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Inglaterra y Tuchel: Aventura en el Mundial 2023

Thomas Tuchel ya lo avisó antes de despegar rumbo a Estados Unidos: este Mundial sería una historia por capítulos. El primero, el campamento de preparación en Miami. El segundo, la clasificación desde el Grupo L. Ahora llega el tercero, el que no admite tachones ni reescrituras: los cruces a vida o muerte.

En Atlanta, ante DR Congo, Inglaterra entra en la parte del libro donde una sola página mal escrita puede mandar la novela al fuego.

Un Mundial de “trabajo hecho”… hasta ahora

Hasta aquí, la misión se resume en dos palabras: “objetivo cumplido”. Liderato de grupo, billete al cuadro final, victorias ante Croacia y Panamá con un soporífero 0-0 frente a Ghana entre medias. Eficacia, sí. Fascinación, poca.

Pero esa fase se ha acabado. Se acabaron las redes de seguridad. En el Atlanta Stadium, bajo un techo cerrado que les librará del calor brutal y la humedad sofocante de la ciudad, Inglaterra se juega mucho más que un pase a octavos: se juega la credibilidad de un proyecto que Tuchel ha construido con precisión… y con grietas muy visibles.

El torneo se ha vuelto un campo minado para los grandes. Alemania, fuera ante Paraguay en los penaltis. Países Bajos, eliminada por Marruecos y con Ronald Koeman dimitiendo menos de 24 horas después. Brasil, salvada por un gol agónico de Gabriel Martinelli ante Japón. El mensaje está escrito en letras enormes: nadie está a salvo.

Tuchel lo sabe. Y lo repite: “Sabemos que son momentos en los que hay que encontrar la forma de ganar. Hay que cavar hondo y jugar al máximo nivel”. No hay margen para el adjetivo que más detesta un entrenador en un Mundial: “error”.

La herida abierta: la defensa

Hay una zona del campo que huele a pólvora húmeda. La defensa. El lugar donde Inglaterra menos se puede permitir improvisar es precisamente donde más ha tenido que hacerlo.

Wayne Rooney lo resumió sin rodeos en BBC Sport: el equipo no ha tenido estabilidad en la línea de cuatro. Y eso, en un Mundial, es una invitación para los depredadores de élite.

Las alarmas sonaban antes incluso del debut. Tino Livramento se cayó de la lista antes de empezar. Reece James llegó con un historial de problemas musculares que convertía cualquier sprint en una ruleta rusa. Al final, la ruleta disparó: lesión de isquiotibiales contra Croacia. Sorpresa para Tuchel; para casi nadie más.

El golpe se hizo aún más duro cuando Jarell Quansah, su sustituto natural, cayó también ante Panamá. Resultado: Inglaterra llega al cruce contra DR Congo con un solo lateral derecho puro disponible, Djed Spence. El resto son parches.

Tuchel puede desplazar a Ezri Konsa al costado, lo que abriría la puerta al regreso de John Stones al once. Pero Stones, a sus 32 años, solo disputó cinco partidos de Premier League antes de salir de Manchester City. James, por su parte, apenas llegó a 20 con Chelsea. Son datos que pesan en las piernas y en la cabeza de un seleccionador.

La obsesión de Tuchel por acumular defensas versátiles —centrales que puedan hacer de laterales, laterales capaces de jugar en ambas bandas— ha dejado a Inglaterra en una situación incómoda: muchos jugadores “multiusos”, pocos especialistas en su mejor versión física.

Y ahí aparece el fantasma de un posible cruce con Brasil en Miami. Vinicius Jr encarando a un lateral improvisado no es un plan, es una pesadilla. Para ese duelo, Inglaterra necesitaría a un Reece James al cien por cien. Hoy, es solo un deseo. El propio Tuchel reconoce que tanto James como Quansah “están cada vez más cerca”, con el jugador del Liverpool algo por delante, pero ninguno estará ante DR Congo.

Pickford, el fijo; el resto, un puzzle

Jordan Pickford es el único punto fijo en la última línea. Por delante, todo se mueve. Tuchel abrió el torneo con Stones y Konsa en el 4-2 ante Croacia. Luego cambió a Konsa y Marc Guehi, dejando a Stones fuera. No es una rotación caprichosa: es la búsqueda desesperada de una pareja estable en un contexto inestable.

