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West Ham inicia su temporada en Championship con cambios y conflictos

West Ham afronta su primera temporada en Championship en 14 años con un aire renovado sobre el césped… y un huracán en los despachos. El equipo se rearma, la afición responde, pero la batalla por el control del club se ha convertido en un laberinto corporativo que amenaza con ensombrecer el nuevo comienzo.

Ilusión deportiva, ruido institucional

En lo puramente futbolístico, el verano ha dado motivos para creer. Nuno Espírito Santo ha confirmado su compromiso con el proyecto, lo mismo que el capitán Jarrod Bowen, referencia absoluta del equipo. A ese núcleo se han sumado dos fichajes con peso específico: Manor Solomon y Joel Veltman, experiencia y oficio para un vestuario que necesita reaccionar rápido al golpe del descenso.

No todo han sido entradas. Mateus Fernandes se ha marchado a Tottenham y Crysencio Summerville ha puesto rumbo a Al Hilal, en la Saudi Pro League. Pérdidas importantes, sí, pero la reacción de la grada ha sido llamativa: pese al descenso, se han vendido 50.000 abonos de temporada. El vínculo emocional con el club no se ha roto.

Mientras el equipo se prepara para visitar a Burnley en el estreno liguero, el ruido llega desde arriba.

La caída de Sullivan y el vacío de poder

Hace dos meses, David Sullivan presentó su dimisión como copresidente tras ser acusado por siete mujeres de conducta sexualmente explotadora y depredadora, acusaciones que él niega de forma categórica. Dejó su cargo, pero no el poder: sigue siendo el mayor accionista, con el 38,8% del club.

Su salida del consejo parecía abrir la puerta a una transición ordenada. Los otros copresidentes, Vanessa Gold y Daniel Kretinsky, emitieron un comunicado conjunto con un mensaje contundente:

Se declararon “profundamente preocupados” por las revelaciones, expresaron su apoyo a las mujeres que habían alzado la voz y calificaron cualquier abuso de poder de “aborrecible”. Cerraban con una promesa: su prioridad sería “proteger el futuro de este club de fútbol”.

Ese compromiso encajaba con el plan inicial: aumentar la participación de Kretinsky, el magnate checo que también controla Royal Mail, hasta convertirlo en el principal accionista con un 43%. Gold, con un 25,1%, iba a reducir su peso; los otros socios relevantes —Tripp Smith, Daniel Harris y Terry Brown— estaban, según se explicó, de acuerdo.

Nada de eso se ha materializado.

El giro de Gold y la irrupción de Staveley

El punto de inflexión llegó el 1 de agosto. Vanessa Gold, que había puesto en venta sus acciones ya en octubre de 2023, confirmó que “el acuerdo original y otras alternativas no pudieron llevarse a buen puerto”. Acto seguido anunció que había llegado a un acuerdo para vender la totalidad de su participación a un consorcio encabezado por Amanda Staveley, ex copropietaria de Newcastle United.

Ese movimiento dinamitó el tablero. El pacto que debía consolidar a Kretinsky como accionista dominante se deshizo en el aire y abrió un nuevo frente de poder.

La reacción del checo fue inmediata: expresó su “consternación” y dejó claro que estaba “considerando sus opciones”. Tres días después se conoció otro detalle clave: Jakub Havrlant, compatriota suyo, había adquirido algo más del 2% de sus acciones.

Lejos de aclarar el panorama, la operación añadió otra capa de complejidad.

Preempciones, cláusulas y un rompecabezas legal

Tanto la venta de Gold como la de Kretinsky están sujetas al mismo acuerdo de derechos de tanteo entre accionistas. Cada movimiento debe pasar por ese filtro. Y ahí empiezan las dudas.

Jurídicamente, se debate si la operación de Kretinsky puede interpretarse como un intento de sortear obligaciones contractuales preexistentes. No hay una respuesta pública, solo interpretaciones y teorías.

A eso se suma otra sombra: se ha sugerido que el consorcio de Staveley también habría presentado una oferta por la participación de Sullivan. Nada de esto ha sido confirmado por las partes implicadas, pero el simple rumor alimenta la sensación de que el club se ha convertido en un tablero de ajedrez para grandes fortunas.

Ninguno de los protagonistas —Sullivan, Gold, Kretinsky o Staveley— ha expuesto en público su estrategia a largo plazo. No hay hoja de ruta visible. Solo movimientos, filtraciones y silencios.

Un récord en la grada, un culebrón en el palco

Mientras tanto, el balón sigue rodando. Sullivan, pese a las peticiones de grupos de aficionados y las recomendaciones de los responsables del London Stadium para que se mantuviera alejado, acudió al partido de EFL Cup ante Portsmouth. West Ham ganó 3-1 ante 53.369 espectadores, una cifra que destrozó el récord de asistencia en una primera ronda de la competición por más de 18.000 personas.

El contraste es brutal: récord en la grada, estabilidad en el banquillo, plantilla competitiva para intentar un ascenso inmediato… y una guerra fría en el accionariado.

Sullivan arrastra desde hace años una relación tensa con parte de la hinchada por su gestión del club. Junto a su antiguo socio y copresidente David Gold, fallecido en 2023, y con la baronesa Karren Brady como figura visible, nunca fue perdonado por un sector de la afición por la mudanza de Upton Park al antiguo Estadio Olímpico en 2016. Brady, por su parte, dejó el cargo de vicepresidenta el 21 de abril para centrarse en otros negocios.

La sensación de muchos es que, cuando parecía que el club podía cerrar una etapa oscura, ha vuelto a caer en un viejo patrón.

Un aficionado veterano, profundo conocedor de la vida interna de West Ham, lo resumió sin rodeos: este verano había una “oportunidad real” de pasar página, alinear a todo el mundo en la misma dirección y lanzarse a por la temporada. En su lugar, lo que ve es “otro culebrón de West Ham en el palco. Es como EastEnders”.

La pelota empezará a dictar sentencia en Burnley. La pregunta es si, cuando llegue el tramo decisivo del curso, el verdadero partido de West Ham seguirá jugándose en el césped o en la sala de juntas.