Según desveló el diario español AS, la crisis que hoy sacude al fútbol africano no nació con el pitido inicial de la final, sino varios días antes, casi desde que Senegal puso un pie en Marruecos. Desde entonces, la sensación en la delegación de los “Leones de la Teranga” fue clara: todo jugaba en su contra.
El primer golpe llegó con el alojamiento. El equipo, que inicialmente se instaló en un hotel de lujo en Tánger, fue trasladado al complejo Al-Rihab, un lugar que ni siquiera figuraba en la lista oficial de establecimientos aprobados por la CAF. La Federación Senegalesa protestó de inmediato. Logró un cambio, sí, pero no el que quería.
Como solución intermedia, se les reubicó en el Hotel Amfitrit, en las afueras de Rabat. Un compromiso sobre el papel, una concesión insuficiente para un equipo que ya se sentía desplazado y maltratado en la previa de la gran cita.
Entrenamientos bajo sospecha
El malestar no se detuvo ahí. El complejo deportivo Mohammed VI, centro neurálgico del fútbol marroquí, fue asignado a Senegal para sus entrenamientos. El mismo que utiliza la selección de Marruecos como cuartel general.
Para los senegaleses, aquello rompía de lleno el principio de igualdad de condiciones. Temían que sus sesiones pudieran ser observadas, que sus movimientos tácticos quedaran expuestos, que nada de lo que prepararan fuese realmente secreto. La desconfianza se instaló en el vestuario antes incluso de que se colocaran las redes de la final.
La situación se agravó con la seguridad y la gestión de entradas. A su llegada a Rabat, Senegal denunció desorganización, problemas de acceso y, sobre todo, un reparto de localidades que calificó de “injusto”. Horas antes del partido, la federación lanzó una advertencia pública: hablaba ya de “irregularidades” alrededor del encuentro.
Caos en Moulay Abdallah
La noche de la final en el estadio Moulay Abdallah no hizo más que incendiar lo que venía gestándose. El partido se convirtió en un polvorín.
Un gol de Senegal fue anulado en una acción polémica. Poco después, el árbitro señaló un penalti para Marruecos que desató protestas furiosas. El clima, ya tóxico, se rompió definitivamente: la selección senegalesa abandonó el terreno de juego al completo, en señal de protesta contra lo que definió como una “injusticia arbitral flagrante”.
Cuando el juego se reanudó, el guion siguió desafiando los nervios. Ibrahim Diaz intentó un penalti al estilo “Panenka”. Falló. Senegal resistió, sostuvo el tipo y terminó imponiéndose en la prórroga, sin encajar goles.
Sobre el césped, el campeón parecía claro. Fuera de él, la batalla apenas comenzaba.
La guerra del reglamento
Para Marruecos, aquella retirada masiva del campo no era una simple protesta, sino una retirada oficial. Su interpretación fue tajante: 3-0 a su favor por reglamento. La CAF, en una primera decisión, le dio la razón y registró el partido como derrota administrativa para Senegal.
El caso voló entonces al Tribunal de Arbitraje Deportivo (CAS), tras el recurso senegalés. Y ahí el relato cambió de dirección. El CAS tumbó la decisión inicial de la CAF, reabriendo un conflicto que ya no solo era deportivo, sino institucional.
Mientras tanto, el título seguía sin dueño.
Instrucciones desde arriba
El escándalo se amplificó con lo que reveló AS sobre la reunión del Comité Ejecutivo de la CAF celebrada el 13 de febrero en Dar es Salaam. Allí, el presidente de la Comisión de Árbitros, Olivier Safary, reconoció que el colegiado del encuentro había recibido “instrucciones institucionales” para no expulsar a jugadores senegaleses durante la suspensión del partido, con el objetivo de garantizar que el choque pudiera continuar.
Esa confesión, siempre según el diario, abrió una grieta interna en la CAF. La línea entre la gestión de crisis y la interferencia directa en decisiones arbitrales quedó peligrosamente difuminada. Las acusaciones de injerencia y manipulación se dispararon.
Un recurso bajo sospecha
El capítulo judicial tampoco aportó calma. En una rueda de prensa en París el 26 de marzo, los abogados de la Federación Senegalesa calificaron la audiencia ante el CAS de “desastrosa”. Afirmaron que el juez parecía tener su decisión tomada de antemano, una acusación grave en un proceso de este calibre.
Senegal también puso el foco en un posible conflicto de intereses dentro del Comité de Apelación de la CAF. Señaló la figura del abogado Moez Nasri, que además de participar en el órgano judicial, ejerce como presidente de la Federación Tunecina de Fútbol. Para los senegaleses, la incompatibilidad era evidente: “un claro conflicto entre su papel de juez y el de parte en la competición”.
La sorpresa no se limitó a Dakar. Incluso el presidente de la CAF, Patrice Motsepe, mostró su extrañeza por la presencia de Nasri en ese comité. Otra señal de que la tormenta había alcanzado los despachos más altos del fútbol africano.
Un continente sin campeón
Han pasado 77 días desde el último silbato de aquella final. África sigue sin campeón oficial.
Senegal sostiene que ganó donde importa, en el césped, en el marcador y en el esfuerzo. Marruecos defiende que la ley le da la razón, que el reglamento está de su lado. En medio, una CAF cuestionada por ambos, acusada de “mala gestión” y de una “falta de transparencia” que erosiona su credibilidad.
El trofeo espera en una vitrina vacía, mientras el continente se hace una pregunta incómoda: quién levantará realmente esa copa… y cuánto costará creer en el veredicto cuando por fin llegue.





