeone no acertó a definir.
El partido se abrió. Gyökeres tuvo una buena opción tras una salida conducida por Rice, pero su disparo fue bloqueado. En la portería contraria, Griezmann probó a Raya con un tiro seco y el rechace generó caos. Marc Pubill fue sancionado por falta sobre Gabriel cuando se lanzaba a por la segunda jugada, un alivio enorme para el Arsenal, porque en la acción siguiente Calafiori derribó a Griezmann dentro del área. La falta previa del lateral español dejó esa jugada anulada en el origen.
Con el reloj devorando minutos, el Arsenal olió el golpe definitivo. El encuentro se estiró, los espacios aparecieron y Gyökeres rozó el 2-0 tras un centro tenso del recién entrado Piero Hincapié. El delantero remató de primeras, en el corazón del área, pero mandó el balón por encima del larguero.
La tensión se disparó en el minuto 81, cuando Pubill derribó a Gyökeres en una acción de último hombre que bien pudo costarle la roja. Se quedó en amarilla. El Emirates rugió, pero al Arsenal ya solo le importaba una cosa: resistir. Cerrar la puerta. Apagar cada intento rojiblanco.
Cuando Sørloth desperdició esa volea franca a cuatro minutos del final, el destino del partido pareció sellado. El Atlético ya no tuvo otra ocasión clara. El resto fue una mezcla de nervios, despejes y un estadio entero mirando al árbitro.
El silbato final desató la locura. Arteta, desatado, lideró una celebración salvaje en la banda, rodeado por su cuerpo técnico. Los jugadores se abrazaron como quien sabe que ha derribado una barrera mental y deportiva que llevaba años atragantándose.
La fiesta, en el norte de Londres, prometía alargarse hasta la madrugada. Pero la mirada ya apunta más lejos: Budapest, 30 de mayo, y una pregunta que lo atraviesa todo. ¿Está este Arsenal, por fin, preparado para coronar la obra y reclamar su lugar entre los gigantes de Europa?



