Ousmane Dembélé brilla en el Mundial con un hat-trick
El cartel anunciaba un duelo de estrellas: Erling Haaland contra Kylian Mbappé. El césped de Boston esperaba un choque de titanes por el liderato del Grupo I. Pero cuando salieron las alineaciones, el guion voló por los aires.
Stale Solbakken rotó casi todo. Diez cambios. Haaland al banquillo, guardado para los cruces. Noruega se presentaba con un once casi experimental ante una Francia seria, con Mbappé y compañía listos para cerrar el grupo por todo lo alto.
En ese vacío de relato apareció Ousmane Dembélé. Y lo llenó a base de arte y de furia.
Un ‘hat-trick’ de época en 32 minutos
Treinta y dos minutos. Tres goles. El segundo triplete más rápido desde el inicio de un partido en la historia de los Mundiales masculinos. Solo por detrás de Erich Probst, en 1954. Y el primero con tres tantos en una primera parte desde Oleg Salenko en 1994.
No fue solo estadística. Fue una exhibición.
Francia salió a morder y, desde el primer instante, encerró a Noruega. A los siete minutos, robo alto en campo rival, Mbappé abre a la derecha, Dembélé recibe con metros por delante. Encara, fija a su marcador y suelta un derechazo seco que supera a Egil Selvik. Directo, violento, incontestable. 1-0 y aviso de lo que venía.
El segundo llegó en el minuto 20 como un latigazo en transición. Francia sale disparada, Dembélé arranca desde la derecha, recorta hacia dentro, se perfila con su zurda de seda y dibuja un disparo con rosca al segundo palo. El balón se enrosca y se clava en la escuadra lejana. Gol de videojuego. 2-0 y sensación de que el partido podía romperse ahí mismo.
Noruega, sin embargo, reaccionó de inmediato. Ni 79 segundos tardó en contestar. Saque de centro, jugada directa, la defensa francesa se queda mirando y Thelo Aasgaard, jugador de Rangers, aparece para cruzar el balón ante un Mike Maignan descolocado. 2-1 y un toque de atención para una zaga demasiado confiada.
La respuesta de Dembélé fue la de un futbolista en trance.
Otra vez desde la derecha, otra vez hacia dentro, otra vez a su zurda. Cuatro defensas alrededor, paralizados, sin atreverse a entrar. El extremo de Paris Saint-Germain se fabrica el espacio mínimo y coloca otro disparo curvado, imposible para Selvik. 3-1, cuarto gol del torneo para él y un mensaje claro: el trono de máximo goleador no es cosa exclusiva de Haaland y Mbappé.
Ese tercer tanto tuvo, además, un sello colectivo inolvidable: 17 pases en la jugada previa, los 11 jugadores de Francia tocando el balón antes del remate final. Un gol coral culminado por el hombre de la noche.
Críticas, respuesta y liderazgo silencioso
En el banquillo, Guy Stephan dirigía con sobriedad. El asistente asumió el mando tras el regreso a casa de Didier Deschamps por el fallecimiento de su madre. Al final del encuentro, Stephan apuntó a un motor oculto en la explosión de Dembélé: las críticas.
“Ousmane es un ser humano, como cualquiera escucha las críticas”, recordó. Lesiones, dudas, interrogantes constantes sobre su fiabilidad. Cada vez que vuelve, lo hace más fuerte. Tres goles en un partido de Mundial son algo excepcional. Esta vez, la palabra no sonó a tópico.
Hasta hoy, Dembélé nunca había marcado más de un gol en un mismo partido con la selección. En Boston, se convirtió en el director de orquesta. En los dos primeros encuentros había vivido a la sombra de su antiguo compañero de Paris Saint-Germain, Mbappé. Esta vez, fue él quien llevó de la mano a una Francia que encadena por primera vez desde 1998 tres victorias en una fase de grupos de un Mundial. Aquel año, el torneo acabó con la Copa en París.
Mbappé, al fondo; Maignan, decisivo
Mbappé pudo haberse llevado los titulares en apenas 21 segundos. Control, disparo violento y el balón que se estrella en la parte inferior del larguero. El estadio contuvo la respiración. Pero a partir de ahí, el capitán francés se difuminó. En la primera parte fue el jugador de campo de Francia con menos toques. El recuerdo inevitable: aquel cuarto de final de 2022 ante Inglaterra, cuando el plan rival apagó a Mbappé y Antoine Griezmann manejó el partido.
En Boston, el papel protagonista cambió de manos. Griezmann tejió, Mbappé atrajo focos, Dembélé los acaparó.
Tras el descanso, el ritmo se rebajó. Dembélé se marchó ovacionado en el minuto 65, con el trabajo hecho y el partido bajo control. Noruega, que necesitaba ganar para arrebatar el primer puesto a Francia, nunca dio la sensación de ir a por todo. La alineación de Solbakken ya había enviado el mensaje: el segundo lugar era un peaje aceptable para llegar con energía a los cruces, con Haaland fresco.
Su sustituto, Jorgen Strand Larsen, tuvo la oportunidad de encender el partido al inicio del segundo tiempo. Penalti. Silencio en el estadio. Carrera corta y disparo tímido, casi un susurro. Maignan adivina, se estira y detiene el lanzamiento. El guardameta entra en la historia: primer portero francés en parar un penalti en un Mundial, excluyendo tandas, desde Joel Bats en 1986.
Otro detalle que alimenta la etiqueta de favorita que muchos ya cuelgan a esta Francia que busca su tercer título planetario.
El broche de Doue y el cálculo noruego
Con el encuentro anestesiado y los cambios enfriando la noche, apareció todavía un último giro. En el minuto 94, Desire Doue, compañero de Dembélé en Paris Saint-Germain, se elevó en el área para firmar el 4-1 con un cabezazo bombeado que superó a Selvik. Un gol tardío, casi simbólico, que subraya la profundidad ofensiva de Les Bleus.
Noruega, mientras tanto, se marcha a las eliminatorias con una mezcla de alivio y preguntas. Haaland, con cuatro goles en el torneo, igualado con Mbappé, llegará descansado al siguiente capítulo. El plan de Solbakken queda claro: guardar pólvora para cuando ya no haya red de seguridad.
Francia, en cambio, abandona el grupo con una certeza nueva: en un Mundial que parecía escrito para los grandes nombres de siempre, Ousmane Dembélé acaba de reclamar su propia página. Y la pregunta, ahora, es cuánto más puede crecer este equipo cuando el torneo deje de perdonar errores.



