Comienza en 1934, en otro planeta futbolístico. Sin televisores, sin cámaras, solo un viejo receptor de radio escupiendo frases entrecortadas, y un sueño pequeño pero terco encendido en el pecho de once jugadores egipcios.
Roma, 1934: el primer grito
La selección de Egipto se embarcó rumbo a Italia para convertirse en el primer país árabe y africano en disputar un Mundial. El viaje, en un barco cansado y lento, fue largo; el entusiasmo lo hizo corto. Venían de eliminar a Palestina y llevaban en la maleta algo más que camisetas: llevaban una ilusión nueva.
En Roma les esperaba Hungría, una de las potencias europeas del momento. El marcador final fue 4-2 para los húngaros, pero el resultado no cuenta la historia completa. Abdelrahman Fawzi marcó los dos tantos egipcios y, con ellos, se convirtió en el primer africano en anotar en una Copa del Mundo.
En los callejones de El Cairo, la escena era otra: radios rodeadas de gente, aplausos, sonrisas incrédulas, ojos brillando con un orgullo inédito. Aquel día, más allá de la derrota, nació algo. El sueño tomó forma.
Luego llegó el silencio.
Las guerras estallaron, los disparos taparon los gritos de gol. Mientras el país intentaba reconstruirse, el Mundial se siguió solo en papel, a través de periódicos arrugados. En los campos egipcios, sin embargo, seguían saliendo talentos: Saleh Selim, Taha Ismail, Hassan Shehata, Mahmoud El Khatib. En África, Egipto se acostumbró a ganar. El mundo, en cambio, seguía viéndolo desde lejos. El Mundial era una estrella visible, pero inalcanzable.
Italia 1990: el regreso del faraón
Tuvieron que pasar 56 años para que el silencio se rompiera. En 1990, bajo el mando de Mahmoud El Gohary, Egipto regresó a un Mundial. No fue un camino suave. Las eliminatorias fueron una batalla, y el gol de Hossam Hassan ante Argelia rompió el techo de cristal que había frenado a generaciones.
Aquella noche de noviembre, las calles se desbordaron. Banderas en los balcones, cánticos que se mezclaban con el claxon de los coches, un país entero desahogando décadas de espera. Era más que fútbol. Era una reivindicación.
En junio, Egipto volvió a Italia. Esta vez, a Palermo, para medirse a la campeona de Europa: Países Bajos. Primer tiempo sin goles, tensión en cada pase. En el minuto 58, un centro de Marco van Basten encontró a Wim Jonk y el 1-0 cayó como un jarro de agua fría.
Pero la historia no estaba cerrada.
Minuto 83. Hossam Hassan cae dentro del área. El árbitro señala el punto de penalti. El estadio se congela. Magdy Abdelghany toma el balón, respira hondo y golpea con decisión. Gol. El grito del narrador —“¡Gol de Egipto!”— atravesó fronteras.
Con el tiempo, Abdelghany convertiría aquel penalti en una anécdota recurrente, casi una broma nacional, recordándolo en cada entrevista como si fuera el único logro futbolístico del país. Ese día, sin embargo, fue otra cosa. Fue un puente. De Fawzi a Abdelghany. De una generación a la siguiente. El 1-1 final se celebró como si fuera un triunfo absoluto.
En el segundo partido, contra Irlanda, el encuentro se jugó a base de nervios, sudor y gritos. La defensa egipcia resistió como si no hubiera mañana. Ahmed Shobeir, bajo palos, lo paró todo. Cada balón fue un ultimátum. Cada despeje, una declaración de carácter.
El duelo quedó marcado por las artimañas de Shobeir para perder tiempo, provocadoras y calculadas. Muchos aficionados en todo el mundo vincularon su actuación con la posterior aparición de la regla del pase atrás en el reglamento de la FIFA. El 0-0 final, para Egipto, supo a victoria.
El mundo empezó a preguntar: “¿Quiénes son estos africanos que pelean como leones?”. La prensa internacional los bautizó como “el sólido equipo egipcio”.
Luego llegó Inglaterra. Partido duro, asedio constante, derrota por 1-0. El resultado dolió menos que el esfuerzo desplegado. El Gohary lo resumió con una frase que quedó flotando en la memoria colectiva: “Hoy hemos plantado la semilla… Alguien la cosechará mañana”.
Nagrig, Salah y una nueva fe
Ese “alguien” tenía nombre y venía de un pequeño pueblo llamado Nagrig. Mohamed Salah creció cargando con los sueños de millones. De Al Mokawloon a Basel, de allí a Chelsea, luego Fiorentina, Roma, Liverpool. Cada paso fue un ascenso. Cada gol, un capítulo.
En las eliminatorias rumbo a Rusia 2018, Salah se convirtió en héroe nacional. Sus tantos devolvieron la esperanza a un país entero. Su fútbol hizo creer de nuevo a quienes se habían acostumbrado a ver el Mundial por televisión… y a veces ni eso.
Una noche en el estadio Borg El Arab lo cambió todo.
Egipto empataba 1-1 con Congo en el tiempo añadido. El narrador Medhat Shalaby elevaba el tono con cada ataque: “¡Danos algo, ya akhi!”. Minuto 94. Falta sobre Trezeguet. Penalti. Shalaby estalla: “¡Allahu Akbar!”.
Salah tomó el balón. Lo colocó con calma, esbozó una sonrisa leve y ejecutó. Gol. El estadio explotó. El ruido sacudió Alejandría. Las calles se llenaron de gente, niños llorando de alegría, abrazos entre desconocidos. Tras 28 años, Egipto volvía al Mundial.
