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Crisis financiera del Barcelona tras la dimisión de Bartomeu

Cuando Josep Maria Bartomeu dimitió como presidente del Barcelona en octubre de 2020, no dejó un simple vacío de poder. Dejó un solar. Deportivamente agotado, institucionalmente enfrentado y, sobre todo, financieramente al borde del colapso.

Durante su mandato, el club levantó cuatro Ligas y un triplete en 2014-15. Sobre el papel, un ciclo ganador. En la caja, un agujero negro. Bartomeu sigue defendiendo que la pandemia fue la única culpable del desastre económico azulgrana. Lo repitió este mismo año en una entrevista con la agencia EFE, enumerando ingresos evaporados: estadio cerrado, sin entradas ni abonos, tienda y museo clausurados, escuelas de fútbol paradas. Todo, según él, derivó en un simple problema de liquidez resuelto “como la gran mayoría de clubes de Europa”: pidiendo dinero prestado.

La realidad fue bastante más cruda para el Barça. Y no por culpa exclusiva del coronavirus.

Fichajes millonarios, éxitos mínimos

El club llegó a la pandemia con una estructura deportiva envejecida, salarios desorbitados y una montaña de amortizaciones pendientes. Entre julio de 2015, cuando Bartomeu fue reelegido tras el triplete, y su salida en octubre de 2020, el Barça incorporó 29 jugadores por algo más de 1.000 millones de euros. Ninguno puede calificarse de éxito rotundo.

Peor aún: los grandes fichajes fallidos —Ousmane Dembélé, Philippe Coutinho, Antoine Griezmann— no solo no sostuvieron el proyecto deportivo, sino que cargaron la masa salarial hasta límites insostenibles. LaLiga recomendaba no superar el 70% de los ingresos anuales en sueldos. Bartomeu desoyó el aviso. “Estamos por encima de lo recomendado pero lo importante es ser sostenibles. Podemos permitírnoslo”, llegó a decir.

No podían. Y menos cuando la pandemia cerró el grifo.

Con el virus golpeando fuerte, el Barça se encontró con un vestuario plagado de veteranos con contratos gigantescos y sin mercado. El margen de maniobra desapareció. Cuando Joan Laporta regresó a la presidencia en marzo de 2021, se encontró con una decisión tan dolorosa como inevitable: dejar marchar a Lionel Messi, el jugador mejor pagado y, con diferencia, el símbolo del club.

Laporta explicó meses después en una entrevista con El País: hizo lo que creía que debía hacer. Messi se acercaba al final de su carrera y el club necesitaba construir un nuevo equipo. Intentaron hacerlo con él, no fue posible. El golpe emocional fue devastador, pero el agujero económico seguía ahí.

Dos caminos, una apuesta

La salida de Messi no bastaba. La estructura financiera estaba dañada en profundidad. Laporta, presionado por el presente y encadenado por el pasado, se encontró ante un cruce de caminos muy claro.

Marc Menchen Alba, director ejecutivo de la consultora barcelonesa 2Playbook, lo resume con crudeza. Una opción: centrarse en recortar masa salarial y vender jugadores, aun a costa de perder competitividad y asumir dos o tres años de travesía por el desierto. La otra: maximizar ingresos de inmediato, aunque significara vender activos de futuro, para volver a ganar cuanto antes.

Laporta eligió la segunda.

En el verano de 2022, el club activó su palanca más potente: vendió el 25% de los derechos de televisión de LaLiga para los siguientes 25 años a la firma de inversión Sixth Street, a cambio de 582 millones de euros. No fue la única operación de este tipo, pero sí la más simbólica. El Barça hipotecaba parte de sus ingresos futuros para tapar el agujero del presente y reforzar la plantilla.

Menchen recuerda su reacción: una jugada audaz, sí, pero discutible. Había caminos más prudentes. Sin embargo, los primeros resultados alimentaron la narrativa del riesgo calculado.

Con ese dinero, el Barça fichó a Robert Lewandowski del Bayern por 45 millones, y a Raphinha y Jules Koundé por un total de 108 millones. El impacto fue inmediato: título de Liga en 2022-23, el primero en cuatro años. La apuesta parecía salir bien.

Veranos al límite y una afición harta

El problema llegó después. La estructura seguía tensionada. Cada verano, el mismo interrogante: ¿podrá el Barça inscribir a sus fichajes? La situación alcanzó un punto especialmente delicado en 2024. El margen con LaLiga era mínimo, las operaciones al límite y la paciencia del entorno, cada vez más fina.

El caso Dani Olmo encendió aún más los ánimos. La sensación entre muchos socios era clara: habían tenido suficiente de palancas y promesas.

El colectivo de aficionados Som un Clam lanzó un comunicado durísimo. Calificó de “inadmisible” la situación y habló de un daño “irreparable” a la reputación del club. Denunció “mentiras continuas” y “promesas falsas” que nunca se cumplían y que terminaban perjudicando a la entidad.

El texto iba más allá: acusaba a la directiva de haber “descapitalizado” el patrimonio del Barça en apenas cuatro años, vendiendo activos estratégicos para tapar agujeros derivados de una gestión “caótica e improvisada”. Señalaba la ausencia de un plan financiero sólido o una estrategia coherente a medio y largo plazo. Exigía el fin de la improvisación, de la venta irresponsable de activos y reclamaba la dimisión del presidente y de la junta.

