Gianni Infantino: De rey del fútbol a crisis en la FIFA
Hace menos de dos semanas, Gianni Infantino se sentaba en el MetLife Stadium junto a Donald Trump, disfrutando de la final del Mundial como un monarca en su propio imperio. El presidente de Estados Unidos lo llama “King of Football”, y la escena encajaba: palco de lujo, el trofeo más grande del deporte en juego, un torneo récord en ingresos y audiencia. El fútbol, y el negocio, parecían rendirse a sus pies.
Hubo abucheos cuando él y Trump cruzaron el césped para entregar la copa y las medallas a las selecciones de España y Argentina, pero ni eso empañó la sensación dominante: 104 partidos después, el Mundial más grande de la historia se vendía como una validación total del proyecto Infantino. Deportivamente sólido, financieramente descomunal. El suizo podía mirar a marzo y a Rabat como una cita casi ceremonial con su reelección.
Ese idilio se ha roto de golpe.
Lo que hace nada era un paseo triunfal se ha convertido en un terremoto que sacude los cimientos de la FIFA y deja al presidente, de 56 años, más expuesto que nunca desde que llegó al poder en 2016.
El plan que cruzó una línea
El error de Infantino tiene nombre y apellidos: un plan para invitar a inversores privados, liderados por Joshua Kushner, a comprar una participación en los beneficios futuros de los Mundiales y de todos los eventos FIFA. No se trataba de un pequeño ajuste contable, sino de un giro estructural: empaquetar la parte más lucrativa del organismo en una nueva filial, FIFA Forward Enterprise (FFE), y vender hasta un 20 por ciento de ese pastel.
FFE concentraría todo lo que genera dinero: organización de torneos como el Mundial, venta de derechos de televisión, patrocinios, entradas, hospitalidad. La FIFA, una asociación sin ánimo de lucro bajo la ley suiza, crearía así un vehículo puramente comercial.
El objetivo: recaudar 4.200 millones de dólares de inversores, sobre una valoración de 20.000 millones para FFE. El “anchor investor” iba a ser Thrive Eternal, el fondo lanzado por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Trump. Un movimiento que mezclaba poder político, capital privado y el trofeo más codiciado del deporte.
A cambio, las 211 federaciones miembro —propietarias de facto de la FIFA— recibían una oferta difícil de ignorar: 20 millones de dólares para cada una, con fecha límite de aceptación el 19 de septiembre.
Ya tenían garantizados 10 millones por ciclo de cuatro años, financiados en gran parte por los 15.000 millones de ingresos récord del periodo 2023-26, impulsados por el Mundial recién terminado. Bajo el nuevo esquema, la FIFA prometía doblar esa cifra a 20 millones por federación, subirla a 22 millones hasta 2034 y a 24 millones hasta 2038.
Para federaciones diminutas como Andorra, Montserrat o Papúa Nueva Guinea, eso es dinero transformador. Para potencias como Inglaterra, España o Francia, el cálculo es distinto: su preocupación no es tanto el cheque, sino el modelo de gobierno del fútbol mundial y el impacto sobre sus ligas y competiciones.
El problema es que, para gran parte del ecosistema, el Mundial sigue siendo algo más que un activo financiero. Es el último tótem del juego, el símbolo de gloria nacional y orgullo popular, el torneo que los aficionados sienten como suyo. Y vender una parte de sus beneficios a capital privado cruzó una línea roja emocional y política.
Rebelión global y soledad en la cúpula
La reacción fue brutal. Y casi unánime.
Vicepresidentes de la FIFA, altos ejecutivos, todas las federaciones europeas, las confederaciones de Asia y Norteamérica, el primer ministro británico, la asociación mundial de ligas, aficionados en todo el planeta. La lista de opositores creció hasta parecer una coalición total.
El viernes, Infantino daba la imagen de un presidente aislado. Su principal asesor, Carlos Cordeiro, exbanquero de Goldman Sachs, dimitió y calificó el acuerdo de “malo”. El director de operaciones de la FIFA, Kevin Lamour, emitió una declaración demoledora a la agencia AP en defensa de sus colegas, un texto que en cualquier otra organización habría dejado al presidente en la cuerda floja de inmediato.
El golpe decisivo llegó desde Europa. El jueves, la UEFA anunció que sus miembros estaban dispuestos a boicotear todas las competiciones FIFA hasta que el proyecto se retirara. No era una amenaza vacía: las selecciones y clubes europeos dominan históricamente los grandes torneos FIFA, incluido el Mundial y el Mundial de Clubes, las mayores fuentes de ingresos de la casa madre.
Los europeos temían que la entrada de capital privado empujara a una espiral de más partidos, más formatos inflados, más torneos, todo para extraer valor. Eso podría desequilibrar aún más el calendario, erosionar la atención y los ingresos de las ligas y de la UEFA Champions League, y exprimir todavía más a una élite de jugadores ya al límite físico y mental.
