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El salto de Alex Freeman al Villarreal: una nueva etapa

El salto de Alex Freeman a Villarreal no pilló a nadie desprevenido. Llevaba meses cocinándose en rumores desde su irrupción en la Gold Cup. Lo que sí sorprendió fue el momento. Incluso a él.

“Lo estaba visualizando”, cuenta. Veía los rumores, los comentarios, los montajes en redes. No era un plan trazado, era una imagen insistente: él, vestido de amarillo, midiendo su fútbol en LaLiga.

Todo se aceleró en cuestión de días. Villarreal no tenía previsto lanzarse a por él en enero. El giro llegó con la lesión de Juan Foyth, esa rotura del tendón de Aquiles que dejó al club sin una pieza clave en defensa. Hacía falta un recambio, pero en Castellón no pensaron en un parche. Vieron una oportunidad: traer ya a un lateral de 21 años al que ven como proyecto de largo recorrido. Y apretaron el botón.

No fue una operación de urgencia. No fue un “a ver qué pasa hasta junio”. Seis años de contrato. Un mensaje directo: Freeman no llega para tapar un hueco, llega para formar parte del futuro del club.

“Es como ‘wow’”, admite. “Te da confianza que apuesten por ti así, que quieran que te quedes. Que te quieran a largo plazo. Ese compromiso es muy especial. Yo solo quiero ser mejor jugador cada día y llegar a un punto en el que pueda mostrar realmente quién soy”.

El aterrizaje, eso sí, fue un choque. Casi sin despedidas en Orlando, casi sin tiempo para aprenderse los nombres de todos en el vestuario antes de subirse a un viaje a Pamplona para enfrentar a Osasuna apenas dos días después de pisar España.

“Tuve que hacer la maleta a toda prisa”, se ríe. “Casi no tenía nada mío. Luego estuve mes y medio en un hotel, y eso era todo. Entrenar, volver, jugar a la PS5, dormir y salir a comer alguna vez. Nada más. Tenía demasiado que procesar. Sabíamos que me iría algún día, pero pasó tan rápido que nos pilló a todos fuera de juego”.

Ahora el ritmo baja un poco. El ruido inicial se ha ido apagando. Empieza a asentarse.

Firmó oficialmente el 28 de enero. El 9 de febrero ya estaba debutando en La Cerámica, saliendo desde el banquillo ante Espanyol. Lo que hay entre esas dos fechas es casi un borrón. Días a velocidad de vértigo, pero con una expectativa que crecía.

“Tenía un presentimiento, tenía esperanza”, explica sobre su debut. “Nunca lo sabes seguro, pero pisar el campo, y encima en casa… fue una locura. Cada vez que oía los silbidos, el ruido se disparaba. Nunca había vivido algo así. Es un estadio muy grande y siempre está lleno, juegues el día que juegues”.

El entorno le atrapó rápido. “La atmósfera es muy buena. La gente es muy acogedora. A todos les gusta hablar, compartir, estar juntos. Y al mismo tiempo son muy apasionados con el fútbol. Hay más presión, te exigen más, pero los aficionados están detrás de ti todo el tiempo. Quieren lo mejor para el club, al final”.

En estos dos meses, su papel ha sido discreto. Cinco apariciones, apenas 58 minutos. Villarreal no tiene prisa con un defensa de 21 años que hace un año estaba dando su primera titularidad con Orlando City. El club dosifica, él entiende. Es un tramo para aprender, para leer el juego a otra velocidad.

“La rapidez del juego es ridícula”, reconoce. “No tienes tiempo con el balón. Cuando llegué, nunca había visto nada así. Es el ritmo más alto al que he jugado en mi vida”.

A muchos, ese impacto les abre la puerta a la duda. A Freeman, no. El salto no le asusta; lo conoce bien. El verano pasado, en su primer partido con la selección absoluta, le tocó frenar a Arda Güler y Kenan Yildiz. En otoño ya era titular con la USMNT y marcaba dos goles ante Uruguay. Esto es un escalón más. Alto, sí. Pero no muy distinto a los que ya ha ido subiendo.

“Cuando vas a sitios así, siempre vas a tener, no dudas, pero sí preguntas”, reflexiona. “Se trata de ponerte a ti primero y arriesgarte. No solo quieres ser mejor jugador, quieres ser mejor persona. Me he ido muy lejos de casa. Ahora me toca madurar de verdad. Ya no puedo ser un niño. Ya no me pueden tratar como a un niño”.

