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Inglaterra y el papel de Harry Kane en el Mundial 2022

Durante una hora, Inglaterra fue todo lo que suele prometer y casi nunca cumple en los grandes torneos: intensa, compacta, valiente. Frente a la campeona del mundo. Frente a Argentina. El equipo de Thomas Tuchel no la estaba pasando por encima, pero la estaba mirando a los ojos. Cuando Anthony Gordon marcó en el minuto 55, no sonó a milagro ni a robo. Sonó a primer golpe serio en una pelea que parecía destinada a ir al intercambio hasta el final.

Ese fue el plan. Pero el plan se deshizo.

Inglaterra se echó atrás. Argentina olió el miedo. Lionel Scaloni habló de “oler sangre en el agua”. Tuchel, con cada metro que retrasaba a su equipo, parecía estar lanzando más carnaza.

Y en medio de todo eso, Harry Kane fue un espectador extraño. No un desaparecido, pero sí un protagonista desubicado. Su hoja estadística duele a la vista: 26 toques, nueve pases completados, un solo disparo —bloqueado— y ni una sola intervención dentro del área argentina. Es una radiografía dura, quizá algo injusta con el esfuerzo que sí puso en otras zonas del campo, pero demoledora sobre su influencia real donde más importa.

El capitán que se fue alejando del área

El partido fue áspero, roto, lleno de contactos. Y ahí, en el barro, Kane sí apareció. En la primera parte se dedicó a pelear. Se metió en todos los choques. Intentó más duelos que Lisandro Martínez y Alexis Mac Allister juntos. Hubo acciones en las que se lanzó al suelo con una temeridad impropia de un delantero que lleva una década cuidando cada articulación.

Eso tuvo sentido mientras el balón quemaba y no había demasiadas combinaciones posibles. Inglaterra necesitaba a alguien que marcase el tono físico. Kane lo hizo. El problema llegó después del gol de Gordon, cuando el partido pedía otra cosa.

Con Inglaterra por delante, la segunda parte se convirtió en un rompecabezas táctico para Tuchel. El contexto no ayudaba: su equipo venía de un ejercicio heroico de supervivencia en el Azteca ante México, una resistencia numantina para sostener un 1-0. Kane había jugado 89 minutos aquella noche, a patadas, a empujones, a carreras largas sin balón.

Cuatro días después, el guion se repetía. Mismo delantero, mismo desgaste, diferente rival. Y la misma solución de Tuchel: aguantar.

Kane, ya con el cuerpo pesado, reclamó después que Inglaterra debía haber dado un paso adelante.

“Por una razón u otra, nos costó tener el balón, nos costó presionar al poseedor y eso les permitió generar más impulso y más ataques en nuestro último tercio”, explicó. La ironía es cruel: él mismo formaba parte de ese problema.

Inglaterra necesitaba un desahogo claro. Un delantero que fijara a uno de los centrales argentinos, que los obligara a respetar la profundidad, que les impidiera instalarse definitivamente en campo inglés. Kane es casi un delantero total. Pero hay una pieza que nunca ha tenido: velocidad para amenazar al espacio.

Así que, como tantas veces, retrocedió. Bajó a recibir, a intentar poner el pie, a frenar la marea. Pero cuando el rival ataca en oleadas, el ‘9’ a 40 metros del área es un salvavidas de papel.

Ya no era un partido para Kane. Tuchel debió verlo y no lo vio. O no quiso. El capitán se quedó en el césped, condenado a contemplar cómo el castillo se venía abajo.

Una temporada gigante, un final diminuto

El desenlace, en perspectiva, resulta demoledor. Y, aun así, tiene algo de injusto. Kane viene de una temporada monstruosa con Bayern Munich. Batió el récord de goles en una campaña de Bundesliga para un jugador del club: 58 tantos en todas las competiciones. Ningún futbolista de las cinco grandes ligas europeas igualó sus 36 goles domésticos. Alcanzó los 100 aportes de gol (goles más asistencias) más rápido que nadie en la historia reciente del gigante bávaro. Y Bayern ganó la liga por 16 puntos, aflojando incluso al final.

Con esos números, el debate por el Balón de Oro no era un capricho nacionalista. Era legítimo. Esos registros no los firmó ni Robert Lewandowski con la camiseta del Bayern. Kane se movió en cifras de Messi y Ronaldo en sus mejores años. Solo por estadística, el argumento de convertirlo en el primer inglés desde Michael Owen en levantar el premio estaba ahí, sólido.

Pero los grandes escenarios le jugaron en contra. El Bayern se midió de tú a tú con el PSG que acabaría siendo campeón, pero no logró la remontada en la vuelta y cayó en semifinales por un global de 6-5. La imagen fue buena, el resultado no.

El Mundial aparecía como la gran hoja en blanco. El propio Kane lo admitió: un torneo fuerte con Inglaterra lo devolvería al centro del escaparate.

“Sería uno de los favoritos, seguro. Por los trofeos que he ganado esta temporada y la cantidad de goles que he marcado, estaría en la pelea. Especialmente si Inglaterra gana el Mundial; uno se imagina que el trofeo iría a un jugador inglés”, dijo antes de que rodara el balón.

