Final del Mundial: entradas a más de 1,7 millones de libras
El Mundial siempre ha sido un lujo. Esta vez, en la final, roza lo obsceno.
En la plataforma oficial de reventa de entradas de la FIFA, cuatro asientos para el partido decisivo en el MetLife Stadium, el 19 de julio, se anuncian por casi 2,3 millones de dólares, unos 1,71 millones de libras. Cuatro localidades, detrás de una de las porterías, en la parte baja del estadio, bloque 124.
No es un error tipográfico. Es el mercado que la propia FIFA ha habilitado.
La organización no fija los precios en su portal de reventa, pero sí se queda con una parte nada despreciable del pastel: un 15% de comisión al comprador y otro 15% al vendedor por cada entrada que cambia de manos. Cada operación, un doble peaje.
En un comunicado, el organismo defendió su modelo de ventas y reventa como algo ya normalizado en los grandes espectáculos deportivos y de entretenimiento en los países anfitriones. Según la FIFA, las comisiones aplicadas “se alinean con los estándares de la industria” en el deporte y el entretenimiento norteamericano, y su sistema de precios variables responde a una tendencia extendida: ajustar tarifas para optimizar ventas, asistencia y lo que llaman “valor de mercado justo”.
Mientras las butacas millonarias acaparan titulares, el resto del mapa de precios tampoco invita precisamente a soñar con un Mundial popular. Un asiento de pasillo en la parte baja del estadio figura por 207.000 dólares (unas 153.600 libras). Más arriba, en la última fila del tercer anillo, una localidad de categoría 2 aparece listada por 138.000 dólares (102.400 libras). Y a solo unos metros, otro asiento se ofrece por 23.000 dólares (17.000 libras). El mismo partido, el mismo estadio, universos económicos distintos.
En el extremo “bajo” de la escala, las entradas más baratas disponibles en la plataforma para la final se sitúan ligeramente por debajo de los 11.000 dólares (unos 8.200 libras): cuatro asientos en las últimas filas del anillo superior, también detrás de una portería. Lejos del césped, muy lejos de cualquier idea de fútbol accesible.
Gianni Infantino, presidente de la FIFA, ha salido en defensa de esta política de precios elevados. Su argumento es tan simple como contundente: el Mundial es, según él, la única fuente de ingresos real de la organización cada cuatro años y todo lo recaudado se reinvierte en el desarrollo del fútbol a nivel global.
Recordó que la FIFA es una entidad “sin ánimo de lucro” y subrayó que los ingresos del torneo se destinan a financiar el juego en 211 países. Según sus cifras, alrededor de tres cuartas partes de esas federaciones no podrían sostener el fútbol organizado sin las subvenciones que reciben. De ahí, insiste, la necesidad de “encontrar el equilibrio adecuado”.
Ese equilibrio, hoy, pasa por un modelo en el que la final del torneo estrella se ha convertido en un producto reservado a una élite económica dispuesta a pagar cifras astronómicas por un asiento.
La FIFA lanzó el miércoles un nuevo lote de entradas para el Mundial, con localidades en Categorías 1, 2 y 3, y con la novedad de una “front category”, una franja de precios superior para los mejores asientos. Esa nueva categoría ha encendido las críticas en redes sociales: muchos aficionados denuncian que se reservaron las mejores butacas dentro de las categorías que ya habían comprado, para luego recolocarlas bajo esta etiqueta premium, dejándoles a ellos en posiciones claramente peores.
El organismo habla de tendencias de mercado y optimización. Los hinchas, de exclusión y de un Mundial que se aleja, butaca a butaca, del aficionado medio. La final en el MetLife Stadium ya no es solo el partido más esperado del planeta; se ha convertido en el escaparate más brutal de hasta dónde está dispuesto a llegar el negocio del fútbol.



