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Neymar regresa y enciende a Brasil en Miami

Neymar vuelve a encender a Brasil: 20 minutos, un rugido y una promesa

Carlo Ancelotti lo dijo sin rodeos en una sala de prensa improvisada en Miami: Neymar no necesita motivaciones ocultas. Y, a la vista de lo que ocurrió unas horas antes en Miami Gardens, tampoco necesita demasiadas pruebas para demostrar que Brasil sigue siendo su casa emocional.

Bastaba un gesto suyo en las pantallas gigantes del Miami Stadium para desatar la histeria. Tres años casi exactos sin vestir la camiseta de la selección, un Mundial en el que ya no es el faro indiscutible de la Canarinha y una carrera marcada por lesiones que habrían hundido a cualquiera. Pero no a él. No a este Neymar de 34 años, al que muchos daban por amortizado en la escena internacional.

En la noche pegajosa de Florida, el “hijo pródigo” dejó de ser un recuerdo para convertirse otra vez en presencia. Y el estadio lo sintió.

El partido de los nuevos… y el regreso del viejo ídolo

Sobre el césped, la nueva guardia de Brasil ya había dictado sentencia. Vinicius Júnior castigó dos veces a una Escocia autodestructiva en la primera parte, y Matheus Cunha añadió el tercero con frialdad quirúrgica. El Grupo C quedaba encarrilado, el marcador ofrecía tranquilidad, pero el ambiente en las gradas pedía algo más.

Cada tanto, un estallido de júbilo llegaba por los goles de Haití en Atlanta. Sin embargo, el clamor principal se reservaba para otro nombre. Para el de siempre. Para el del chico de Santos que se convirtió en símbolo de un país que vive del balón.

El Miami Stadium, con sus cuatro pantallas visibles casi desde la órbita, se convirtió en altar. Cuando el nombre de Neymar apareció en esos paneles, el rugido pareció alcanzar el espacio. Si el comandante Sergey Kud-Sverchkov hubiera estado sobrevolando Florida, habría escuchado perfectamente el estruendo.

Y entonces ocurrió. Bib retirado, carrera corta hacia la banda, el cambio con Cunha. Neymar pisa el césped y el tiempo se detiene unos segundos. No es el capitán absoluto de otros tiempos, ni el centro único del proyecto, pero su sola entrada transforma la atmósfera.

Neymar sigue siendo el mismo

Ancelotti, sereno tras la victoria, explicó la decisión sin adornos: “Tuvo la oportunidad de jugar porque creo que se lo merecía. Entrenó y trabajó duro para recuperarse, con profesionalismo. Para este Mundial, creo que puede ayudar al equipo con sus cualidades. Jugó bien los pocos minutos que estuvo en el campo”.

La frase clave, sin embargo, llegó después. “Neymar no necesita motivación para vestir los colores de Brasil. Neymar sigue siendo el mismo, y a los 34 años tiene la misma pasión que tenía de niño”.

Las cifras de su reaparición dicen poco, pero insinúan mucho: 20 minutos, 24 toques, un disparo a puerta. El jugador al que reemplazó, Cunha, había sumado solo 14 intervenciones más en 76 minutos. No fue una actuación decisiva en el marcador. No hacía falta. El daño a Escocia ya estaba hecho por los nuevos referentes de la selección. Lo que estaba en juego, en realidad, era otra cosa: comprobar si el mito aún respiraba.

Respira. Y late fuerte.

En cada control, en cada giro, se adivinaban destellos de lo que todavía puede ofrecer con la camiseta amarilla. No era un Neymar explosivo, sino uno más cerebral, que mide, que escoge. Pero la chispa seguía ahí, intacta en la mirada.

El abrazo que lo explica todo

Terminó el partido y las cámaras volvieron a buscarlo. Otra vez, las pantallas gigantes se clavaron en su figura mientras se acercaba a la grada. El ruido bajó un punto, como si el estadio quisiera escuchar. Neymar saludó, agradeció, y luego se fundió en un abrazo con su hija, al borde del campo. No hizo falta nada más.

Ese gesto, sencillo, condensó el momento: un ídolo que regresa a una selección hambrienta de grandeza, a un país que no se conforma con el recuerdo de lo que fue.

Brasil, cinco veces campeona del mundo, no levanta la Copa desde 2002. Su último título importante se remonta a la Copa América de 2019, la novena en su historia. Demasiado tiempo para una camiseta que pesa tanto. Con Ancelotti, el camino no ha sido lineal: se han escapado victorias ante Argentina, Ecuador, Bolivia, Japón, Túnez, Francia y, más recientemente, Marruecos. El proyecto todavía busca su forma definitiva.

Ante una Escocia que se disparó en el pie, la Seleção mostró rachas de ese fútbol desbordante que el mundo asocia con su escudo. Hubo toques de swagger, de confianza, mezclados con una eficacia que no siempre acompaña a la fantasía brasileña. Esta vez sí. Esta vez el resultado estuvo a la altura del talento.

Los aficionados abandonaron el Miami Stadium con dos motivos para sonreír: el liderato del Grupo C y la certeza de que su “olvidado” había vuelto a escena.

El peso del legado y la obsesión del sexto título

A la salida, un hincha lo resumió con una claridad que en Brasil roza el dogma: “Pelé es el mejor jugador de todos los tiempos. No hay comparación. Ganó tres Mundiales para Brasil”. Después, llegó el matiz que define a una generación: “Neymar estará entre los mejores. Podría estar al nivel de Ronaldo o Ronaldinho si gana el Mundial”.

Ese “si” pesa tanto como una Copa del Mundo. El aficionado recordaba el Maracaná de 2016, cuando Neymar marcó el penalti decisivo en la final olímpica y entregó a Brasil un título que jamás había conquistado. Fue una noche histórica, pero insuficiente para un país que mide a sus dioses por estrellas en el escudo.

“Necesitamos el Mundial. Vamos por la sexta estrella”, añadía. Y remataba con una frase que podría servir de advertencia para cualquiera que dude del 10: “Es capaz de abrir el campo y sacar el jogo bonito, como dicen. Tienen que respetar quién es y quién fue, porque si no, te hará pagar”.

Ahí está el núcleo de todo. Neymar ya no es el niño de Santos, ni el joven que cargaba con todo el peso de la nación sobre la espalda. Es un veterano que vuelve tras una rotura de ligamento cruzado anterior y de menisco sufrida en octubre de 2023, una lesión que lo apartó de la selección durante meses y que redujo sus minutos de juego a la mínima expresión.

Pero sigue siendo el futbolista que puede cambiar un partido en una acción, el que abre defensas cerradas, el que enciende estadios con un solo gesto. Y, sobre todo, el que todavía despierta la sensación de que, con él en el campo, cualquier cosa es posible.

En Miami, Brasil encontró una victoria convincente y un liderato tranquilizador. Encontró también la confirmación de que su vieja estrella aún tiene luz. La pregunta, ahora, es otra: ¿bastará esa luz para guiar a la Canarinha hasta la sexta estrella que el país reclama con tanta ferocidad?

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