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Gianni Infantino bajo asedio: la crisis en la FIFA

“Dile a Mike que solo eran negocios. Siempre me cayó bien.”

“Lo entiende.”

“Tom, ¿puedes sacarme del apuro? Por los viejos tiempos.”

“Lo siento. No puedo.”

La escena de El Padrino no deja de resonar estos días alrededor de Gianni Infantino. Durante años, muchos dentro del fútbol creyeron que el presidente de Fifa era intocable, blindado por votos, alianzas y una maquinaria de poder aceitada hasta el último tornillo. Esta semana, por primera vez, esa sensación se ha resquebrajado.

Infantino lleva casi mes y medio bajo asedio. Bajo asedio, y de nuevo bajo asedio. Desde que salió a la luz su plan, descrito como grotesco, de colocar en manos privadas –con beneficio personal colateral– un bien común del fútbol mundial que estaba obligado a custodiar y transmitir intacto. El hombre encargado de proteger el tesoro, acusado de intentar subastarlo.

Durante estas semanas se habló de toxicidad política, de una base de apoyo que se vacía, de la posibilidad de un candidato alternativo en las elecciones de marzo. Pero el poder real no se evapora con columnas furiosas ni con comunicados airados. El poder enquistado, casi dictatorial, se aferra. El tiempo pasa, la puerta se estrecha. Y mientras tanto Infantino ya carga con un título incómodo: el hombre que vendió el mundo. Dos veces. La última, a Donald Trump, a cambio de una especie de premio de paz, un coletero simbólico y un asiento complaciente en el submundo del poder.

Basta imaginar el guion: darle un mes, esperar su aparición en un atril iluminado, desplegando los brazos como prestidigitador callejero y recitando el repertorio habitual sobre solidaridad, inclusión, “égalité, fraternité” y estímulos fiscales. Mirar a esos ojos extrañamente planos, casi pintados, duros detrás de una máscara de papel maché. El mensaje implícito: no eres tú quien me compra a mí. Soy yo quien te compra a ti.

Esta vez, sin embargo, algo se ha movido.

No iban a ser los mosquitos de siempre los que pusieran en jaque a Infantino: otra columna tronante, otra condena solemne, incluso aunque viniera –atención– de un ex defensa comodín del Manchester United como Mikaël Silvestre. Eso hace ruido. Pero no tambalea estructuras.

El problema llega cuando entra en juego el poder duro. Y en los últimos días han ocurrido dos cosas que cambian el tablero. Ambas como respuesta a la amenaza de una demanda de Uefa. Una acción legal que quizá no nazca con vocación de victoria final, pero que se parece mucho a una jugada de ajedrez de alto nivel: un zugzwang que obliga al rey a moverse cuando ya no quedan casillas seguras.

La primera sacudida ha sido la declaración de Josh Kushner, después de ser citado como parte del proceso de discovery en Florida. Kushner fue el cerebro financiero detrás del fiasco de Fifa Forward. El detalle es tan llamativo como incómodo: el hombre al que recurres para montar una megaoperación de financiación resulta ser, por azar de biografía y conexiones, el hermano del yerno del presidente de Estados Unidos.

Kushner ha asegurado que “no se habría involucrado” en los planes de Fifa de haber conocido el cuadro completo. Lo califica de episodio lamentable. Palabras suaves en apariencia, pero cargadas de otra cosa: distancia. Una línea trazada en el suelo. Una forma elegante de ir soltando el delantal protector.

No se queda ahí. Kushner ha contratado a un abogado de “opción nuclear”, Alex Spiro, el mismo que defendió a Elon Musk cuando llamó “pedo” a un espeleólogo y a Alec Baldwin tras un disparo mortal en un rodaje. Es un movimiento defensivo serio. Y Fifa ha respondido a su vez, con más nervios que calma, presentando un escrito en el que tacha todo el episodio de “campaña de difamación” y, al mismo tiempo, dice en voz alta lo que preferiría mantener en susurros: menciona expresamente el discovery y la intención urgente de evitarlo.

Ahí está el centro del terremoto. Nadie en el entorno de Infantino quiere oír hablar de discovery. Es decir, de abrir la caja de documentos: correos internos, memorandos, mensajes desde el móvil en el campo de golf después de comer. Todo lo que deja rastro.

Y eso, como sabe Gianni, siempre inquieta a quien ostenta poder. Mucho más cuando en la ecuación aparece cualquier persona vinculada a Trump. No conviene convertirse en una preocupación para ese ecosistema. Detrás del ruido de sables, por primera vez se percibe algo distinto: un vaciamiento, un pasillo sin guardias, la sensación de que el viejo jefe ha quedado solo en la planta alta.