El calendario internacional está saturado, el dinero de televisión y patrocinio no es infinito, y el fútbol de clubes se ha convertido en el corazón económico del deporte. Para muchas ligas, la idea de ceder aún más espacio y energía a competiciones FIFA, impulsadas por las exigencias de inversores privados, resultaba inaceptable.
Todo ello, aderezado por una queja recurrente: Infantino habría diseñado el proyecto en la sombra, con muy poca o ninguna consulta real a las partes clave, mientras dedicaba tiempo y energía a cultivar su relación con Trump. El propio presidente estadounidense reconoció el viernes que no había hablado con el jefe de la FIFA sobre el plan de vender participaciones del Mundial.
La sensación de traición y opacidad se extendió por Zúrich y más allá.
La marcha atrás… y la duda que queda
La presión reventó la burbuja. El viernes, Infantino se vio obligado a frenar.
“Tras escuchar atentamente todos los puntos de vista, ha quedado claro que el proyecto ha creado divisiones de tal naturaleza que, independientemente del nivel de apoyo, ya no responde al interés del objetivo fijado en primer lugar”, explicó en un comunicado.
Era una retirada táctica, pero no necesariamente una absolución política.
El presidente había salido de Nueva York días antes con cartas de apoyo para su reelección firmadas por unas 200 de las 211 federaciones nacionales. Una mayoría abrumadora, sobre el papel. Ahora, incluso tras enterrar el proyecto, ese respaldo parece mucho menos sólido.
Su tradicional base en África, con 54 votos, se había mantenido cautelosamente neutral ante la promesa de dinero “cambia vidas” para muchas federaciones. En Sudamérica, la CONMEBOL emitió el viernes un comunicado prudente: reconocía haber recibido la propuesta y prometía analizarla “con el rigor que exige”. Su presidente, Alejandro Domínguez, también vicepresidente de la FIFA, confía en Infantino para ampliar el Mundial 2030 a 64 selecciones, lo que daría más partidos a Argentina, Paraguay y Uruguay, coanfitriones minoritarios frente a España, Portugal y Marruecos. Hoy solo tienen garantizado un encuentro cada uno de los 104.
Pero incluso esos aliados potenciales toman nota del choque frontal con Europa, de la dimisión de Cordeiro, del desafío público de Lamour. El aura de invulnerabilidad de Infantino se ha resquebrajado.
El futuro del trono
La resistencia liderada por la UEFA ha logrado su objetivo inmediato: frenar la venta parcial del negocio FIFA. La pregunta es qué precio político pagará Infantino.
¿Conserva la credibilidad necesaria para seguir en el cargo después de que dos de sus figuras clave hayan cuestionado de facto su liderazgo? En muchos entornos, una crisis así habría desencadenado ya una carrera abierta por la sucesión.
El calendario está marcado. El 18 de noviembre vence el plazo para presentar candidaturas a la presidencia. Cuatro meses después, el 19 de marzo, la elección se celebrará en Rabat, Marruecos, sede africana de la FIFA.
Infantino fue reelegido sin oposición en 2019 en París y en 2023 en Kigali, Ruanda. Los estatutos le permiten un mandato más de cuatro años. Hasta hace apenas unos días, pocos imaginaban un escenario en el que tuviera un rival real. Hoy, las quinielas han dejado de ser un ejercicio teórico.
Para ganar en una elección disputada necesita 106 votos, la mitad más uno de las 211 federaciones. Ningún continente vota en bloque de forma monolítica, pero una alianza entre la mayoría de las 55 asociaciones europeas, las 35 de la CONCACAF y las 46 de Asia sería una base formidable para cualquier aspirante.
Los nombres empiezan a circular con más fuerza. El presidente del Paris Saint-Germain, Nasser Al-Khelaifi, figura recurrente en estas especulaciones, aparece como posible candidato. También el vicepresidente de la FIFA, el canadiense Victor Montagliani. Y vuelve a la escena Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa, presidente de la AFC, que ya perdió por poco ante Infantino en 2016 y podría ver ahora una oportunidad de revancha.
Hasta esta semana, todo eso sonaba a rumor de pasillo, a desahogo de opositores sin músculo real. Después del fiasco de FFE, suena distinto.
Porque el proyecto no solo buscaba dinero. También dibujaba, entre líneas, una posible salida dorada para el propio Infantino más allá de 2031: un rol casi de comisionado al frente de la nueva entidad comercial, con un paquete salarial muy superior a los más de 6 millones de dólares anuales que percibe hoy entre sueldo y bonus. Un puesto que habría extendido su influencia sobre el negocio del fútbol incluso después de abandonar formalmente la presidencia.
Ese plan ha volado por los aires. Su autoridad, también en parte.
El “King of Football” que hace dos semanas paseaba por el césped del MetLife Stadium con aire de dueño del juego afronta ahora la pregunta que nadie se atrevía a formular en voz alta: ¿seguirá mandando en el fútbol mundial cuando el balón vuelva a rodar en Rabat?




