Jamie Vardy: del trabajador de fábrica al campeón de la Premier
Jamie Vardy nunca ha sido de medias tintas. Ni en el área ni delante de una cámara. En su nuevo documental de Netflix, Untold: Jamie Vardy, el exdelantero de la selección inglesa abre una puerta que casi nunca había dejado entreabierta: su vida lejos del césped, su matrimonio con Rebekah y las heridas familiares que aún supuran.
Lo hace a su manera. Directo. Brusco. Y con una botella de cerveza en la mano.
De “twat” a campeón de la Premier
La primera pregunta del documental parece inofensiva: “Descríbete en una palabra”. Otros le definen como “leal”, “leyenda”, “goles”. Él se mira al espejo y dispara: “twat”. Un golpe seco de autocrítica antes de ponerse serio.
Vardy, hoy con 39 años y jugador de US Cremonese en la Serie A, recuerda sus días como trabajador de fábrica, ganando 120 libras a la semana haciendo muletas y andadores mientras vivía con sus padres. Por las noches, era el delantero del Stocksbridge Park Steels en el fútbol semiprofesional. Por los fines de semana, el alma de las borracheras con sus amigos, a los que llamaba “The Inbetweeners”. Ellos le devolvían el favor con otro apodo: “Sicknote”, porque, como admite, “era bueno consiguiendo los lunes libres”.
Ese desenfreno acabó mal. Una pelea en una noche de copas, en defensa de un amigo sordo al que se estaban burlando, terminó con cargos por agresión, un brazalete electrónico en el tobillo durante seis meses y un toque de queda que le obligaba a estar en casa a cierta hora. Ahí, dice, cambió algo.
“La mentalidad a partir de entonces fue: ‘No seas un idiota y no lo vuelvas a hacer’”, reconoce en el documental, que se estrena el 12 de mayo.
Desde ahí, su ascenso fue tan vertiginoso como improbable: Halifax Town en la Northern Premier League, luego Fleetwood Town en la Conference Premier, hasta que Leicester City, entonces en Championship, pagó 1 millón de libras por él. Una cifra récord para un jugador procedente de fuera de la liga profesional. El comienzo del cuento de hadas.
La noche en la que conoció a Rebekah
Poco después de fichar por Leicester, Vardy atravesaba una racha floja. No marcaba, bebía demasiado y se escondía en el alcohol. Así llegó, “absolutamente borracho”, a un club nocturno de Sheffield, donde trabajaba la mujer que iba a cambiarle la vida.
Rebekah, 44 años, recuerda que acababa de salir de una mala relación, tenía un hijo pequeño y hacía turnos en la discoteca. La llamaron para organizar una fiesta de cumpleaños sin decirle para quién era. Cuando se enteró de que era para Jamie Vardy, ni se inmutó. No sabía quién era. Y cuando supo que era deportista profesional, su reacción fue salir corriendo… mentalmente.
“Hay esa idea preconcebida de que son todos idiotas, todos unos capullos”, admite en la cinta.
La escena que describe parece sacada de una caricatura de futbolistas fuera de control: Vardy entra tambaleándose, sostenido por dos amigos, sus colegas piden botellas gigantes de champán y empiezan a vaciarlas sobre la gente en la pista. “Estaba harta. Ese grupo de tíos no era un grupo normal, parecían casos perdidos, gamberros”, cuenta ella. Jamie, al escucharla, solo acierta a decir: “Suena a mis colegas”.
Al final de la noche, cuando por fin lo ve salir cargado por dos amigos, Rebekah respira aliviada. Pero poco después le llega un mensaje de Jamie: “Quiero verte de verdad”. Su respuesta interior fue clara: borrar.
Solo que Vardy no es de los que se rinden. “No iba a dejarlo, ni de coña”, reconoce. Llamadas, mensajes, insistencia. Hasta que ella cede.
Detrás del fiestero, otra persona
“Llegó un punto en el que pensé: ‘A la mierda, ve a verle y así se acaba todo’”, cuenta Rebekah. Pero no se acabó. Cuanto más tiempo pasaba con él, más descubría un tipo distinto al que había visto entrar tambaleándose en la discoteca: “Detrás de ese loco amante del alcohol había un tipo muy amable, que escuchaba bien y con el que era muy fácil hablar”.
Aceptó un par de citas. No hizo falta mucho más. Poco después, se quedó embarazada. Un shock para los dos, pero decidieron seguir adelante, tener al bebé y construir una vida en común. Luego llegarían dos hijos más.
Ahí empezó también la metamorfosis del Vardy nocturno. El punto de inflexión definitivo fue una escena que ella relata con claridad: una cita para una ecografía, Jamie desaparecido y, al final, ella entrando en un bar y encontrándolo bebiendo con sus amigos.
“Le dije: ‘Tú y yo, conversación, ahora’. Le pregunté qué le pasaba”, recuerda. Él empezó a desnudarse emocionalmente: la presión del traspaso, el miedo a no estar a la altura, la sensación de que Leicester había pagado demasiado por alguien que toda la vida había escuchado que no era suficiente.
