Fin de ciclo en Anfield: el futuro incierto del Liverpool
En Anfield sonó Bob Marley. “Every little thing is gonna be alright…”. Pero nadie se lo creía del todo. Era más un intento de consuelo que una declaración de fe mientras el Liverpool cerraba una temporada 2025/26 que, a cualquier escala del club, solo admite una palabra: fracaso.
El final llegó con un 1-1 gris ante Brentford. Un punto que asegura la Champions la próxima campaña, sí, pero que no tapa nada. Cuatro partidos seguidos sin ganar para despedir la liga. Solo cuatro victorias en los últimos 14 encuentros oficiales. Sesenta puntos y un quinto puesto que en otros cursos ni siquiera habrían servido para pisar Europa.
Fin de ciclo en Anfield
El ambiente era de despedida grande. De época que se apaga. Dos pilares de la etapa más gloriosa del último casi decenio se marchan, y no serán los únicos. La mitad del vestuario que heredó Arne Slot hace apenas dos años ya no está. Este verano se espera una nueva oleada de salidas, con Mo Salah y Andy Robertson ya con la puerta de salida abierta.
Para muchos veteranos de The Kop, la sensación recuerda a los años 90, al mandato de Graeme Souness, cuando el técnico escocés desmontó a toda velocidad la columna vertebral envejecida que había dejado Kenny Dalglish. Entonces llegó su despido y, después, una larga travesía por la mediocridad. El paralelismo no tranquiliza a nadie.
Tampoco tranquiliza que Salah, símbolo absoluto de esta era, haya decidido alzar la voz al final de sus nueve años de leyenda. El egipcio no solo se va; se va dejando un aviso sobre el rumbo del club.
Un cierre sin alma
El empate ante Brentford, con la Champions asegurada, debía ser una pequeña fiesta de agradecimiento mutuo. No lo fue. El Liverpool cerró la liga con su peor porcentaje de victorias en una década: solo 17 triunfos en Premier.
El detalle que más se comentó al salir del estadio no fue una jugada, ni un gol, ni una parada. Fue la imagen de Slot. Mientras los jugadores daban la vuelta de agradecimiento al campo, el técnico se quedó sentado en el banquillo, serio, casi ausente. Quizá estaba simplemente pensativo, pero la escena caló. En un club donde el vínculo emocional lo es casi todo, pareció otra prueba de desconexión.
El contraste lo puso Salah. Ante las cámaras de Sky Sports, el delantero resumió en una frase lo que significa jugar para el Liverpool: los aficionados, dijo, no se obsesionan con el resultado si ven a su equipo “sudar y dar su sangre” por la camiseta. Esa es la vara de medir. Estar. Resistir. Caminar juntos en la tormenta. Y esta temporada, marcada también por el golpe emocional de la muerte de Diogo Jota en pretemporada, el equipo no siempre dio esa sensación.
Las lesiones como coartada… y el tamaño de la plantilla
En la sala de prensa, Slot eligió una palabra para definir el curso: “lesión”. El neerlandés insistió en que los problemas físicos marcaron el año. Sobre el papel, es un argumento atendible. El problema es que choca de frente con algo que él mismo dijo en octubre: que prefería una plantilla corta, manejable, y que 25 jugadores eran demasiados para gestionar.
No se puede jugar en los dos bandos. No se puede abogar por un grupo reducido y pasar después la temporada lamentando la falta de alternativas, el cansancio de los titulares, la adaptación a jugar entre semana y los goles encajados en los tramos finales.
Con una Champions ampliada y una Premier cada vez más salvaje en ritmo e intensidad, el tamaño de la plantilla deja de ser un matiz para convertirse en una decisión estratégica. Y el Liverpool se quedó corto. Deliberadamente corto.
Los datos lo retratan. Trey Nyoni, mediocentro de 18 años, debutante con Jürgen Klopp a los 16, acabó la liga con solo 21 minutos. Federico Chiesa sumó 318 minutos de Premier. Wataru Endo, 170. Kieran Morrison, capitán del Sub-21 y jugador del año en la categoría, estuvo 13 veces en el banquillo y solo jugó cinco minutos… en una eliminatoria de FA Cup ante Wolves.
