logo

Hearts da un paso hacia el título tras vencer a Rangers

La carrera a tres ya tiene un caído. Y el ruido del golpe se ha oído en todo el fútbol escocés. La temporada más mágica que se recuerda en Hearts acaba de acercarse un paso más al premio definitivo, ese título de liga que durante décadas fue casi una leyenda urbana en Gorgie.

Rangers llegó a Tynecastle con una sola orden: no perder. Danny Röhl sabía lo que había en juego. Y perdió. Cayó ante una remontada furiosa de Hearts en la segunda parte que cambia el paisaje del campeonato. El equipo de Edimburgo se marcha siete puntos por delante de Rangers y mantiene tres de ventaja sobre Celtic, con los mismos partidos por disputarse.

En las gradas, el mensaje ya tiene banda sonora. “We shall not be moved” empezó a sonar aquí tras aquel triunfo dramático ante Hibernian en octubre. Hoy suena distinto, más grave, más convencido. El próximo viaje, el sábado por la tarde a Motherwell, se ha convertido en el partido más grande que muchos hinchas de Hearts vivirán en su vida. Un día después, Celtic recibe a Rangers. Röhl no se esconde: “Estamos en una situación muy difícil”, admitió, casi con frialdad.

Un Tynecastle en ebullición

Edimburgo amaneció con sol en festivo, perfecto para cualquier evento deportivo. Pero lo que se respiraba alrededor de Tynecastle no era una tarde cualquiera. Desde el centro de la ciudad hasta los viejos pubs que rodean el estadio –The Golden Rule, Athletic Arms, Tynecastle Arms– el color granate lo impregnaba todo. Nervios, ilusión, esa mezcla que solo aparece cuando se intuye que algo histórico puede estar a la vuelta de la esquina.

¿Era este el partido más trascendente en Tynecastle desde aquella liga perdida por promedio de goles ante Kilmarnock en abril de 1965? Quizá no llegue a tanto, pero entra en la conversación. La última vez que Hearts completó una temporada liguera invicto en casa fue en 1985-86. Este curso, en EH11, siguen sin mancha en la Premiership.

No levantan el título desde hace 66 años. Con ese peso a la espalda, Hearts se ha catapultado a una posición en la que cualquier cosa que no sea coronarse campeón se viviría como una decepción mayúscula. Si se mira la diferencia económica con el Old Firm, el escenario roza lo insólito. Este Rangers que se desmoronó con tanta claridad está armado con unos 40 millones de libras.

El ambiente previo fue un motivo de orgullo para el club. Una demostración del valor de ver a Hearts peleando de tú a tú por la cima. Pero el guion no arrancó como soñaban. Los locales fueron superados en los primeros 45 minutos. La consecuencia: un descanso de bronca, un cambio táctico y un Derek McInnes “molesto” que dio la vuelta al partido. “Si jugamos como en la segunda parte, es muy difícil pararnos”, avisó el técnico.

Gol feo, dudas profundas

El dominio inicial fue de Rangers. Y, sin embargo, abrió el marcador con un gol que nadie en Ibrox enmarcaría en la pared. Saque de banda largo de James Tavernier, peinada involuntaria del defensa Stuart Findlay y remate de Dujon Sterling que parecía manejable para Alexander Schwolow… hasta que el balón golpeó en Michael Steinwender y se elevó en un arco cruel por encima del guardameta.

El tanto sacudió a Hearts. El equipo se refugió en un fútbol directo, previsible, sin filo. Lawrence Shankland y Cláudio Braga, una dupla habitualmente temible, no encontraron ni una conexión limpia. El centro del campo fue territorio de Rangers, ayudado por las bajas que castigan esa zona en el líder. McInnes reaccionó al descanso con la entrada de Blair Spittal, héroe del derbi de Edimburgo la semana anterior. Braga contaría después que el técnico también les pidió “ser más hombres”. El mensaje caló.

La respuesta fue inmediata. Hearts salió del vestuario con otra cara, otra energía, otro ritmo.

Remontada a base de carácter

El líder empezó la segunda mitad con un ímpetu que no se había visto antes. El aviso llegó con un zurdazo de Alexandros Kyziridis al palo. El premio, poco después. Stephen Kingsley cazó el rechace y, desde ocho metros, definió con una sangre fría impropia del contexto. 1-1 y Tynecastle en erupción.

El partido se desató. Un ida y vuelta brutal. Mikey Moore lanzó una contra peligrosa para Rangers, frenada por una gran intervención de Steinwender. Kyziridis probó los reflejos de Jack Butland con un disparo potente. El portero respondió. No tardaría en quedarse sin respuesta.

Kingsley, incansable, persiguió un balón que parecía destinado a perderse por la línea de fondo. Llegó, levantó la cabeza y metió un centro tenso que, tras un desvío, cayó en los pies de su capitán. Shankland, siempre un segundo por delante de los centrales, dio un paso al frente y soltó un latigazo de primeras, raso, seco, directo a la red de Rangers. Golazo. La defensa quedó descolocada por su intuición. El estadio, desatado.

La presión se giró de golpe hacia Röhl. Tocaba reaccionar, ajustar, cambiar el pulso del encuentro. El técnico alemán no encontró la tecla.

Spittal rozó el tercero con un disparo que Butland sacó con una parada magnífica. Rangers se quedaba sin margen: menos de 20 minutos para salvar su temporada. Röhl lanzó el último órdago. Tres delanteros sobre el césped, un mensaje claro de que incluso el empate podía no bastar. Thelo Aasgaard acarició el 2-2 con un cabezazo bombeado que se estrelló en el larguero.

Fue el último gran suspiro visitante. A partir de ahí, Rangers empujó más por inercia que por fútbol. Mucho esfuerzo, poca claridad. Hearts resistió, compitió cada balón dividido como si fuera el último y protegió un triunfo que huele a algo más que tres puntos.

Tynecastle celebró otra tarde grande. Y ya no es una excepción. Es la nueva normalidad de un equipo que, 66 años después, empieza a mirar el banderín de campeón no como un sueño romántico, sino como una obligación histórica. La pregunta ya no es si puede aguantar. Es quién se atreve a apostar, a estas alturas, contra ellos.