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Esperanza en el fútbol: dos minutos y 55 segundos de emoción

Rebecca Solnit escribió sobre la esperanza como motor de cambio. Maria Popova afinó la idea: “El pensamiento crítico sin esperanza es cinismo, pero la esperanza sin pensamiento crítico es ingenuidad”. En el fútbol, esa frase se traduce en algo mucho más crudo, repetido en bares, gradas y chats: “Es la esperanza lo que te mata”.

Lo escribió Graham Burrell tras un Lincoln City – Wigan, pero podría haber salido de cualquier garganta inglesa el miércoles, cuando Inglaterra se desmoronó ante Argentina. Otro capítulo en la larga literatura del sufrimiento futbolero.

La autoría original de la sentencia se ha perdido entre siglos y derrotas. Shakespeare, Peter Ustinov, quien sea. La han reciclado Ted Lasso y Jackson Lamb en la ficción, cada uno con su propia filosofía sobre el aguante y la ilusión. Uno abrazando la fe ciega, el otro desnudando el autoengaño con mala leche. Dos estilos de gestión emocional que, por momentos, parecieron más lúcidos que lo que se vio en el banquillo inglés.

Porque lo que cualquier aficionado de Inglaterra reconoce de memoria es esa secuencia emocional que se repite como un ritual cruel. Al inicio no hay esperanza. Hay miedo. Miedo durante el himno, durante el absurdo conteo de diez segundos antes del saque inicial, miedo cuando el balón retrocede hacia Jordan Pickford y el corazón se dispara sin pedir permiso.

Luego el partido se asienta. O algo parecido. La frecuencia cardiaca baja un punto, pero no llega la calma: se instala una angustia de fondo, constante, sobre la que van saltando chispazos de rabia. Giuliano Simeone persigue, araña, patea, gruñe. Cada entrada argentina parece una agresión premeditada. Cada falta inglesa, en cambio, se justifica con naturalidad patriótica. La objetividad se sirve en pinta, bien cargada de miopía.

El descanso trae las primeras sombras serias. No tanto por lo que ocurre en el césped, sino por lo que se sabe de memoria. Cuanto más se alarga el 0-0, más se impone la sensación de que Argentina encontrará la forma. Porque sabe encontrarla. Uno se sorprende diciendo cosas como “memoria muscular” o soltando un “son unos viejos zorros” que resume décadas de cicatrices.

Y entonces llega el gol. El centro perfecto. El remate perfecto. Un estallido que mezcla alegría, alivio y algo más peligroso: la posibilidad. Ahí nace la esperanza de verdad. No la abstracta, no la de “quizá este año sí”, sino la que se palpa. La que te hace pensar, casi al instante: “Bueno, al menos ahora ellos necesitan dos”. Demasiados años viendo a Inglaterra como para no hacer cuentas defensivas incluso en el éxtasis.

Entre ese gol y el derrumbe aparece otro momento de éxtasis: la entrada de Djed Spence. Llega desde una serenidad casi insultante, como quien hace algo brillante en la oficina y luego se va a casa a fregar los platos. Pero la celebración es salvaje, casi italiana, a lo Chiellini y Bonucci abrazados en una trinchera. “¡Sí, Djed!”, se escapa en voz alta. La mejor entrada de un inglés desde la de Eric Dier a Sergio Ramos, y con un peso potencialmente mucho mayor. En otro universo, con otro final, esa acción abre los vídeos motivacionales y merece una estatua en bronce.

El retroceso, sin embargo, ya había empezado. La línea defensiva se hunde metro a metro, como si algo en el ADN colectivo empujara hacia atrás. No hace falta que Thomas Tuchel lo analice en una pizarra ni que un jugador lo admita en zona mixta. Está ahí, a la vista de todos. Y en las gradas, en los salones, muchos piensan lo mismo: “Es demasiado pronto para defender esto”.

Con diez hombres en el Azteca podía tener sentido encerrarse. Aquí, no tanto. Aunque Inglaterra lo hubiera aguantado, ¿cuántos habrían soportado el suplicio? Cada ocasión fallada, cada balón rechazado, cada despeje de Pickford alimenta una esperanza que ya no es abstracta. Es concreta. Tiene minutos, tiene marcador, tiene rival.

En el 82, Nico O’Reilly bloquea un pase, corre tras el balón y vuelve a bloquear. Inglaterra pisa campo contrario, territorio desconocido a esas alturas. Alguien comenta, medio en broma, medio en serio: “Eso nos ha ahorrado ocho segundos”. Sesenta segundos después, Lionel Messi levanta un centro sin peligro que se pierde por línea de fondo. Saque de puerta. Ahí, justo ahí, nace el “quizá”. No un sueño elaborado. Un “quizá” seco, testarudo.

La mente se dispara. Una final de Mundial con Inglaterra en el cartel. Días de locura en Nueva York, programas de radio y pódcast que se escriben solos. Columnas sobre la esperanza, pero sobre la otra esperanza, la que se cumple. Un pequeño privilegio profesional y emocional.

Saque de puerta para Inglaterra. Marcar un gol es difícil, incluso si tienes a Messi. John Stones hace unos toques para matar segundos. Pickford golpea en largo, O’Reilly pelea y fuerza un saque de banda para Argentina, pero en su propio campo. “Ochenta y cuatro minutos ya”, apunta Guy Mowbray. Alan Shearer confiesa que el reloj avanza “desesperadamente lento”.

84:24. Enzo Fernández arma la pierna desde lejos. Pickford la toca por encima del larguero. El disparo iba alto, pero el susto se instala. “Mantén la forma”, se repite como un mantra. 84:55. Enzo vuelve a recibir con demasiado espacio en la frontal. Controla. Mira. Dispara. Gol. Y en ese instante, todos saben que se ha acabado.

Dos minutos y 55 segundos. Ese fue el tramo en el que la esperanza fue plena, nítida, casi insolente. No mató a nadie. Al contrario: resultó electrizante, aterradora, profundamente vital. Una sacudida que recuerda por qué, pese a todo, se vuelve siempre al mismo sitio, al mismo equipo, a la misma selección.

Queda la duda eterna de si uno está preparado para ver a la selección masculina de Inglaterra ganar algo grande. Tal vez esa prueba nunca llegue. Tal vez sea mejor así, para no tener que gestionar una emoción que asusta tanto como seduce. Mientras tanto, basta con un bocado de esperanza. Una migaja.

Si la esperanza puede mover sociedades, si puede impulsar cambios reales en el mundo, también puede hacer algo más sencillo y a la vez descomunal: permitir que, aunque sea por un instante fugaz, alguien imagine a Adam Wharton levantando la Eurocopa de 2028. Y en ese segundo robado al escepticismo, el fútbol vuelve a tener sentido.