Ronaldinho regresa al fútbol en Ravenna: un sueño hecho realidad
En una sofocante tarde de verano en Ravenna, donde las colas suelen formarse ante los mosaicos bizantinos del siglo V y la tumba de Dante, no frente a un estadio de fútbol, la ciudad entera mira hacia un solo nombre: Ronaldinho. Sí, ese Ronaldinho. El del Balón de Oro 2005, el campeón del mundo en 2002, el que compartió espectáculo del descanso de una final de Mundial con Madonna y Ronaldo.
En el centro histórico, cuatro aficionados hojean con desgana La Gazzetta dello Sport en la terraza de un café. Bromean con ironía: todavía no lo han visto, todavía no se creen del todo que el brasileño vaya a vestir el amarillo y rojo de su modesto club. Desconfían, lo ven como una operación comercial de manual. Pero en el fondo, muy al fondo, les brilla en los ojos la posibilidad de ver al genio sonriendo otra vez, esta vez en el Stadio Bruno Benelli.
El heredero que quiere llegar a la cima
Todo este torbellino nace de la intuición –y la osadía– de Ignazio Cipriani. Heredero de la dinastía veneciana de hostelería que hizo famoso el mítico Harry’s Bar, este empresario, nacido en Ravenna y nieto del magnate químico y navegante Raul Gardini, aterrizó en el club en 2024, cuando el equipo vagaba por la Serie D, la cuarta categoría italiana.
En su primer año como presidente, Ravenna levantó la Coppa Italia de Serie D y logró el ascenso a la profesional Serie C. Para cualquiera habría sido un éxito rotundo. Para Cipriani, apenas el primer peldaño.
“Serie A es el objetivo que declaré desde el primer día porque pretendo alcanzarlo. Y la Champions League es el horizonte último al que queremos caminar, paso a paso”, ha dejado claro. Su método es tan simple como brutal: trabajar “con la espalda contra la pared”, sin coartadas ni excusas. O encuentras soluciones, o te quedas atrás.
Y en ese contexto apareció la idea que hizo reír a medio planeta… hasta que dejó de ser un chiste: devolver a los terrenos de juego a Ronaldinho, con 46 años.
Ronaldinho, de los vídeos de YouTube al Bruno Benelli
Cipriani cuenta que el puente lo tendieron Lorenzo Tonetti y Ariedo Braida, dos hombres con más de dos décadas de experiencia en AC Milan y que conocen bien al brasileño. Él ya acariciaba el sueño desde que compró el club. Hubo encuentros, charlas, una amistad que fue creciendo. De ahí surgieron proyectos para impulsar a Ravenna. Y, finalmente, la frase que nadie esperaba escuchar en serio: Ronaldinho va a vestir la camiseta de Ravenna como jugador. Incluso se habla de que podría marcar aquí el último gol de su carrera.
La respuesta del mercado fue inmediata. Una web dedicada lanzó una camiseta especial con el logotipo “R10”, la marca personal del brasileño. Se agotó en cuestión de horas. El choque entre un icono global del marketing, un pequeño club de provincia y una jugada comercial milimétrica dejó a todos boquiabiertos.
“Si hace tres años alguien me dice que Ronaldinho viene a Ravenna, lo mando directo al psiquiátrico”, se ríe Fabio, aficionado de toda la vida. La noche en que saltó la noticia, los titulares internacionales repetían la misma idea: Ronaldinho a Ravenna. Para una ciudad acostumbrada a los discretos resúmenes de la Serie C, aquello fue un terremoto.
Ravenna nunca ha sido un gigante del fútbol. Dos quiebras, en 2001 y 2012, marcaron su historia reciente. Siete temporadas en Serie B son su techo. El corazón deportivo de la ciudad, durante décadas, ha latido más fuerte con el voleibol que con el balón de cuero. Presupuestos modestos, derbis regionales, ambiciones contenidas.
En ese escenario aterriza una figura que trasciende generaciones. “Ronaldinho es un icono único”, subraya Cipriani. “Su forma de jugar hizo que mi generación se enamorara del fútbol. Hoy lo queremos para que la próxima generación, en Italia y en el mundo, se enamore de Ravenna”. La idea va mucho más allá del golpe de efecto: tender un puente entre épocas del juego y construir una afición global alrededor de un club con raíces muy locales.
Un estadio pequeño, un proyecto gigantesco
Para sostener esta escalada deportiva y empresarial, el club ya trabaja con el ayuntamiento en la renovación del Stadio Bruno Benelli. La intención es superar con holgura los 6.300 asientos actuales. Pero el sueño del presidente mira todavía más alto: un nuevo recinto multiusos, abierto los siete días de la semana, con espacios comerciales, zona de conciertos y un Hotel Cipriani integrado, enlazado con la creciente proyección turística internacional de la ciudad.