En la práctica, Slot trabajó con un grupo aún más reducido de lo que dictaba la lista oficial del primer equipo. Y eso sin entrar en el episodio más incomprensible: la ausencia de un acuerdo para repescar a Harvey Elliott en enero, justo cuando el banquillo pedía a gritos calidad y piernas frescas para el tramo decisivo.
Las goleadas en las copas, una herida abierta
Slot ha intentado contextualizar las durísimas eliminaciones en FA Cup y Champions: dos 4-0, uno ante el futuro campeón del torneo, Man City, y otro frente a un PSG que no pierde una eliminatoria europea a doble partido desde hace dos temporadas. El argumento no convence.
No convence a una grada que se ha acostumbrado a pelear por todo. No convence a un vestuario con voces pesadas como Virgil van Dijk, Robertson, Salah o Curtis Jones, que han dejado claro que el nivel mostrado este año no está a la altura de lo que exige el Liverpool.
Salah, en su último día en el AXA Training Centre, lanzó un mensaje nítido al grupo: estar en Liverpool y ganar con el Liverpool es “lo mejor que te puede pasar”. No es una frase ligera. Es un recordatorio de estándar.
Slot, por su parte, ha definido la clasificación para la Champions como “nuestra base más baja” y ha señalado que “grandes clubes” como Chelsea o Tottenham ni siquiera han logrado acceder a Europa esta temporada. Para parte de la afición, ese discurso suena a rebaja de ambición. En este club, quedar por debajo de la lucha por los grandes títulos se considera un fallo, no un mal menor. Y si la caída llega con un 4-0 y dentro de una racha de cuatro derrotas en cinco partidos, la digestión es aún más amarga.
Ni siquiera la mejor secuencia del curso, una racha de 13 partidos sin perder tras el 4-1 encajado ante PSV en Anfield, resiste un análisis profundo. Ese tramo incluyó empates ante Leeds (dos veces), Burnley y Fulham, y victorias ante rivales como Barnsley en FA Cup o un West Ham que acabaría descendiendo. La serie maquilló más de lo que arregló.
Un verano cargado de incógnitas
El futuro inmediato del Liverpool se escribe a lápiz. Empezando por el propio Slot, que encara su último año de contrato. Lo mismo ocurre con dos figuras clave en la estructura deportiva, Richard Hughes y Michael Edwards, también con vínculo hasta el verano de 2027. El proyecto, tal y como está diseñado hoy, tiene fecha de revisión marcada en rojo.
En el vestuario, el escenario es aún más volátil. Hasta nueve jugadores importantes podrían salir si llega la oferta adecuada o si el club decide hacer caja antes de perderlos gratis: Salah, Robertson, Ibrahima Konaté, Chiesa, Endo, Curtis Jones —pretendido por Inter de Milán y con solo un año de contrato, con muchas papeletas para irse—, Alisson —en la agenda de Juventus—, Joe Gomez y Alexis Mac Allister están en esa lista de posibles movimientos.
El dato que resume la dimensión del reto es demoledor: ahora mismo, el máximo goleador en activo del club es Cody Gakpo. El segundo, un central, Virgil van Dijk. No es solo un problema de nombres; es un problema de gol, de jerarquía ofensiva, de peso en las áreas.
Slot ha hablado de “otra pequeña transición”, aunque “no tan drástica” como la del verano pasado. Viendo la cantidad de piezas que pueden salir, la palabra “pequeña” se queda corta. El Liverpool necesita cirugía mayor.
Mientras tanto, The Kop seguirá cantando que no hay que “preocuparse por nada”. Pero cuando las luces de Anfield se apaguen del todo y el eco de Bob Marley se pierda en el verano, muchos aficionados se irán a casa con la misma pregunta en la cabeza: ¿hacia dónde va realmente este Liverpool?



