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Kevin Kampl: del fútbol profesional a la agricultura en Mallorca

Durante años, Kevin Kampl fue uno de esos centrocampistas que parecían hechos a medida para la alta competición europea. Cabello rubio reconocible al instante, zancada elegante, personalidad fuerte. Un fijo en la Bundesliga, un habitual de noches intensas en la Champions League. Fácil olvidar, viéndole en ese escenario, que detrás del futbolista había una vida real que terminó golpeándole con una dureza devastadora.

Nacido en Alemania pero internacional con Eslovenia, Kampl construyó casi toda su carrera en su país natal. Pasó por Greuther Fürth, Bayer Leverkusen y Borussia Dortmund, pero fue en RB Leipzig donde encontró, como él mismo dice, un hogar. Llegó en 2017, se convirtió en uno de los símbolos del proyecto y se mantuvo allí hasta 2026. Ocho años y medio de continuidad, de identidad, de pertenencia en un club que crecía a toda velocidad.

Y, sin embargo, todo se detuvo en seco.

La tragedia que lo cambió todo

A comienzos de enero de 2026, Kampl se sentó con la directiva de RB Leipzig y tomó una decisión que, vista desde fuera, parecía impensable: rescindir su contrato y dejar el fútbol profesional. No había conflicto deportivo, ni desencuentros contractuales, ni una cuestión táctica detrás. Había algo mucho más profundo.

En pocos meses, el centrocampista perdió primero a su hermano en Eslovenia. Poco después falleció también su padre. Un doble golpe que no se mide en estadísticas ni en minutos jugados. Es el tipo de dolor que atraviesa cualquier profesión, incluso la de un futbolista de élite. Kampl, con 35 años, entendió que no podía seguir como si nada.

La camiseta, el estadio, los focos, el vestuario… todo quedó en un segundo plano. Decidió parar. Decidió irse.

Del césped a la tierra

Hoy, la vida de Kevin Kampl transcurre lejos de la Bundesliga y de los grandes escenarios europeos. Su nuevo terreno de juego está en Mallorca. No hay líneas de cal ni gradas, sino surcos de tierra y hileras de cultivo. El excentrocampista trabaja ahora como agricultor, dedicado a frutas y hortalizas en la isla balear.

  • Melones piel de sapo
  • Sandías
  • Tomates
  • Cebollas
  • Pimientos

Un catálogo que él mismo enumera con naturalidad, casi con orgullo. Todo crece “como loco” bajo el sol mallorquín. También producen aceite de oliva, del que presume por su sabor. No es un capricho exótico de una estrella retirada: es un nuevo oficio, una nueva rutina, una nueva forma de respirar después de un año que él mismo define sin rodeos como “de mierda”.

La frase golpea porque no viene de un aficionado, sino de alguien que lo ha ganado casi todo a nivel de estabilidad profesional. Pero ni los contratos, ni los goles, ni los estadios llenos blindan contra la pérdida. “La vida tiene que seguir”, admite, aunque aceptar lo ocurrido haya sido “muy difícil”. En Mallorca ha encontrado algo que el fútbol ya no podía darle: paz, silencio, tiempo.

Leipzig, siempre presente

Pese a la distancia y al cambio radical de vida, Kampl no ha roto el cordón umbilical con RB Leipzig. Sigue los partidos, se informa de los resultados, continúa pendiente del club que marcó su madurez futbolística. Lo dice sin dramatismos, como quien habla de una familia que no se abandona.

En su despedida, el mensaje a la afición fue tan directo como emotivo. Agradeció “los ocho años y medio maravillosos” que pudo vivir allí. Confesó que el club y la ciudad le dieron “un hogar”, que se sintió cómodo desde el primer día, también junto a su familia. Llamó al Red Bull Arena su “salón”, un lugar íntimo, propio, donde siempre sintió el respaldo de la grada.

Recordó celebraciones, rachas malas, momentos de duda y de euforia. Todo compartido “como una unidad”. Y subrayó algo que resume su vínculo con la hinchada: la gratitud por haber sido visto siempre “como uno de los suyos”. No como una estrella pasajera, sino como parte de la identidad del club.

Un futuro abierto

Kampl no se ha desconectado del todo de Leipzig ni de la ciudad. Asegura que seguirá yendo con frecuencia y deja una puerta entreabierta a lo que pueda venir. No concreta si será en los banquillos, en los despachos, en la cantera o en algún rol simbólico. No hace falta. Lo importante es que no se ve ajeno a ese lugar.

De momento, su presente está entre melones, tomates y olivos. Entre la dureza del duelo y la calma de la vida rural. Entre el recuerdo de un estadio que fue su casa y un campo de cultivo que ahora le da sentido al día a día.

El fútbol siguió sin él. Leipzig siguió sin él. Pero la huella de Kevin Kampl en el club permanece. Y quizá, algún día, el camino de vuelta desde Mallorca le devuelva, de otra manera, a ese “salón” que una vez fue suyo.