Un mes antes de Rusia 2018, Kiev se vistió de gala para una final de Champions: Real Madrid contra Liverpool. Todas las miradas apuntaban a Salah. El cántico de “Egyptian King” se escuchaba por toda la ciudad. Las cámaras lo seguían, los comentaristas recitaban sus récords en la Premier League. Todo parecía escrito para él.
Hasta que el guion se rompió.
A mitad de la primera parte, un enganche con Sergio Ramos lo dejó tendido en el césped. Mano al hombro, gesto de dolor, lágrimas al salir sustituido. En El Cairo, el silencio fue inmediato. Cafés mudos, pantallas congeladas, niños que minutos antes bailaban y ahora miraban sin entender. Parecía que todo un país se había caído con él.
Semanas más tarde, Salah volvió. Lesionado, pero no vencido. Jugó el Mundial y lanzó un mensaje al planeta: “Los cuerpos pueden caer… pero los sueños no”.
Rusia 2018: el regreso que dolió
Egipto volvió a un Mundial 28 años después. El escenario era perfecto; el arranque, no tanto.
Salah, con el hombro aún tocado, empezó en el banquillo contra Uruguay. Aun así, el equipo se defendió con dignidad, disciplinado, sólido, rozando la sorpresa. Aguantó hasta el minuto 89, cuando el gol uruguayo destrozó la resistencia egipcia. La entrega dejaba una sensación clara: aquello no tenía por qué definir el torneo.
La frase se repitió en las calles: “Cuando vuelva Salah, todo cambiará”. El segundo partido, ante la anfitriona Rusia, lo devolvió al once inicial. Sonrisa en la foto previa, pero el cuerpo todavía cargado de dolor.
Salah marcó de penalti en San Petersburgo. Ya era tarde. Rusia ganaba 3-0 cuando el balón besó la red. El Mundial de Egipto se desmoronaba con un partido aún por jugar.
En el último duelo de la fase de grupos, frente a Arabia Saudita, Salah volvió a marcar. Tampoco alcanzó. Otra derrota, ninguna unidad en la tabla. Los Faraones se marcharon sin puntos, con la sensación amarga de una oportunidad desperdiciada.
Caídas en casa y heridas abiertas
Tras Rusia, llegó uno de los capítulos más duros de la historia reciente del fútbol egipcio. La misma generación que había devuelto al país al Mundial regresó para disputar la AFCON 2019 en casa. Las expectativas eran gigantescas. El desenlace, un golpe seco.
Eliminación en octavos de final frente a Sudáfrica. Un adiós temprano que dejó al país en shock. Los estadios enmudecieron. El sueño de levantar el trofeo en casa se esfumó de golpe.
Dos años después, en Camerún 2021, Egipto volvió al combate. El contexto era complicado, el juego no siempre fluido, pero la actitud cambió. Salah lideró a un grupo que jugó con corazón. Tras caer ante Nigeria en el debut, el equipo reaccionó: eliminó a Costa de Marfil, luego a Marruecos, después a Camerún. Final otra vez, esta vez frente a Senegal.
Por tercera vez en el torneo, la definición llegó en los penaltis. El destino fue cruel. La tanda se resolvió antes de que Salah pudiera lanzar su disparo. El título se escapó sin que su capitán tuviera opción de intervenir desde los once metros.
Semanas más tarde, el mismo rival, la misma tensión, un premio aún mayor: un billete para el Mundial de 2022. Otra vez, todo se decidió en los penaltis. Esta vez Salah sí llegó a su turno. Parecía sereno pese a los láseres que le cruzaban la cara desde la grada. Corrió, golpeó… y el balón se fue por encima del larguero, perdiéndose en la noche.
Egipto se congeló. El sueño de otro Mundial desapareció en un solo latido. Aun así, la fe no se rompió. Un siglo de sueños no se derrumba en una noche.
2026: una nueva camada, el mismo fuego
Llegaron las eliminatorias para 2026 con un matiz distinto. Salah ya no estaba solo. A su alrededor, una generación que había crecido viéndolo caer y levantarse. Para ellos no era solo una estrella mundial. Era un hermano mayor.
El espíritu del equipo cambió desde el primer partido ante Djibouti. Egipto apareció ordenado, hambriento, unido. Salah seguía marcando, pero ya no cargaba con todo. Omar Marmoush y Ahmed Sayed, Zizo, brillaban a su lado, sumando desequilibrio, goles y personalidad.
En la banda, Hossam Hassan vivía cada segundo. No solo dirigía: rugía. “¡Presionad! ¡No os echéis atrás!”. Su figura devolvió una identidad que parecía perdida. El miedo desapareció. Los jóvenes que un día vieron a Salah por televisión ahora le devolvían paredes en el césped.
Partido tras partido, Egipto se mantuvo invicto. Diez encuentros, ocho victorias, dos empates. Clasificación dominada con una tranquilidad que no restó intensidad. Al pitido final del último duelo, Hossam sonrió en silencio desde la línea de cal. La primera misión estaba cumplida.
Los jugadores celebraron con sobriedad, como si el mensaje fuera claro: “Lo verdadero empieza ahora”.
Y ahora, efectivamente, todas las miradas apuntan al Mundial. Hossam Hassan ya diseña el plan. Salah ha lanzado una promesa a la grada: “Esta vez, no se tratará solo de participar”.
La semilla que se plantó en 1934 sigue ahí. La pregunta es sencilla y enorme: ¿está por fin Egipto preparado para cosecharla?





