Plazma Youth Sport Games: Un encuentro deportivo en Split
Sobre el Adriático, en Split, 20 niños rodean a Nigel Short. No juegan entre ellos. Juegan contra él. El gran maestro inglés avanza torpemente por la tarima, una jugada en cada tablero, un círculo de miradas concentradas que no desentonarían en un campeonato continental juvenil.
Pero aquí hay un giro: los chicos no están solos. A su espalda, como si se tratara de un banquillo improvisado, se alinean “entrenadores” de lo más insólitos. Ana Ivanovic, campeona de Roland Garros. Sean Dyche, el técnico de voz ronca que hizo del Burnley un equipo correoso en la Premier League. Y, levantando cejas entre los presentes, el magnate tecnológico Peter Thiel. Ajedrez de élite, niños balcánicos y un millonario de Silicon Valley compartiendo tablero. Bienvenidos a los Plazma Youth Sport Games.
El “Davos del deporte” que llena Split de niños
Los YSG celebran este mes su 30º aniversario en Split. La etiqueta que algunos invitados ilustres les han colgado —“el Davos del deporte”— no es solo una frase ingeniosa. Cada verano, la costa dálmata se convierte en punto de encuentro de figuras del deporte, la política y, cada vez más, de las grandes fortunas.
Pero el corazón del evento está en otra parte. Es, sencillamente, el mayor acontecimiento de deporte amateur infantil de Europa. Casi medio millón de niños y niñas de Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Eslovenia y Macedonia del Norte participaron en las fases previas de esta edición. De ahí salen los finalistas que, durante una semana, se disputan los títulos en 10 disciplinas: desde el ajedrez a un 3x3 de baloncesto que se juega a ritmo de música y gritos desde la grada.
El mensaje que repiten los organizadores es claro: competir, sí, pero también aprender a trabajar en equipo, colaborar y, sobre todo, guardar el móvil. Plazma se define a sí mismo como evento deportivo y “proyecto social”. No es un eslogan vacío: todo, desde el formato hasta las actividades paralelas, empuja a los chicos a hablar, mezclarse, jugar cara a cara.
De la guerra y las drogas a un proyecto de vida
La historia de los Juegos nace en un contexto muy distinto. Zdravko Maric los fundó en plena resaca de la desintegración de Yugoslavia y de la guerra de Bosnia. No buscaba grandes discursos de reconciliación. Tenía un problema mucho más inmediato delante: el avance de la droga entre los jóvenes croatas de los años 90.
“Es un proyecto de vida y vivimos con él cada día”, explica su hermano, Slaven Maric, que también lleva en el barco desde el inicio. Habla con orgullo, pero también con una cierta incredulidad por lo que se ha construido. “Cuando Zdravko lo empezó no teníamos idea de que se convertiría en esto. No va del deporte ni de los resultados, va de la vida social, de estar juntos. Entonces había muchos problemas con el abuso de drogas; ahora se trata de traer a los chicos para que pasen tiempo juntos en la vida real”.
La batalla ha cambiado de forma. Donde antes se combatía la heroína, ahora se combate la pantalla. Uno de los mensajes clave para la edición de 2026 será precisamente alejar a los niños de sus teléfonos. Las marcas de esports ya han llamado a la puerta. La respuesta de los Maric ha sido un no rotundo.
Split, una ciudad pequeña con un pedigrí gigante
Llevar los Juegos a Split no fue solo una cuestión logística. Fue encajar una pieza nueva en un mosaico deportivo único. Con apenas 160.000 habitantes, la ciudad ha producido una lista de campeones que desafía la lógica.
- Goran Ivanisevic, campeón de Wimbledon.
- Bernard Vukas, mito del fútbol croata antes de que Luka Modric se adueñara de ese trono simbólico.
- Branko Cikatic, leyenda del kickboxing.
- Toni Kukoc, tres veces campeón de la NBA.
- El alpinista Stipe Bozic, referencia en la montaña.
La lista es larga, casi inverosímil para un lugar tan pequeño.
Split presume incluso de su propio “paseo de la fama” olímpico: una avenida al estilo Hollywood que celebra a sus 73 medallistas. Y tiene un deporte propio, el picigin, una especie de malabares con las manos en las aguas poco profundas del Adriático, donde el objetivo no es ganar sino mantener la pelota viva, como si la ciudad entera se negara a dejar caer nada que huela a juego.