“Siempre me habían rechazado y me habían dicho que no era lo bastante bueno, así que empiezas a creer que es verdad”, admite Jamie en el documental.
Rebekah fue tajante: “Le dije: ‘Vas a cargarte todo por lo que has trabajado tan jodidamente duro si no cambias tu estilo de vida. No te digo que dejes de beber, solo que lo controles’”.
Él lo entendió. “Sabía que podía contarle cualquier cosa y nunca era demasiado para ella. Tenía razón, tenía que parar. De verdad. Necesitaba escucharlo”, concede. Y añade: “Siempre me empujaba en la dirección correcta. Era exactamente lo que necesitaba”.
El cambio fue casi inmediato. Y no pasó desapercibido en el vestuario.
“Pre y post-Becky”: dos Vardy distintos
Wes Morgan, capitán del Leicester campeón, lo resume con precisión: “Jamie antes y después de Becky son como dos personas distintas. Tener esa estabilidad y calma en su vida se reflejó en su rendimiento”.
Con la cabeza más despejada, Vardy recuperó el instinto asesino que le había convertido en la gran joya del fútbol no profesional. Ayudó a Leicester a ascender a la Premier League en la temporada 2013/14. Un año después, fue clave para evitar un descenso que parecía escrito, bajo las órdenes de Nigel Pearson, uno de los ídolos de infancia de Vardy cuando seguía a Sheffield Wednesday.
Ese verano llegó su primera llamada de la selección inglesa. Y después, la explosión definitiva.
La temporada 2015/16 lo cambió todo. Vardy encadenó 11 partidos seguidos marcando en Premier League, récord absoluto, y lideró junto a un grupo de desahuciados deportivos una de las mayores gestas de la historia del fútbol: el título de liga con Leicester City, campeón contra todo pronóstico, 5.000-1 en las casas de apuestas.
Más tarde sumaría una FA Cup, más goles, más registros derribados. Y una frase que en el documental suena casi como epitafio deportivo: “Lo principal es que nadie puede quitárnoslo. Pasó. ¿Debería haber pasado? Probablemente no. Pero pasó”.
Vardy repasa sus hitos con una mezcla de orgullo y asombro: único jugador en alcanzar 100 goles en Premier League después de los 30 años, el más veterano en ganar la Bota de Oro de la competición. Y remata: “No soy normal. Es bueno ser diferente. Si todos los futbolistas fueran iguales, esto sería una cinta transportadora de robots”.
Lombardía, cámaras y la sombra de “Wagatha”
La historia de la pareja no termina en Netflix. ITV1 prepara otro documental, The Vardys, que seguirá a la familia en su nueva vida en Lombardía, a orillas del Lago de Garda, tras el fichaje del delantero por US Cremonese.
Allí, lejos de Leicester, pero con las cámaras aún encendidas, Rebekah tendrá su espacio para contar su versión del escándalo conocido como “Wagatha”, el enfrentamiento con Coleen Rooney que acabó en los tribunales. Rebekah perdió la demanda por difamación en 2022, después de que Rooney la acusara de filtrar historias a la prensa. Desde entonces, la rivalidad entre ambas sigue latente, a la espera de que los Rooney estrenen también su propio documental.
Mientras tanto, los Vardy se exponen de nuevo, esta vez en un escenario italiano, con la misma mezcla de glamour, tensión y vida doméstica que ya les rodea desde hace años.
La herida familiar que no cierra
Entre goles, títulos y documentales, hay un capítulo mucho más oscuro. Vardy revela que sigue distanciado de sus padres por una disputa amarga sobre la identidad de su padre biológico.
Lo que más le duele no es tanto quién es, sino cómo se enteró. Asegura que siempre tuvo una ligera sospecha, gente que se le acercaba diciendo “conocemos a tu padre”, pero de zonas totalmente ajenas a su vida. Prefería ignorarlo. “No quería saberlo”, confiesa.
Hasta que un medio de comunicación publicó que su padre biológico era Richard Gill, un obrero. Entonces, Vardy se encaró con su madre, Lisa. “Le eché la bronca. Debería haberme enterado por ellos si era verdad”, explica. Desde entonces no habla ni con ella ni con su padrastro, Phil, el hombre que le crió y cuyo apellido adoptó.
“Todavía no lo he oído de ellos. No han visto a los niños. Tomé la decisión: se acabó”, afirma. Y cierra la puerta con una frase que suena definitiva: “Tengo a mi mujer, a mis hijos, estamos aquí, somos felices. Eso es lo único que me importa, asegurarme de que ellos son felices”.
Sobre la familia de su padre biológico, relata cómo empezaron a llegar cartas al club: “Decían: ‘Si quieres hablar, soy tu tía’. No, no es para mí”.
Vardy ha construido su carrera desafiando etiquetas, estadísticas y jerarquías. Ahora, con dos documentales a punto de salir, se expone como nunca. Ya no se trata de remontar ocho categorías del fútbol inglés o de tumbar a los gigantes de la Premier. Se trata de algo mucho más complejo: sostener una familia, mantener la paz interior y seguir siendo diferente en un fútbol que, cada vez más, se parece a esa cinta transportadora de robots que él tanto detesta.



