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El día a día con Mario Balotelli que desesperó a Rickie Lambert

Rickie Lambert volvió a Liverpool en el verano de 2014 con la ilusión de su vida. Regresaba al club de su infancia, justo después de la marcha estruendosa de Luis Suárez al Barcelona, decidido a demostrar que, esta vez sí, pertenecía a Anfield. En paralelo, Brendan Rodgers apostaba por otro perfil muy distinto para acompañarle en ataque: Mario Balotelli.

Dos delanteros, dos mundos.

Lambert, 44 años hoy, se dejó la piel desde el primer entrenamiento. Sabía que aquella era probablemente su última gran oportunidad en la élite. Balotelli, ocho años más joven, llegaba con fama mundial… y con un historial de excentricidades que en Liverpool se confirmaría casi desde el primer día.

En el podcast Straight From the Off, el exdelantero inglés recordó cómo el italiano era capaz de cambiar de personalidad en cuanto cruzaba la línea de cal del campo de entrenamiento. Fuera, según Lambert, era “un buen chico, infantil pero contagioso”. Dentro, otra historia.

Al principio, Balotelli lo daba todo cuando jugaba partidos oficiales. El problema estaba entre semana. Lambert detectó pronto que el italiano no se implicaba igual en las sesiones. Veía cómo contestaba a Brendan Rodgers, cómo desafiaba las órdenes, y su paciencia empezó a romperse. No era solo una cuestión de carácter: mientras él se vaciaba para ganar un puesto, Balotelli seguía apareciendo en el once pese a su actitud en Melwood.

“Que jugara por delante de mí no me molestó al principio, pensé ‘ya me ganaré el sitio’”, explicó Lambert. “Pero ver cómo se comportaba en los entrenamientos, y luego verlo jugar, me afectó un poco”. Ese “poco” terminó siendo mucho.

La tensión subió tanto que Lambert tuvo que pedirle directamente a Rodgers que no lo pusiera más en el mismo equipo que Balotelli en los partidillos. “Mi cabeza se fue con él en los entrenamientos”, admitió, hasta el punto de exigir distancia. Según el propio Lambert, incluso Steven Gerrard habría hecho la misma petición.

El carácter volcánico de Balotelli no solo se notaba en las discusiones. También en gestos que dejaban helado al vestuario. Un informe de The Standard en agosto de 2015, poco antes de que el delantero regresara cedido al AC Milan, relataba una escena que definió a la perfección su etapa en Anfield.

Durante un ejercicio de 10 contra 10, con Balotelli en el equipo teóricamente más débil —un grupo de suplentes antes de un duelo de Premier League ante el Arsenal—, la frustración lo superó. Desde el centro del campo, conectó un disparo “asombroso”, un golazo que habría levantado a cualquiera de su asiento. Solo había un detalle: lo clavó en su propia portería, batiendo al guardameta reserva Brad Jones.

No fue un error. Fue un gesto deliberado, un desafío. Sus compañeros no le vieron la gracia.

Ese tipo de explosiones emocionales, esa incapacidad —o negativa— a contenerse, acabaron marcando su paso por Liverpool. Balotelli solo firmó cuatro goles en 28 partidos con los ‘reds’ antes de ser enviado de nuevo a Italia y, más tarde, buscar fortuna en otros destinos, hasta recalar en Al-Ittifaq en los Emiratos Árabes Unidos.

Mientras tanto, Lambert, el hincha convertido en jugador de su club de niño, luchaba contra sus propios fantasmas y contra un compañero cuya forma de entender el fútbol chocaba de frente con la suya. Uno buscaba encajar. El otro, simplemente, seguía siendo Mario Balotelli.