En ese contexto, los YSG encajan como un guante. La ciudad se vuelca, las gradas se llenan de familias y el orgullo local se palpa en cada esquina. Slaven Bilic, nacido en Split, exjugador y exentrenador de la Premier League, es hoy uno de los embajadores inevitables del proyecto. “No soy objetivo porque conozco a Zdravko desde hace más de 30 años, pero es fantástico que, en un momento en el que hay tanta negatividad en el mundo, esto pueda existir”, señala. “Especialmente en esta parte del mundo, que se supone que es inestable”.
Dyche, entre el barro del fútbol y la burocracia británica
Sean Dyche, otro de los rostros reconocibles que han caído rendidos a los Juegos, no se corta al comparar lo que ve en Split con lo que imagina en su país. El técnico inglés, ahora convertido en embajador entusiasta del evento, se queda especialmente con la final de mini-fútbol femenino.
“Fue magnífico, jugaban muy bien; se metían de verdad en los duelos, jugaban de verdad”, cuenta. “Se notaba que se sentían libres y apoyadas en ese entorno”.
Dyche, sin embargo, duda de que algo así pudiera nacer en el Reino Unido actual. “Me da la sensación de que cada vez que intentas sacar adelante una iniciativa en Inglaterra hay un millón de normas y regulaciones que lo hacen difícil”, lamenta. “Sé lo duro que puede ser conseguir financiación y los tiempos son complicados para la gente”.
Mientras él disfruta de partidos infantiles a orillas del Adriático, la crítica implícita a la burocracia y a la falta de inversión pública en deporte base en su país queda flotando en el aire.
Millonarios, marcas y el modelo que mira la UEFA
Treinta años después de aquel arranque casi artesanal, los Juegos viven un momento de expansión. Macedonia del Norte ha participado por primera vez este año y equipos ucranianos han sido invitados especiales. Hay conversaciones abiertas con otros seis países para ampliar aún más el mapa.
El músculo económico también crece. Coca-Cola figura entre los socios comerciales, igual que Topps y la principal empresa croata de telecomunicaciones, Telemach. Alrededor del proyecto orbitan ya 11 multimillonarios, varios de los cuales han puesto dinero directamente en su desarrollo. Entre ellos, según se entiende, Peter Thiel, fundador de PayPal y Palantir y figura clave en la carrera política de JD Vance, actual vicepresidente de Estados Unidos. Preguntado por qué ha decidido invertir en los Juegos, Thiel optó por el silencio y se alejó por la riviera escoltado por su equipo de seguridad.
Para Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, los YSG representan algo más que un evento simpático de verano. Su organización también aporta financiación y él los ve como un ejemplo de lo que el deporte de élite debería hacer con sus recursos. “Creo que el deporte de alto nivel, y el dinero que se genera con las grandes competiciones, debería utilizarse para el desarrollo del deporte, y esto es desarrollo del deporte”, afirma.
Las palabras de Ceferin llegan inevitablemente teñidas de comparación con Gianni Infantino y sus intentos de vender una parte del negocio del Mundial a inversores privados. Aquí, en Split, el mensaje va en dirección contraria: usar el dinero de la cumbre para alimentar la base.
Una “Soccer Aid” dálmata para apagar las luces
El telón cayó el viernes por la noche con una versión propia de Soccer Aid. Sobre el césped, un equipo YSG se midió a un once de estrellas que, sobre el papel, parecía un abuso. Claude Makélélé, Pavel Nedved, Zlatan Ibrahimovic… una alineación que cualquier aficionado habría pagado por ver en su prime.
Del otro lado, los locales contaban con un arma distinta: Sean Dyche en el banquillo. El mismo técnico que se deshace en elogios por las finales femeninas y se desespera con la burocracia inglesa fue el encargado de dirigir a los chicos en un partido que, más que un duelo, funcionó como declaración de principios.
Tender puentes. Crear recuerdos. Meter la pierna de verdad. Así celebran aquí un 30º cumpleaños. Y la pregunta, mientras los niños se van a casa con medallas de plástico y historias para toda la vida, es cuán lejos puede llegar un proyecto que empezó luchando contra la droga y ahora pelea, con el mismo empeño, por algo tan simple y tan difícil como sacar a los chavales de la pantalla y devolverlos al juego.