Pedía, en definitiva, una movilización del barcelonismo para defender el modelo de propiedad colectiva que ha definido históricamente al club.

Pese a ese clima tóxico y a las obras eternas del nuevo Camp Nou, Laporta resistió. Y, un año y medio después, el panorama empieza a cambiar de color.

Devorar menos mercado y exprimir La Masia

El giro no ha sido ruidoso, pero sí significativo. La temporada pasada, el Barça solo hizo un fichaje de peso: el portero Joan García, aprovechando una cláusula de rescisión de 25 millones en su contrato con el Espanyol. Una oportunidad, no un capricho.

Al mismo tiempo, el club ingresó casi el doble de esa cifra vendiendo a varios jugadores, muchos de ellos formados en La Masia. En términos contables, oro puro: canteranos que no suponen coste de traspaso y generan beneficio íntegro en las cuentas.

Menchen subraya la doble función de la academia azulgrana. Por un lado, abastece al primer equipo con talentos como Lamine Yamal o Pau Cubarsí, futbolistas que llegan sabiendo cómo jugar en el Barça y reducen la necesidad de gastar grandes sumas en el mercado. Por otro, produce jugadores con un valor de mercado considerable que permiten cuadrar presupuestos.

Antes, muchos de esos jóvenes se marchaban gratis. El club intentaba hacerles hueco, no lo lograba y acababan saliendo sin dejar un euro. Ahora, adolescentes de 18 o 19 años, desconocidos para buena parte de la afición, se venden por 5 o 10 millones de euros. Una fuente de ingresos clave para cumplir con las exigencias financieras.

El modelo no es exclusivo. El Real Madrid aplica una lógica similar con La Fábrica. La venta constante de canteranos ha contribuido a financiar operaciones de alto nivel, como la de Yan Diomande y otros nombres de impacto este mismo verano. Cada año, Barça y Madrid invierten entre 20 y 30 millones en sus academias. Este curso, ambos están recogiendo los frutos de esa apuesta.

Ventas estratégicas y un horizonte más despejado

Este verano, el Barça ha vuelto a gastar fuerte y el balance neto de traspasos es muy elevado. Sin embargo, algunas operaciones han aliviado la presión. Paris Saint-Germain aceptó pagar 48,5 millones de euros por Ferran Torres. La salida de Lewandowski sin traspaso, unida a la cesión de Ronald Araújo al Liverpool con el club inglés asumiendo la totalidad de su ficha, ha rebajado de forma notable la masa salarial.

Queda una cuestión clave: ¿puede el Barça lanzarse a por Julián Álvarez para llenar el vacío goleador que deja Lewandowski? Menchen se muestra escéptico a día de hoy. Aunque abre una puerta: la venta de otro canterano.

Pone un ejemplo hipotético. Si el club vende a Marc Casadó por unos 30 millones, esa operación generaría un colchón suficiente para cubrir el coste de Álvarez esta temporada. El motivo es contable: el fichaje de un jugador se amortiza a lo largo de los años de contrato, mientras que el ingreso por un canterano computa de golpe como beneficio.

A esa palanca interna se suman dos factores que pueden cambiar el tablero: la futura reapertura del nuevo Camp Nou y la recuperación del turismo en la ciudad, que impulsará los ingresos del museo y de todo el ecosistema comercial del club. Con ese escenario, Menchen prevé que el Barça pueda operar con plena libertad financiera el próximo verano por primera vez desde antes de la pandemia.

¿Significa eso que los problemas se han terminado? “Por ahora, sí”, responde. Aunque lanza una advertencia.

El Barça sigue pagando unos 40 millones anuales a Sixth Street por los derechos de LaLiga. En un club que factura alrededor de 1.000 millones al año puede parecer una cifra asumible, pero el fútbol de élite se decide en márgenes pequeños. Ese dinero puede marcar la diferencia en una puja directa con el Real Madrid por un gran fichaje.

El final de las palancas… ¿y el inicio de qué?

Pese a esa sombra, Menchen cree que el club está dejando atrás la fase más crítica de su crisis financiera. Laporta tomó una decisión de alto riesgo, del tipo que a veces se exige a un presidente en medio del incendio. Con el tiempo, y con tres Ligas en las últimas cuatro temporadas, el dirigente podrá defender que acertó.

Eso no borra los errores. El propio analista apunta que habría sido mejor revisar ciertos gastos y evitar algunos fichajes que obligaron a vender derechos futuros de la competición. Un Barça más prudente quizá habría llegado al mismo punto sin hipotecar tanto su mañana.

El futuro no está escrito. Nadie sabe qué traerán los próximos ciclos de mercado, ni qué impacto real tendrán esos 25 años de derechos cedidos. Lo que sí parece claro es que el club ha dejado de vivir pendiente de la siguiente palanca. Y, para una institución gestionada durante demasiado tiempo de forma “extraña y loca”, como la describen desde dentro y fuera, eso ya es un cambio de época.

La pregunta, ahora, no es si el Barça puede sobrevivir. Es si sabrá construir un modelo estable sin volver a jugarse el futuro en una sola carta.