El respaldo de Trump, de hecho, nunca fue tan sólido como se vendió. El presidente lo expresó en su red social a principios de agosto, con un mensaje que sonaba inflado en los titulares, pero más matizado en el texto. Venía a decir que, “si por cualquier razón” Fifa decidía prescindir de Infantino, sería algo muy malo. Condicional. Con matices. Y desde entonces, silencio.

Queda un regusto a encogimiento de hombros. Como si alguien se levantara del escenario y se marchara sin mirar atrás. Hubo tiempos mejores para la “bro-tocracia” Gianni-Trump: fotos, sonrisas, camaradería de anuncio de ropa de punto para ejecutivos veteranos. El dirigente calvo, reluciente, orbitando alrededor de su protector, un Trump que siempre parece una unidad gigante de comida americana, como si algo rebozado, glaseado con miel y servido en un buffet de hotel de extrarradio hubiera aprendido a caminar dentro de un traje holgado y a decir frases del tipo “un hombre muy alto, muy guapo”.

Ese tipo de relación es frágil. Trump te abre la puerta, te llama por tu nombre, te palmotea junto a la escalera. Pero una vez que has caído en desgracia, has caído del todo. No hay lealtad duradera, y tiene su lógica: la política trumpista no se apoya en convicciones, sino en una matriz fría de ganadores y perdedores.

Si pierdes, o pareces a punto de perder, las coincidencias desagradables se multiplican. Hace tiempo se publicó una lista de enemigos de Trump que ahora afrontan cargos, exilios, retirada de credenciales de seguridad, investigaciones por fraude hipotecario. La nómina incluye a antiguos “chicos de oro”.

Michael Cohen, el abogado que proclamó que “recibiría una bala” por Trump, terminó en prisión, inhabilitado y apartado. Jeff Sessions, ex fiscal general, uno de los primeros en definir el trumpismo como “un movimiento”, fue después despachado como débil, confuso, tonto, idiota, una desgracia e incluso “mentalmente retrasado”. El patrón se repite: mientras estás dentro, estás dentro. Pero no conviene acercarse demasiado a la llama.

En este contexto, la decisión del tribunal sobre permitir o no el discovery puede convertirse en el punto de giro. Uefa acusa a Fifa y a Infantino de “gestión desleal de carácter criminal”. El foco se sitúa en una supuesta infravaloración en la venta de los derechos del Mundial. De forma paralela –y presentada como práctica habitual del sector–, Infantino habría asegurado para sí un salario personal gigantesco ligado a la operación.

Lo que Uefa busca es asomarse al interior de la caja y comprobar qué hay exactamente. Pide discovery a Fifa, a Thrive Capital y al donante de Trump y asesor de la operación, Greg Maffei. Todos ellos manejaron documentación en el periodo en el que Infantino disfrutó de un acceso embriagador a los pasillos del poder político. La imagen recuerda al trofeo del Mundial de Clubes: un objeto extraño, casi amenazante, lleno de aristas y recovecos, como si escondiera un cajón secreto con algo que nadie quiere ver. ¿De verdad se quiere abrir ese compartimento? ¿Es seguro mirar dentro?

“Por favor, Mike, no hagas esto, no me lo hagas a mí.”

“Hoy arreglo todos los asuntos de la familia. Así que no me digas que eres inocente.”

Mientras tanto, Infantino hace lo que sabe: giras, apretones de manos, visitas a las “provincias exteriores” de su imperio futbolístico. Arabia Saudí ha ofrecido un respaldo medido, con coletilla incluida: “en este momento…”. En noviembre espera un congreso de Fifa que, sobre el papel, debería medir fuerzas y votos. Pero la pregunta es otra: ¿hasta qué punto los votos siguen siendo el centro de la partida?

Es difícil no pensar en cómo acabó la historia para Sepp Blatter y Michel Platini. Años de poder absoluto, relaciones tejidas por todo el planeta… y de pronto, una sola acusación de pago ilegal, un disparo único que llegó desde la nada y los sacó del tablero.

Por ahora, el proceso judicial seguirá su curso. Muchas acciones legales se desinflan, se negocian, se pierden en tecnicismos. A Uefa le basta con seguir empujando, dejar claro que va a remover brasas, que no piensa soltar las tenazas. Mantener la presión. Porque cuando se abre una grieta en el muro, nunca se sabe qué puede caer, ni desde dónde.

La oferta, por ahora, es esta, dirigida al presidente de Fifa con ecos de cine de mafias: nada.