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Paris Saint-Germain asegura su lugar en la final de Budapest

Ousmane Dembélé necesitó poco más de dos minutos para silenciar Múnich y asegurar que el campeón siga mandando en Europa. Un latigazo a la escuadra, una puñalada temprana, y Paris Saint-Germain ya tiene billete para la final de Budapest. Ni siquiera el zarpazo final de Harry Kane pudo cambiar el destino de la eliminatoria.

Un golpe inicial que marcó la noche

El guion se escribió a toda velocidad. Paris, que hace un año levantó la Champions en este mismo escenario del Fußball Arena München con una exhibición ofensiva ante Inter, salió como si el tiempo no hubiera pasado. Presión alta, balón al pie y una jugada que desnudó a Bayern antes de que el partido encontrara su ritmo.

Khvicha Kvaratskhelia arrancó por la banda con esa zancada que mezcla descaro y potencia. El georgiano vio la grieta, atacó el espacio y, cuando la defensa alemana retrocedía a trompicones, soltó un pase medido al corazón del área. Dembélé llegó de cara, sin titubeos, y fusiló arriba. Imparable. Minuto 3 y la ventaja global se estiraba aún más.

El golpe dejó a Bayern tambaleando, pero no de rodillas. El campeón alemán intentó reaccionar desde el orgullo y desde la pelota. Lo primero que necesitó fue que Manuel Neuer mantuviera vivo al equipo.

Neuer y Safonov, duelo de reflejos

Cuando Paris olió sangre, buscó el segundo. João Neves apareció desde segunda línea y conectó un cabezazo picado que ya se colaba junto al palo lejano. Neuer, fiel a su leyenda, voló y desvió a córner con una mano felina. Ese gesto sostuvo a los suyos en un tramo en el que Paris amenazaba con sentenciar la eliminatoria sin contemplaciones.

Con el descanso acercándose, Bayern por fin se metió en el partido. Jamal Musiala tomó el mando. Primero obligó a Matvei Safonov a intervenir con un disparo preciso, luego probó desde media distancia con un golpeo seco que se marchó rozando el poste. Jonathan Tah también tuvo la suya, cabeceando fuera en una posición que pedía más. Eran chispazos, no una tormenta, pero al menos el campeón francés ya no jugaba tan cómodo.

Safonov respondió con aplomo en cada acercamiento. El guardameta ruso, sometido a la presión de un estadio que empuja como pocos, transmitió una serenidad que se contagió a toda la zaga de Luis Enrique.

Paris aprieta tras el descanso

El intermedio no enfrió a Paris. Al contrario. El equipo francés salió del vestuario con la misma determinación que en el arranque del encuentro. Désiré Doué se filtró entre líneas, encaró y probó a Neuer. Acto seguido, Kvaratskhelia repitió aparición por fuera y volvió a exigir una gran parada del portero alemán. Dos avisos en cuestión de segundos que recordaron a Bayern que el margen de error era mínimo.

El partido se abrió. Se jugó de área a área, con espacio para que aparecieran los talentos de ambos lados. Doué siguió castigando con sus conducciones, pero se topó otra vez con Neuer, que se negó a rendirse. Al otro lado, Safonov se agigantó ante Luis Díaz y Michael Olise, cerrando ángulos y desbaratando ocasiones que olían a gol.

Cada ataque parecía definitivo. Cada pérdida, una amenaza. El reloj avanzaba y Bayern se acercaba a un escenario poco habitual: irse sin marcar en una gran noche europea en casa.

El rugido de Kane y el aguante del campeón

Cuando el público empezaba a asumir el golpe, apareció Harry Kane. El inglés, que había tenido una noche frustrante entre centrales, encontró por fin el resquicio que buscaba. Control, giro rápido y un derechazo seco que se coló junto a la portería de Paris. Gol. El estadio despertó de golpe.

Ese tanto devolvió la esperanza a Múnich y convirtió los últimos minutos en un asedio. Centros, segundas jugadas, balones colgados buscando cualquier desajuste. Bayern lanzó todo lo que tenía. Paris respondió con oficio, cerrando líneas, ganando tiempo, defendiendo cada balón dividido como si fuera el último.

El campeón no brilló como en otras noches, pero supo sufrir. Y en la Champions, saber sufrir también es una forma de mandar.

Budapest espera al campeón

El pitido final confirmó lo que el gol de Dembélé había anunciado desde el arranque: Paris seguirá defendiendo su trono. Luis Enrique y los suyos tendrán la oportunidad el 30 de mayo de convertirse en apenas el segundo equipo en la era Champions en retener la corona continental.

Lo harán con una mezcla de talento ofensivo, madurez competitiva y una convicción que se vio clara en Múnich: este equipo no solo sabe ganar finales, también sabe sobrevivir a noches en las que el rival empuja hasta el límite.

Budapest ya está en el horizonte. La pregunta, ahora, es quién será capaz de arrebatarle al campeón un título que, por momentos, parece hecho a su medida.