Cada decisión defensiva, a partir de ahora, se mide en milímetros. Un mal giro, un duelo perdido, y el capítulo tres se convierte en epílogo.

Rice, el jugador que Inglaterra no puede perder

Si la defensa genera dudas, hay una pieza que las tapa casi todas: Declan Rice.

Tuchel lo protegió con inteligencia. Con la clasificación encarrilada, le dio descanso ante Panamá. No era solo la tarjeta amarilla que arrastraba. Era también la necesidad de gestionar un problema de isquiotibiales y un golpe en la pantorrilla sufrido ante Ghana.

El partido contra Panamá dejó una verdad desnuda: sin Rice, Inglaterra se abre en canal. El equipo concedió 13 tiros ante un rival menor y quedó demasiado expuesto al contragolpe. El doble filo de alinear a Jude Bellingham y Morgan Rogers, dos centrocampistas de clara vocación ofensiva, se vio de inmediato. Elliot Anderson se encontró solo, sobrepasado en el eje, más por diseño que por rendimiento.

Un rival con más colmillo que Panamá habría castigado con dureza.

Rice ofrece lo que ningún otro en la plantilla puede replicar: cobertura defensiva, lectura de juego, salida limpia, presencia en área rival y una pelota parada de primer nivel. No solo blinda a una defensa que ya vive al límite; también impulsa el ataque.

Harry Kane es el capitán. Bellingham, la estrella que ilumina. Pero Rice se ha convertido en el jugador irremplazable. Si Inglaterra quiere levantar el trofeo, lo necesita sano, en el campo y en plenitud.

Saka, el dilema en banda

Otro frente abierto se sitúa en el costado. Bukayo Saka, referencia en Arsenal, recibió su primera titularidad en este Mundial ante Panamá. Jugó 63 minutos, aún entre algodones por un problema en el tendón de Aquiles.

Tuchel debe decidir ahora si arriesga con él desde el inicio ante DR Congo o si administra sus minutos pensando en retos mayores. Cada elección tiene un coste: Saka aporta desborde, pausa y gol, pero cualquier recaída puede dejar a Inglaterra sin uno de sus recursos más fiables en las noches grandes.

El alemán lo dejó claro en rueda de prensa en Atlanta: “Somos los favoritos. Jugamos contra nuestras propias expectativas. Esperamos ir más allá de los dieciseisavos, así que por qué no va a esperarlo también la gente”. Ese listón, el de la exigencia interna, convierte cada alineación en un examen.

Un torneo que castiga al mínimo desliz

La caída de Alemania y Países Bajos ha sido más que un titular. Ha sido un espejo. Julian Nagelsmann, sometido a una presión feroz tras la eliminación, ya siente el aliento de quienes reclaman a Jürgen Klopp. Koeman ni siquiera esperó: se marchó.

Tuchel mira ese paisaje y se aferra a una idea: los márgenes son mínimos. “No hay ni un porcentaje de exceso de confianza en nuestro enfoque. Los partidos de dieciseisavos hablan un lenguaje muy claro. Son márgenes muy estrechos”, ha explicado. Y añade que, paradójicamente, eso le calma más que le inquieta.

Tiene razón en algo: Japón contra Brasil o Países Bajos ante Marruecos podrían haber sido cuartos o semifinales. El Mundial ha roto cualquier jerarquía cómoda. Nadie gana solo por escudo.

Carlo Ancelotti lo vivió en carne propia. Su Brasil necesitó un gol en el descuento de Gabriel Martinelli para tumbar a Japón. Un recordatorio brutal de que hasta los gigantes caminan sobre hielo fino.

Sin red ante DR Congo

En este contexto, Inglaterra no puede permitirse ni un segundo de autosatisfacción. Tuchel, obsesivo en el detalle, no va a permitir que la palabra “complacencia” se acerque al vestuario. El propio desarrollo del torneo ya se ha encargado de borrar cualquier tentación.

La selección llega a Atlanta con la etiqueta de favorita, sí, pero también con un libro de advertencias abiertas: una defensa remendada, un mediocentro imprescindible que arrastra molestias, un extremo clave entre algodones y un Mundial que está devorando nombres ilustres.

El tercer capítulo de la historia de Tuchel con Inglaterra se escribe ahora, en un cruce que parece asequible sobre el papel, pero que esconde todas las trampas de este Mundial imprevisible.

La pregunta es simple y brutal: ¿será Inglaterra autora de la próxima gran sorpresa… o víctima de ella?