Para el alcalde, Alessandro Barattoni, la llegada de una estrella mundial encaja como anillo al dedo en la estrategia de internacionalización de Ravenna. La ciudad lleva años intentando liberarse de la etiqueta de simple destino de playa y puerto comercial. Se ha acercado de nuevo al mundo anglosajón, con visitas de la familia real británica y la apertura del Lord Byron Museum como símbolos de ese giro.
“Ronaldinho trae un nivel de fama global completamente nuevo”, reconoce Barattoni. Cuando se hizo oficial la noticia, su teléfono se llenó de mensajes de antiguos compañeros de escuela. Para los más jóvenes, el brasileño es una figura que se descubre en YouTube, en recopilaciones de regates imposibles y sonrisas eternas. Pero el magnetismo sigue intacto. El alcalde incluso se ofrece, si la agenda lo permite, a hacer de guía personal para mostrarle al exjugador el patrimonio cultural de la ciudad.
Barattoni, sin embargo, marca las líneas con claridad: el punto de encuentro con el club es la proyección internacional de la imagen de Ravenna. Ronaldinho ha sido embajador global de infinidad de marcas. Ese tirón puede multiplicar la visibilidad del equipo y abrir al mundo los proyectos de la ciudad, más allá de los circuitos turísticos habituales. Y recuerda algo importante: incluso antes de que sonara el nombre del brasileño, el club ya había logrado rejuvenecer y revitalizar las gradas. La media de edad en el estadio baja, el ambiente es más vibrante, más participativo. Se está reconstruyendo una comunidad.
Entre la ilusión y el recelo
No todos, sin embargo, se rinden a la euforia. En la Curva Mero, el corazón más caliente y tradicional de la hinchada, las maniobras de marketing se observan con recelo. “Hay cierta reticencia en algunos sectores”, admite Fabio. El discurso es conocido en todo el fútbol europeo: subida de precios, pérdida de accesibilidad para las familias con menos recursos, temor a que el club se convierta en un producto más que en un bien común. Los golpes de visibilidad corren el riesgo de interpretarse de lado, como un espectáculo ajeno a la gente de siempre.
Cipriani no ignora ese malestar. Al contrario, lo coloca en el centro de su relato: “Sin raíces, ningún proyecto global tiene sentido. Ravenna no es una marca que estemos creando desde cero; es una historia y una identidad que existían antes que nosotros. La tradición no frena la ambición: es el cimiento. Un club sin su gente no vale nada”.
En la grada, muchos comparten ese equilibrio entre memoria y deseo. “Tengo 50 años y vengo al estadio desde el colegio”, cuenta Giovanni. “Estoy redescubriendo la ilusión de antes. Si hace falta un icono como Ronaldinho y un empresario local para hacernos soñar con la Serie A, que así sea. Lo importante es no olvidar nunca a la gente en las gradas.”
El efecto Ronaldinho ya se nota en la taquilla
El llamado “efecto Ronaldinho” ya se traduce en números. La campaña de abonos acaba de arrancar con un objetivo claro: vender 2.800 carnés. Los precios han subido de media alrededor de un 12%, con diferencias según la zona del estadio. El riesgo de alejar a parte de la afición está ahí, pero la sensación de vivir algo irrepetible empuja a muchos a rascarse el bolsillo.
Mientras el club arma una plantilla con la obligación tácita de pelear por el título en Serie C, la ciudad vive en una especie de vértigo ilusionante. Las conversaciones en los bares ya no giran solo en torno a los mosaicos o a la playa; ahora se mezclan con preguntas sobre si Ronaldinho jugará diez minutos, si se atreverá con una falta directa, si aún le queda un regate de esos que humillan defensas.
El siguiente gran hito ya tiene fecha: 20 de agosto. Ese día, el brasileño está previsto en un festival de tres días en Marina di Ravenna, organizado con el sello Cipriani. No será un partido, no será un gol. Pero será la primera vez que la ciudad vea de cerca al hombre que, durante años, convirtió el fútbol en un acto de alegría pura.
A partir de ahí, quedará por ver si este cuento improbable se queda en un brillante truco de marketing o se convierte en el inicio real de la escalada hacia la Serie A. Porque en Ravenna, de repente, ya no se sueña solo con mosaicos eternos, sino también con una camiseta amarilla y roja, un número 10 en la espalda y una última sonrisa de Ronaldinho bajo los focos de un pequeño estadio de provincia.