Durante cinco partidos, jugó como tal. Doble contra Croacia, otro tanto ante Panamá, dos más frente a Congo y una asistencia en el Azteca. Kane y Jude Bellingham marcaron el ritmo. El resto, simplemente, acompañó.

El escenario era perfecto: goles, liderazgo, narrativa. Y la Bota de Oro, siempre tan influyente, al alcance. Antes de la semifinal, Kane estaba a solo dos tantos de Messi y Mbappé. Inglaterra, para tumbar a Argentina, lo necesitaba. Era el día marcado. El día para golpear.

No lo hizo. Y con ese cero en el casillero, la Bota de Oro se le ha escapado casi con total seguridad. Aunque firmara un hat-trick ante Francia en un partido por el tercer puesto que, en realidad, no debería ni jugar, sería ingenuo pensar que Messi no marcará en la final contra España.

Kane volverá a Alemania sin Bota de Oro, sin final, sin título. Y con la sensación de que la gran oportunidad se ha ido.

El extraño legado del mejor ‘9’ inglés

Lo doloroso es que este Mundial puede haber marcado algo más que un tropiezo. Puede haber puesto techo a su historia con Inglaterra.

Su fichaje por Bayern fue una especie de resurrección de carrera. Mirando atrás, probablemente se quedó uno o dos años de más en el Tottenham. Fue brillante con los Spurs, uno de los mejores jugadores de la Premier League temporada tras temporada. Pero siempre rodeado de carencias estructurales, de una inversión insuficiente que, paradójicamente, el club ha empezado a corregir ahora, cuando él ya no está.

Sus dos primeras campañas en Múnich han sido una reivindicación personal: Kane sí podía dominar en otro contexto, sí podía liderar a un gigante europeo, sí podía seguir en la élite absoluta. Él mismo ha hablado a menudo de cómo estudia otros deportes y atletas para aprender a cuidar su cuerpo y alargar su pico de rendimiento. Quiere pelear con el tiempo. Y, a nivel de clubes, lo está logrando.

La selección es otra cosa. Radicalmente distinta. No hay maratones de nueve meses para ajustar detalles, no hay semanas de descanso para dosificar, no hay rotaciones pensadas para estirar carreras. Un Mundial es un sprint comprimido, casi sin margen para el error. Inglaterra estiró su concentración todo lo posible, pero no llegó ni a los dos meses. Tras una temporada larguísima, el torneo fue una carrera a toda velocidad. Y ahí, cuando el cuerpo cruje y el margen se reduce a dos o tres noches grandes, Kane no encontró la respuesta.

Si esto es el principio del final, su legado con Inglaterra será difícil de encasillar. Porque los números no admiten discusión. Es, seguramente, el mejor delantero centro que ha tenido el país. Si sigue jugando, alcanzará los 100 goles con la selección. El récord de 125 internacionalidades de Peter Shilton está a tiro: ya suma 121. Ha marcado más penaltis que nadie en la historia de los Mundiales y fue Bota de Oro en 2018.

Pero la falta de un gran título pesará. Euro 2024 fue discreta para él. En Qatar 2022 falló un penalti crucial. Y aunque jugó en selecciones menos completas en el Mundial 2018 y la Euro 2021, nunca terminó de cargar con Inglaterra a la espalda como se espera de un talento de su dimensión. Los grandes artilleros con sus cifras —Messi, Ronaldo, Pelé, Maradona, Henry— exhiben al menos un trofeo mayor con su país. Kane no.

Inglaterra también tiene un problema

El asunto no es solo Kane. Es Inglaterra. Basta mirar el fondo de armario en la posición de ‘9’. Da vértigo. Tuchel llevó a este Mundial a Ollie Watkins, 30 años, y a Ivan Toney, también de 30. No hay un heredero claro. No asoma un joven que pida la camiseta a gritos. Y sacar del once a un jugador del peso, el carácter y los registros de Kane no será fácil para ningún seleccionador.

La selección, salvo giro brusco, seguirá girando en torno a él. Todo apunta a que llegará a 2028 como titular. Inglaterra, con la generación que tiene, volverá a ser candidata. Pero para entonces, el capitán estará, casi con total seguridad, cuesta abajo en su carrera. Y aun así, ¿quién va a sentarlo?

Kane, por su parte, no contempla bajarse del tren.

“La selección es mi orgullo y mi alegría. Es lo que más me gusta hacer en el mundo. Obviamente, cuatro años es mucho tiempo, cumplo 33 este verano, pero nunca se acabó con Leo, sigue rindiendo al máximo nivel. No quiero ponerme límites”, asegura.

La comparación es inevitable. También, peligrosa. No todos pueden desafiar al tiempo como Messi. No todos tienen otra gran oportunidad esperando a la vuelta de la esquina.

Kane ya ha tenido varios torneos para sellar su grandeza definitiva. Se le escaparon por detalles, por contexto, por mala fortuna, por decisiones tácticas… o por fallar en la noche equivocada. Este Mundial, con este final gris y esta actuación irrelevante ante Argentina, se siente distinto.

Se siente como la mayor ocasión perdida de su vida deportiva. Y quizá como la última.