Suecia y su sorprendente camino al Mundial: del sótano a la gloria
Quizá el gol más importante de Suecia rumbo al Mundial lo marcó un futbolista que no hizo ni un solo tanto en la fase de clasificación… y que no ha jugado un solo minuto en 2026. Alexander Isak, control con la derecha, cambio a la zurda, latigazo a la escuadra. 2-1 ante Eslovaquia.
Noviembre de 2024. Nations League. Tercera categoría.
Nadie en ese momento entendió la dimensión real de ese disparo. Suecia celebraba simplemente haber encabezado su grupo de Nations League. Nada más. Mientras tanto, en una clasificación mundialista desastrosa —dos empates, cuatro derrotas—, Anthony Elanga confesaba que ni sabía que aquel éxito en la Nations League C del año anterior les garantizaba plaza en el playoff pese a no haber ganado un solo partido de clasificación.
Y cuesta culparle.
Suecia terminó última en su grupo de clasificación, por detrás de Suiza, Kosovo y Eslovenia. Un naufragio. Y, sin embargo, está en el Mundial porque también había acabado colista en su grupo de Nations League B en 2022 —por detrás de Serbia, Noruega y, otra vez, Eslovenia—, lo que provocó el descenso y, con él, la oportunidad de dominar en 2024 un grupo de Nations League C ante Eslovaquia, Estonia y Azerbaiyán. Ese primer puesto abrió una rendija: el billete a estos playoffs.
A partir de ahí, una cadena de golpes de suerte.
Suecia llegaba a la semifinal del playoff como no cabeza de serie, condenada en teoría a jugar fuera de casa. Pero el sorteo la emparejó con Ucrania, que no puede ejercer de local. Partido único en campo neutral. Valencia. En las gradas, más suecos que ucranianos. Sobre el césped, 3-1 sin discusión para los de amarillo. Y otra caricia del azar: el ganador de ese cruce jugaría la final en casa.
Suecia-Polonia
Así que Suecia-Polonia en Estocolmo. Sobre el papel, Polonia mejor equipo. Y en el juego, también. Dominó, generó, empujó. Suecia, en cambio, se sostuvo a base de bloqueos, despejes sobre la línea, rebotes salvadores y algún que otro casi autogol que heló la sangre en la Strawberry Arena. Aguantó. Y golpeó.
Un derechazo magnífico de Elanga abrió el camino. Un cabezazo del central Gustaf Lagerbielke en una acción a balón parado amplió la ventaja. Y, cuando el partido ya se jugaba al borde del caos, apareció el tanto definitivo: un gol casi cómico, de pinball en el área, rematado por Viktor Gyökeres para desatar el delirio.
Todo junto compone quizá la clasificación mundialista más extraña —y probablemente menos merecida— de este siglo en la UEFA. Pero en junio, cuando ruede el balón en Norteamérica, nadie repasará la tabla de la fase de grupos.
El recuerdo de esa clasificación ya suena a otra época, y no solo por el calendario. Cambió el banquillo. Cambió el tono del vestuario. Cambió casi todo.
El ciclo de Jon Dahl Tomasson se apagó entre malos resultados y desafección. Ser un símbolo del fútbol danés no ayudó a conquistar al público sueco. Los marcadores fueron demoledores, y la federación decidió cortar por lo sano.
Entonces llegó el giro inesperado: Graham Potter. El técnico que se hizo un nombre llevando al modesto Östersund a Europa, con triunfo incluido ante el Arsenal, reapareció en escena tras sus etapas en Swansea City, Brighton & Hove Albion, Chelsea y West Ham United. Su vínculo emocional con Suecia pesó más que cualquier otra oferta. Parecía un encargo puntual, de emergencia, pero incluso antes de estos playoffs firmó por cuatro años, hasta el Mundial de 2030, pese a no haber ganado ninguno de sus dos primeros amistosos.
Y, aun así, su primera gran cita la afrontó con un equipo remendado.
Isak está fuera desde que se rompió la pierna poco antes de Navidad. Dejan Kulusevski, cerebro y capitán, no ha disputado un solo minuto en toda la temporada. Tampoco estaban disponibles el guardameta Viktor Johansson ni el lateral derecho Emil Krafth. Para colmo, el central de Atalanta Isak Hien se lesionó en la primera parte ante Ucrania.
Con ese panorama, Potter tiró de recursos que parecían ya archivados. Bajo palos, Kristoffer Nordfeldt, 36 años, quince en la selección como suplente habitual. Un eterno número dos. Con él, sin embargo, Potter ya había trabajado en el Swansea 2018-19. Y el veterano respondió: dos paradas decisivas ante Polonia, seguridad en el área y, sobre todo, un arma inesperada. Saques de puerta kilométricos, manos precisas, lanzamientos con la mano que convertían cada recuperación en un ataque relámpago.
La gran carta sueca, sin embargo, se llamaba Gyökeres. Su temporada con el Arsenal no ha sido perfecta, pero los números mandan: máximo goleador del líder de la que muchos consideran la liga más potente del mundo. Sin Isak, el área fue suya. Ante Ucrania firmó un hat-trick de delantero total, atacando espacios, castigando a la espalda de la defensa, repitiendo carrera tras carrera.
Frente a Polonia estuvo mucho más apagado. Apenas apareció. Hasta que, cuando el estadio empezaba a asumir la prórroga, cazó el balón decisivo en ese barullo final. Gol. Estallido. Y una afición que llevaba meses resignada a ver el Mundial por televisión, de repente abrazada, llorando, gritando.
Y lo más inquietante para sus rivales es que este equipo, tan torpe en la clasificación, puede convertirse en algo muy serio si recupera a sus dos grandes estrellas. Hay una razón por la que Isak es el tercer futbolista más caro de la historia. Y otra por la que, a comienzos de la temporada pasada, solo Mohamed Salah mejoraba las cifras ofensivas de Kulusevski en la Premier League.
Detrás de ellos asoma una generación que ilusiona. Yasin Ayari y Lucas Bergvall apuntan a centrocampistas de élite. En Suecia muchos consideran que no veían un grupo de talento así desde hace décadas, lo que hace todavía más llamativo que el Mundial se haya alcanzado por la trampilla de la Nations League y una sucesión de rebotes.
Potter, uno de los pocos entrenadores con un máster en liderazgo e inteligencia emocional, ha aprovechado ese contexto caótico para unir al vestuario. Donde Tomasson veía sombras, él ha construido un relato de resistencia. De supervivencia. De “nadie creía en nosotros”.
La última vez que Norteamérica organizó un Mundial, en 1994, Suecia acabó tercera. Esta vez ni siquiera fue capaz de terminar tercera en su grupo de clasificación. Y, sin embargo, ahí está: lista para enfrentarse a Túnez en Monterrey, a Países Bajos en Houston y a Japón en Dallas.
Todo lo que llegue después será un premio inesperado. Aunque, con este recorrido, quizá la verdadera pregunta sea otra: ¿cuántas vidas le quedan todavía a esta Suecia que se niega a bajar el telón?