El cambio personal es enorme. El deportivo, igual de exigente. Villarreal se ha ganado fama de fábrica de talento, un lugar donde el jugador se pule.

“Futbolísticamente, es justo lo que necesito. Tengo que subir un peldaño y ser más técnico. Si tuviera que elegir un club y un país para dar ese siguiente paso, elegiría este”, asegura. “Siempre fue el movimiento correcto para mí. Tenía que venir, no solo para demostrarme, porque ya lo he hecho antes, sino para ponerme a prueba de verdad. Quiero demostrar que puedo hacerlo y que pertenezco a ese entorno”.

Fuera del césped, el ajuste no ha sido tan traumático como podría parecer. Viene de Florida, conoce el calor, el sol, la vida al aire libre. España, eso sí, es otra cosa. Vila-real no se parece a ningún sitio en el que haya vivido.

“La comida es increíble”, suelta entre risas. “Y barata. La paella, el marisco… Dios mío. Todo el mundo es respetuoso, todos van bien vestidos, la ciudad siempre está llena. La gente disfruta la vida. Siento que en España eso es lo principal”.

Las últimas semanas han traído calma. “Ya tengo casa, coche, todo lo que necesito. Mi familia vino, y eso lo hizo todo más fácil. Siento que todo ha encajado y se siente bien”.

No está solo en el vestuario. Varios compañeros le han abierto la puerta y le han marcado el camino. Exjugadores de MLS y actuales internacionales canadienses como Tajon Buchanan y Tani Oluwaseyi le han arropado. Renato Veiga, que se midió a la USMNT con Portugal el mes pasado, también ha sido un apoyo. Thomas Partey y Nicolas Pepe, con inglés pulido en Inglaterra, le facilitan las charlas del día a día.

Aun así, sabe que le falta una pieza: el idioma. Si va a estar tiempo en Villarreal, y su idea es quedarse, el español ya no es una opción, es un deber. Otro examen.

“Es un viaje que realmente necesito”, dice. “No saber tanto español lo hace más difícil porque no entiendes el idioma, pero para mí ha sido bueno. El grupo me ha acogido muy bien. La vida en España también es buena. Tengo mucho por explorar”.

Explorar, sí, pero no ahora. No mientras el calendario se aprieta y un Mundial asoma en el horizonte.

Su decisión de mudarse en enero tuvo un coste evidente: puso en juego su plaza en la lista de la USMNT a pocos meses de la gran cita. Una apuesta personal. Menos minutos, más riesgo. Un movimiento que puede darle más techo a largo plazo, pero que complica el corto.

Mauricio Pochettino, seleccionador de Estados Unidos, no lo ve como un problema.

“Quiero a los jugadores rindiendo al máximo en su equipo”, dijo en marzo. “Quizá digas que Gio Reyna o Alex Freeman no están jugando mucho ahora mismo, pero es distinto. Si das tu máximo y luego no tienes minutos, si pasa eso, está bien. Lo que no quiero es que no des tu máximo y luego te quejes de no jugar”.

El mensaje es claro. Freeman lo ha tomado al pie de la letra. Su batalla se libra, sobre todo, lejos de las cámaras: en cada sesión, en cada corrección táctica, en cada sprint sin público.

“Una de las cosas que quiero lograr es ser mi mejor versión”, afirma. “Hay tantas cosas que puedo mejorar… En estos próximos meses, ese es el objetivo: intentar ser feliz. Voy a seguir entrenando fuerte, seguir cuidando lo que hago fuera del campo para tener esa oportunidad, pero hay un siguiente paso: rendir cada fin de semana en LaLiga. Ese es mi objetivo”.

Mundiales, grandes traspasos, irrupciones con la selección, una mudanza a España. Todo llega deprisa. Él va tildando casillas casi a la misma velocidad.

¿Qué le ilusiona más de todo esto? Le cuesta elegir. “Estoy muy ‘hypeado’ por muchas cosas”, admite. “Es difícil hablar de lo que más me emociona porque casi no me da tiempo a asimilarlo. Vuelve a preguntarme en junio y ojalá haya aún más cosas por las que estar ‘hypeado’. Seis meses después, todo es distinto. Tres meses después, todo es distinto. Nada se queda quieto”.

Él tampoco. Con 21 años, Alex Freeman sigue creciendo. Y si el último año sirve de pista, lo hará tan rápido como el fútbol que ahora le exige en España. La pregunta ya no es si se adaptará, sino hasta dónde le puede llevar este vértigo.